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Átale las manos. / María Soriano
Átale las manos. / María Soriano

Átale las manos

Nunca le hizo falta cuidar cactus para saber lo que era ver nacer espinas, tampoco acariciarlos para sentir el roce arduo de la inquietud. La inquietud de la vida, la que te hace creerte masoquista, kamikaze: persona que se juega la vida en una acción temeraria. ¿Y si me juego la tuya, qué soy? ¿Quién soy?

Me juego la tuya a que juego con la mía y te gano.
Que soy cristal, yo siempre dije que soy vidrio. Casi sí, pero no. Dicen y dicen, sin decir nada. Que el cristal no es como el vidrio, que no toda agua es mar, ni todo mar es de agua salada. Llorar no siempre es tristeza, a veces es tristeza evaporada. Reír no siempre es simpatía, nervios, siempre míos.

Que la vida gira y yo con ella. Tengo una espina en mi pie izquierdo, voy siempre a pata coja, con el pie derecho ¿buena suerte?

A veces temo ser detenida, llevo un arma en el bolso, otra en la boca. Un libro para el ‘por si acaso’, y palabras cargadas de intención. Intención de marcar mi yo aquí y ahora, intención de movilizar, tú, intención, de que nada quede igual, intención de que me lleves la contraria, que arremetas contra mí, que grites, que te vayas.
Que vuelvas.

Subida a un tren cuyo billete no he pagado, grito para que nadie mire, lloro para que todos rían, y río para sentirme viva. Los vaqueros desgastados indican que son nuevos, mi chaqueta estrecha me grita que hay pieles por arañar, tú no estás en el andén. Me alegro: por fin viajo en compañía.

Las ventanas se empañan por miedo, por furia, por amor. Los cristales indican lo que hay dentro, dejando al descubierto lo de fuera. ¿Vas a mirarlo? Podremos borrar la vida cerrando los ojos, para que la vuelvas a diseñar tú, mirando por los míos. Con mi piel y tus heridas, sangrando sobre la que nunca se queja, tierra de nadie. Que vengan a suplicar silencio, a un mundo en el que nadie dice nada mientras todos hablan. Que vengan a ver esto, donde todos miran y nadie ve. Se consume la vela de la tarta y nadie sopla, pero la foto es perfecta, una llama resplandeciente: 200 me gusta. Estoy oyendo gritos, deben ser los niños. En el parque. Jugando a ser pequeños, como yo jugaba a ser mayor.

 

He dejado una carta sobre la mesa de la cocina en la que ya nadie hace el amor.

Es un aviso, libra de una tragedia. Son mis instrucciones de uso, las instrucciones de mi uso –y disfrute-:

 

ata sus manos,

átale las manos antes de que te haga un poema,
antes de que se torne verso.
Átale las manos,
antes de que acaricie su cuerpo
-y el tuyo-,
átale las manos
antes de que haga de su sombra un lienzo,
antes de que baile indecente
cuando solo tú miras
y crees que ella no lo sabe.
Átale las manos,
que tiene palabras,
y sabe cómo usarlas.

 

 

Es mentira, la vida no se acaba.

Es mentira, el mundo no se detiene.

Es mentira, tú no dejas de girar.

Es mentira, no hay silencio.

La vida sigue, aunque tú no la quieras mirar.

El mundo avanza, hacia atrás.

Tú giras, la pantalla.

Hay silencio de verdad.

Foto: María Soriano Santiago

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