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A través del monzón

Truenos y relámpagos anunciaban que pronto nos inundaría el monzón.
Vacilaba entre lo adyacente y la inminente deserción.
Tragué saliva.

Dos pasos hacia la derecha y un movimiento de caderas después, quedaba frente a él. La seda blanca que envolvía mi cuerpo volaba frágil en el viento, azotando cada pensamiento hasta ser desechado, erizando cada centímetro de piel. El calor que emanaba de mi interior denotaba un infernal invierno, rodeado de ardientes deseos y pecados tirados por el suelo. Por mis dedos brotaba una espalda cristalina que me sostenía mientras avanzaba hacia lo más profundo del océano, adueñándose del control de mis movimientos. Una descarga eléctrica me advierte. Separó mis piernas. Observó cómo se fugaba todo atisbo de inocencia. Sonreía con la insolencia de un niño malcriado al sentir el titubeo de mi sudoroso torso, que bailaba al compás de los latidos de mi viciado corazón. Tronaba, sonaban las trompetas del apocalipsis. Me aferré a sus pestañas, finas y largas. Me sujeté a ellas para no caer presa en las garras de Eolo. Su voz ronca me atizaba para hacerme despertar de mi estúpida flojedad y después arrastrar mis intentos hacia la orilla. Deshice todos sus lunares y tejí a caricias un nuevo traje, limpio de otras memorias. Manipulaba con sumo cuidado los vértices que decoraban mi cerebro, abriendo los cajones donde guardaba todo lo que debía desconocer. El mundo se veía reducido a media sonrisa escondida en una barba y los tres suspiros que no pude contener. Nos tradujimos convexos del cóncavo inicial.

Llovía.
Las nubes abrazaban sus necesidades y me calaba hasta los huesos.
Tuve miedo a destrozarme, perderme entre mareas y corrientes.
Me sentí arco al tensarme con sus afiladas flechas.
Desesperada,
transformé el cuarenta restante de mi ser en agua.
Rota con su espuma,
escapé de sus brazos.
Tiritaba esperando una respuesta,
la tempestad se había calmado.

Ni truenos ni relámpagos,
yo era el monzón.

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