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Recuerda. / Reyes González
Recuerda. / Reyes González

Los días raros

María tan sólo tiene 4 añitos. Va al cole todas las mañanas, a la clase amarilla, y está encantada. Le gusta saludar a la seño Esther con un beso cuando papá la deja en el aula matinal. Allí, junto a otros niños, que apenas conoce porque no están en su clase, se toma el colacao en el termo de Minnie Mousse que la abuela le regaló cuando a finales de verano le cantaron cumpleaños feliz. María siempre se mancha el labio superior al beber, y cuando se mira al espejo ¡Parece que tiene bigotes!

 

Cuando llegan las 9 la sirena suena. Es hora de ir a clase. De la mano de la seño Esther cruza la carretera por lo que mamá llama “paso de peatones”, lo que para María es una gran cebra gigante que espera que pases para echar a correr. Pero aquella mañana la abuela de María corrió en su busca antes de que siquiera fueran las 12. María estaba extrañada.  No se ha podido tomar el desayuno que papá le preparó con tanto esmero esta mañana antes de salir. Tampoco ha podido jugar con la plastilina, y echará de menos a su seño Rocío, la seño del comedor. La seño Rocío es muy buena, siempre hace que la comida sea divertida, “y si comemos bien nos deja a ir a clases de baile… Vaya ¿Tampoco habrá baile hoy?” – piensa María mientras la abuela le coloca el chaquetón. Le coloca la bufanda, hace bastante frío. Toma su mano y ambas caminan en silencio hasta casa. María no tiene ganas de hablar, y se ve que la abuela tampoco. Camina cabizbaja, con prisas, tirando de ella. Y esta última no pone oposición, no sabe que está pasando. Al llegar a casa todo está en silencio. La abuela enciende la televisión. “Tenemos que esperar a papá”- afirma muy seria. María se encoge de hombros, ni siquiera sabe que pensar. Pero como papá tarde mucho cree que se dormirá.

 

De hecho así fue, y al despertar, y con el uniforme todavía puesto, se da cuenta de que está en la silla del coche, y de que pasean por la ciudad. “¿A dónde vamos?”- Pregunta con curiosidad. “Ahora lo verás”- responde papá. La abuela va de copiloto. La radio está encendida pero no hay música, y María se aburre. De repente, parecen llegar a un edificio blanco. María tan sólo alcanza a ver la mudita en verde junto a  la O de Ola S de serpiente. Todo esto escrito en verde e iluminado. No recordaba haber estado aquí antes. Papá la coge de la mano y la lleva dentro. Allí todo parece blanco. Hay un gran silencio, nadie habla, y las miradas van al suelo. María tiene ganas de llorar. Huele raro. Suben hasta la planta cuarta en el ascensor. La abuela mira a María y sonríe. Papá también. María les devuelve la sonrisa y los vuelve a mirar. “Los mayores ¡Qué raros son!”. Al bajar del ascensor, caminan por diferentes pasillos, pero a María les parecen todos iguales. Parece incluso que nunca van a llegar. Papá se detiene frente a una de las puertas. Mira a la abuela y a María, y esta vez la sonrisa parece haber desaparecido. Está serio, tan serio que María cree que le va a reñir como aquella vez en la que imitando una de las palabras que salen en la tele casi recibe un bofetón. María vuelve a tener ganas de llorar, quiere irse al cole, quiere volver a la normalidad… y se acuerda de la seño Rocío y comienza a tragar saliva sin saber que va a pasar. Papá se gira y coge a María en brazos. Con una mano sostiene su cuerpecito pegado a su pecho y con la otra le tapa los ojitos; la abuela abre la puerta y una dulce voz la saluda de fondo: “Hola María” .

 

“¡Es mamá!”  María no lo podía creer, la había echado tanto de menos en aquellos días… Nadie le había explicado dónde estaba. María intentó quitar la mano sobre sus ojos, y se abalanzó a la cama blanca de mamá en la que esta le esperaba con un pañuelo rosa en la cabeza. “Estás muy guapa mamá”. Y mamá empezó a llorar, porque su niña le abrazaba, y ahora, también María lloraba, aunque no supiera bien por qué.

Pasaron la tarde juntas: merendaron juntas, jugaron juntas y las dos se prometieron nunca más volver a llorar.

Aquel día papá no supo explicarle a María que estaba pasando de verdad. Pero a María no le importó, a mí… a mí no me importó. Porque desde ese día aprendí que una madre no había más que una, y que con tan sólo 4 años llegué a comprender la importancia de que la tuya esté contigo, te acompañe y te haga disfrutar. La mía murió 6 años más tarde. Pero le prometí que no lloraría nunca más, y aquí estoy, el primer domingo de Mayo, otro más, escribiéndole que la quise, la quiero y la querré como a ningún otro ser en la vida. Que madre no hay más que una. Una vez más, le cuento a la que hoy es mi María : “Érase una vez, una mujer valiente llamada María, que no tuvo miedo de vivir afrontando su destino, una horrible enfermedad”.

 

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