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Flores. / María Soriano Santiago
Flores. / María Soriano Santiago

Disparo a quemarropa

Cálzate el corazón

desviste tus pies,

que tengo las alas cargadas de revolución

listas para emprender tu vuelo,

para hacerte llamar amor

 

Yo que tengo más heridas que escamas, que hago de mi piel un lienzo en blanco y tú eres siempre tinta negra. Yo, que tengo renglones torcidos en mis piernas, versos desordenados en mis venas, y una risa explosiva en el paladar. Tengo la lengua viperina porque es tu vaporoso recuerdo el que impulsa mi letra. No hay poesía que hable de desamor, sino de amores con otros, amores que no tienes, que quizás hubieras tenido, y que tendrás, en otra cama. Evocando el poema que no dedicaste, pero que aún reposa bajo tu colchón.

Me enfrento a mi reflejo con las manos abiertas, un abrazo a destiempo y un suspiro adelantado. Tuerzo el gesto y grito en mi interior. Me asomo y no sé si me gusta lo que veo, pero ya he mirado.

Mis manos fugitivas se funden en un cuerpo que sería mío si no lo tuvieran preso los miedos. Camino a tientas, de puntillas, y sobre las espinas de las rosas que nunca me atreví a regalar. Tengo un jardín repleto de margaritas en mi casa; amapolas en la azotea, y nenúfares en la bañera. Las sales de colores están listas para que llegues a curar tus heridas en mi puerta, con los pies llenos de arena, y la mirada cargada de vida.

Rosa. / María Soriano Santiago

Rosa. / María Soriano Santiago

El libro cobrizo que reposa sobre la mesilla de noche no hace justicia a todas las pasiones que reposan en tu pecho, que te hacen levitar cada mañana, que te acarician el alma, y llaman a mi puerta para recordarme –como si yo pudiera olvidarlo- que mi pecho se desboca y abre de par en par por alguien inigualable. Alguien que ama la vida.

Saber de tus rincones más oscuros a los que llevas la luz, saber de tus pasiones, de tus miedos más ocultos, de tus gustos y disgustos, de tus manías. Saberme de ti, hasta los defectos que no tienes. Y aun así, venir cada noche a tu puerta a contemplarte, sin más escudo que tus ganas.

Y como si de un halo de luz se tratara, te pierdes entre la gente, entre la masa, entre todo lo que está pero nadie consigue contar. Eres eso que llega sin saber bien por qué, pero en lo que hay que creer. Eres un acto de fe, hasta para el más ateo. ¿Ateo? Como si eso existiera. Mira hacia arriba y atrévete a decirme que no sientes nada. Dime que no te sientes pequeño bajo el manto de estrellas que te cubren. Dime tú, valiente, que nunca has suspirado ante la pregunta: ¿qué hay ahí, y por qué estoy yo aquí? Pues yo sí.

Eres el acto de fe que yace en la palma de mis manos, que me libera hoy de estas cadenas que me atan a mi odio, a mi rabia, a mi furia.

A mi sombra, a mi temor.

La risa que masticas es el reflejo de tu pasado, de las lágrimas que devoraste, de las calles que atravesaste, de los trenes que dejaste de ir, de los andenes que te vieron llorar.

La risa que masticas es de aquel a quien te gustaría digerir.

Y disparo. Suena el obturador. Se abre el diafragma. Luz cegadora. Y apareces tú, y te inmortalizo.

 

 

 

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