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No me escribes. / GIn Sánchez
No me escribes. / GIn Sánchez

No me escribes

No me escribes. Será que es enero, y empezábamos a contar guerras y a clavarnos la aguja como dos masoquistas inexpertos que se quieren dejar marca y no saben que ya no podrá borrarse, jamás. ¿Recuerdas? Cuando te quité una escama, sonreíste, y me diste una pluma justo después de subir por la colina más alta y abandonada de la villa, al lado de esa casa vieja, llena de ladrillos esparcidos por la mustia hierba, descuidada. Aún olía a lluvia, humedad y desaliento, y tenías una gota justo en la esquina de las pestañas, y yo me acerqué a ti como queriendo asomarme a ese diminuto cúmulo de tristeza estrellado, pero me topé con tus ojos. Contuve el aliento y en ese momento me ahogué, sé que me ahogué, en esa gota.

Te escribía, acuérdate, cada día en el borde del acantilado que da al mar, con aquella pluma y un pergamino seco. Sé que te acuerdas de la tormenta que se apoderaba de mi puño, y de los rayos que iban de una esquina a otra del papel, y de cómo me encontrabas horas después; despeinada, con la mirada desenfocada y el vestido lleno de versos porque no tenía dónde más escribir y, claro, las musas no esperan ni tocan a la puerta con caballerosidad. Y tú lo sabías.

Me leías, cuando te dejaste caer sobre aquella paja aplastada, mientras trataba de buscar un faro con el que alumbrarte, a ciegas. Cuando corrí entre las rocas frías y rabiosas, resbalé y me zambullí en el mar; y sin quererlo te encontré, en el fondo, leyendo aquellas letras empapadas. En cada viaje, en cada sendero en el que hundí mi bota y mi aliento, en cada lágrima que veía caer del cielo, tan triste, sin ti; sabía que me leías. Y de tanto leerme, sin darte cuenta, empezaste a escribirme.

Aún no sé cómo fue que aquel día nos dejáramos marchar. Recuerdo que yo estaba siendo arrastrada por los vientos del norte, y me encontraba en el mismo acantilado de siempre, con el pelo hecho un nido de pájaros, las medias rasgadas, y la cara cubierta de polvo. Tenía las manos tan temblorosas que hasta se difuminaban las cartas que sujetaba como quien se ata a un clavo y se tira al océano esperando a que le sirva de ancla. Había escalado tantas veces a la luna, había peinado ráfagas de las frías montañas, soplado la arena de cualquier pequeño desierto, en busca de versos y contiendas; y había vuelto tantas veces a observarte desde aquella ventana rota, repitiéndome a cada momento «solo una vez más», que ya ni recordaba en qué se basaba la cordura.

Viniste. Pintado de gris y de lluvia, con la mirada llena de goteras, y los botones de la camisa rotos. Tú, músico de sombras y de lobos hambrientos, de huracanes y vacíos, firme lector de mi poesía. Desde que aquel último resquicio de agua suspendido en la esquina de tus pestañas cayó, nos invade el silencio. Y debes saber que desde entonces estoy calada hasta los huesos.

Me escribías y ya no lo haces. Y yo te leía a escondidas, como quien sabe que ha cometido una atrocidad y, aún así, no puede evitar volver al lugar de los hechos. He vuelto a empuñar esa pluma, ahora negra y quemada; silenciosamente, y a ponerme aquel vestido para sentarme entre matorrales a ver amanecer, agazapada y helada; como un animal salvaje y herido.

Hace tiempo que no sé de ti, ni he vuelto a subir al acantilado a sentir el mar porque me da vértigo tu ausencia. Ha regresado aquella manía mía de escribirte, y con ella la esperanza de que me leas, aunque sea a hurtadillas. Y aunque tú no lo hagas, puedo leer tu mudez. Y es enero, ¿recuerdas? Sé que lo haces porque yo también lo hago.

Llueve. Y ya solo soy una niña tonta con un vestido pintado, las manos sucias, y un puñado de poemas llenos de estrellas mojadas que preguntan por ti, sentada en un lugar cualquiera, esperando lo que sea que vaya después de un adiós. Sin saber cómo acabar la historia. Mas recuerda, que en aquella gota, aquel día, aunque no lo digamos; nos ahogamos los dos.

Foto: Gin Sánchez

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