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Nicolás Valle en el plató del Telenoticies TV3 / Abigail Moreno
Nicolás Valle en el plató del Telenoticies TV3 / Abigail Moreno

“Mi patria son los recuerdos”

Bosnia-Herzegovina, Sáhara Occidental, Argelia, Uganda, Kosovo, Líbano, Afganistán, Somalia, Líbano… son algunos de los países que Nicolás Valle Morea (Acehúche, Extremadura, 1964) ha recorrido a lo largo de dos décadas de carrera periodística. Trabaja actualmente como periodista de Internacional en TV3, pero también imparte clases en la escuela privada. Es, además, autor de varios libros: El món en un minut i mig, Ubuntu, Estimada terra africana y Secrets de Guerra.

Valle nos entrega en esta entrevista una pequeña porción de su experiencia profesional como periodista bélico, desde sus primeros pasos hasta sus últimas consecuencias, tanto profesionales como personales. Un viaje por la historia reciente del mundo en una de los trabajos más peligrosos que existen.

¿Cómo llega un extremeño a viajar por todo el mundo persiguiendo conflictos bélicos?

Te voy a ser sincero. Yo fui de la generación que vió entrar la TV en casa. Yo tendría unos ocho o nueve años, mi padre la enchufó y ví los Picapiedra. Y esa noche ví por primera vez el telediario. Allí ví a un señor que se llamaba González Crin, que estaba en la ofensiva del Sinaí. Estaba en un talud, y por detrás pasaban los tanques israelíes con un montón de polvo, y me dije: “Yo quiero ser eso. Quiero ser periodista de televisión y de las guerras”. Y todo el esfuerzo, académico y profesional, que he hecho a lo largo de mi vida ha sido para cumplir ese sueño. Como puedes ver es el cumplimiento de un sueño infantil, fruto de la inmadurez.

Entonces tu interés por el periodismo comenzó por ese sueño infantil, por viajar y conocer mundo…

Abigail Moreno

Fuente: Abigail Moreno

Yo soy hijo de la inmigración, y he tenido la suerte de vivir a caballo de dos tierras que quiero como son Extremadura y Cataluña… y cuando la gente me pregunta de dónde me siento… si todo el mundo tiene una patria, mi patria diría que son los recuerdos, mi madre, una manera de hablar… pero siempre he tenido esa cosa infantil, casi irracional de querer viajar por el mundo, curiosidad por los paisajes exóticos… ya sé que ese es un pensamiento muy infantil y muy inmaduro e irracional. Con el tiempo me he dado cuenta de que esto del periodismo y de viajar por el mundo es mucho más que un sueño infantil, es un compromiso.

Me gusta ir a las guerras por una cosa tonta que es: yo estuve allí. Haber pisado paisajes que ahora son parte de la historia. Yo estuve en los Balcanes, ahora es parte de la historia. Yo estuve allí cuando acabó el Aparheid, cuando Mandela subió al poder. Ser periodista de guerra te permite una entrada VIP a los grandes acontecimientos de la historia. Me gusta la guerra porque te ofrece una llave a la parte más sucia de nosotros. Soy afortunado de haber vivido las guerras porque me han permitido ser más sensible.

¿Hasta dónde has llevado tu compromiso como periodista?

Cuando haces periodismo de guerra, el compromiso periodístico llega hasta el límite. Por eso creo que es una rama del periodismo especial: porque contemplas la cara más lamentable del ser humano, pisas paisajes de la destrucción, pisas el paisaje del caos, es una especie de ventana al infierno, y tú como periodista eres una entrada VIP para ver ese infierno, para vivirlo y transmitirlo a tus congéneres. Lo que no te enseñan en la facultad es que llevar ese compromiso al extremo conlleva un precio a nivel personal.

Lo que quiero decir es que el periodista tiene que acercarse al abismo de la conducta humana, que es la destrucción total y abasoluta. Y cuando nos acercamos al abismo, acabamos viendo el reflejo de nosotros, en el fondo. Sabes que esa maldad también te pertenece a tí. Y por lo tanto sientes cosas. Yo he sentido rabia, cólera, he sentido sed de venganza y de sangre incluso. Y cuando vuelves a tu patria, a tu cotidianidad, te llevas algo de allí contigo. Eso van acumulándose en tu mochila vital, y hay altísimo riesgo de que esa mochila estalle.

Cuando volvemos a casa, las familias nos dicen: “durante una temporada estás irritable. Estás estúpido”. Porque tu estás un día en Sarajevo ante un asedio criminal, viviendo casi como un civil más bajo las bombas, y cuando la dirección te pide que vuelvas, en tres horas estás en casa. Y allí te encuentras con que tu mujer está triste porque
no funciona la lavadora, un amigo tuyo está deprimido porque el barça no acaba de funcionar. Esas pequeñas derrotas que te parecen estúpidas. Y dices, ¡pero bueno! ¡Que a tres horas de aquí están violando masivamente mujeres, están matando y deportando civiles! Todo eso me irritaba, y te va aproximando a aquello que no quieres ser, que es una persona mala.

Temí en ocasiones ser como esos compañeros que ya no saben vivir en casa, que necesitan ir de guerra en guerra porque ya no encuentran satisfacción, que lo han perdido todo, que no tienen nada. Que te los encuentras en el aeropuerto al terminar la guerra y les dice “¿Qué Dominic? A descansar unos días a París, ¿no?” Y te dice “No, me voy a Sri-Lanka porque he oído que la guerrilla vuelve a actuar” Pero es que a los 15 días te lo encuentras en el periódico escribiendo desde Camboya. Y después en Siria. Son gente que ha perdido el miedo a la muerte, porque ya no tiene nada que perder. Gente que arriesga mucho, que salta las trincheras, que se junta con guerrilleros para perseguir una buena foto. He tenido compañeros de esos que han muerto. Llega un momento en el que acabas manejándote bien en la guerra. Te encuentras a gusto, en un terreno que ya no te resulta hostil”.

Eso que me cuentas suena terrorífico

Efectivamente. Te encuentras diciendo “no, si aquí estoy bien”. Ahí, entre barbudos y tipos disparando al aire, entre munición, olor a pólvora y tanques calcinados. Acaba formando parte de tu vida.

¿Jamás pensaste en dejarlo?

Muchas veces. De hecho, cada vez siento más miedo, y temo que me bloquee. Mucha gente piensa que con el tiempo
nos hacemos duros, pero no es así.

Siempre existe un nivel teórico. Y luego hay un nivel práctico, que es cuando llegas a un lugar en conflicto. Y

Fuente: Abigail Moreno

Fuente: Abigail Moreno

curiosamente, la realidad es tan apabuyante que… el recuerdo que yo tengo de cuando estuve en los Balcanes es de irrealidad.

No eras consciente de que todo eso estaba sucediendo…

Te lo digo en serio, en aquel entonces era tan estúpido y tan inverbe que pensaba que no era real. Porque pasamos de un paisaje ordenado como es el nuestro a otro en el que parece que unos dioses hubieran jugado a los bolos en las ciudades. El paisaje está totalmente desdibujado: los árboles no tienen hojas, hay coches aparcados pero están quemados, las fachadas están quemadas y llenas de impactos, no hay nadie por la calle, la gente ha huido, o los que se han quedado son gente mayor que está guardando el patrimonio, los milicianos con sus barbas y sus turbantes, la munición tirada por el suelo… Todas esas cosas las has visto en televisión, y cuando caminas por ello, crees que no es real.

Yo era tan estúpido, que la primera vez que me enviaron quería ser digno de la confianza que depositaban mis jefes en mí. Y solo me preocupaba en hacer un buen trabajo, buenas crónicas, buenas resportajes. Alimentar a la bestia. No me daba cuenta de lo duro que era aquello. Por ejemplo: cuando yo veía bajar por las montañas a refugiados, deportados, mujeres con niños en brazos, hombres con heridas en la cara… yo me alegraba. Me alegraba porque tenía una buena crónica.

No eras permeable a esa realidad.

No… aunque todo eso era fruto de la inmadurez. Pero poco a poco… no sé cuando empezó, pero comencé a ser empático. Cuando veía una mujer llorando se me partía el corazón, cuando veía a un niño veía a mis hijos, cuando veía a un señor mayor veía a mi padre. Comencé a ver que esa maldad no está ahí por casualidad, que tenía causas humanas… vamos, la teoría de un mundo creado por el Diablo, y no por Dios.

Cuando comenzaste a ser más empático, ¿tu trabajo mejoró o empeoró?

Ni mejoró ni empeoró, hago trabajos diferentes. Antes tenía mucho interés en las imágenes, en conseguir declaraciones de gente importante. Ahora tomo partido por las víctimas civiles, sean del bando que sean. También estás ahí para explicar la guerra, las motivaciones económicas, sociales, étnicas, nacionales, el sustrato político del conflicto. Por que toda guerra es un acto cruel de la política. Pero que te envíen a Sudan, a Somalia, a Siria o a Kósovo para hablar de geoestrategia, me parece una pérdida de tiempo y de dinero.

En la guerra, ¿la vida y la muerte logran su mayor grado de perceptibilidad?

Efectivamente. En la vida cotidiana, todos conocemos un catálogo de sentimientos, emociones y comportamientos. Tu probablemente has sufrido algún revés en tu vida, has estado deprimido, te han hecho daño, has sentido rabia, cólera… pero también has amado, has querido muchísimo… todos esos sentimientos los conocemos. Pero en la guerra, todo eso se amplifica por 100. Y por mucho que hayas sentido cólera, rabia, te hayan hecho daño, nada de eso se puede comparar con una víctima de la guerra. A tí te hacen daño, pero en la guerra eso es sustancia, es material. Todo se amplifica tanto en la guerra… el odio es el odio extremo, la rabia es la rabia extrema, la destrucción es la destrucción extrema. Pero al tanto: la fraternidad también es extrema. Los actos más grandes de amor y fraternidad que he visto en mi vida han sido en la guerra.

Fuente: Abigail Moreno

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¿Qué te ha enseñado la guerra?

Algo que aprendes en la guerra es a vivir en contingencia, con pocas cosas. Cuando viajo, estoy acostumbrado a llevar pocas cosas en mi mochila. En nuestra vida cotidiana tenemos muchas cosas que adornan nuestra vida, la amueblan, pero que también la estorban. Las guerras me han permitido vivir en contingencia: dormir en un hotel mugriento sin agua y sin luz, o en el desierto de Afganistan en una tienda de campaña… es una experiencia renovadora.

Otra cosa buena de la guerra es que ha sido una fuente constante de noticias sobre mí mismo. Me ha permitido conocerme mucho más, decir “¡eres capaz de hacer esto, Nico!”. También me he sorprendido de lo cobarde que he podido llegar a ser. Y de mi maldad. Lo malo de la guerra es que me quitó lo que más quería… mi familia. De un día para otro me quedé sin nada. Solo.

Bueno, pero al final el resultado fue “positivo”

Me caí y me levanté. La guerra me ha enseñado eso.

Después de todo lo que hemos hablado, me gustaría terminar con una pregunta difícil, ¿sería capaz de definirse con un concepto o enunciado breve?

No me pidas eso hombre (risas). Bueno, supongo que me quedaría con una frase de Kapuscinki, esa que dice “no es profesión para cínicos”.

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