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Noche de patrulla

Estaba escuchando mi vieja radio de cuando estaba en el cuerpo (joder, cómo añoro ese trabajo) mientras me ventilaba mi botella de ginebra diaria. La noche parecía que iba a ser aburrida de cojones, y aún así me había enfundado la gabardina y parte del traje (las botas y el cinturón) para no aburrirme en aquel cuchitril que llamaba piso. De repente, oí algo que llamó mi atención; lo suficiente como para dejar un vaso de ginebra a la mitad:

-A todas las unidades, un altercado doméstico en el bloque de pisos de Fleetwood Avenue, frente al parque Kane. Al fin, ya era hora de algo de acción. Saqué el baúl de debajo de mi cama, lo abrí y cogí lo que me faltaba:  la pistola con silenciador, mis guantes, mi sombrero fedora y por supuesto, el pañuelo para cubrirme la cara.

Con las prisas, casi olvido el detalle más importante de todos: el antifaz. Por suerte, estaba donde siempre lo dejaba: en la habitación de Tim. Joder, aún recuerdo las noches que echábamos: él con su antifaz de superhéroe y yo leyéndole tebeos hasta que se quedaba frito. Tranquilo Tim, papá no permitirá que a otro crío le pase lo mismo que a ti. Lo juro.

El bloque de pisos de Fleetwood estaba a una manzana de mi apartamento. No iba a necesitar ni la moto ni el garfio. Estaría allí en menos de 15 minutos. Era como si el destino quisiera que aquella noche fuera a darme de hostias con algún desgraciado en mallas o con un repugnante maltratador. Pero si algo me había demostrado la vida, y en especial lo de mi Tim, es que el destino es el hijo de puta más malo que existe, por encima de cualquier narco o megalómano disfrazado. Y aquella noche, me lo iba a demostrar…

Me desplacé por los tejados, dando unos brincos que dejarían a más de un acróbata profesional con la boca abierta. Bueno, lo cierto es que hubo un salto no del todo bien calculado, con el que casi beso el suelo. Genial Jim, lo que le hacía falta al pobre barrendero era tener que recoger tus putos sesos a las 6 de la mañana. Por suerte, no fue así: me agarré a un saliente y tiré de todo el peso de mi cuerpo hacia arriba, con un solo brazo. Al día siguiente tendría que ir a ver a Jillian, ese encanto de  enfermera…

Finalmente, llegué a mi destino. Desde aquella azotea, y a pesar de ser una noche lluviosa, pude vislumbrar a una muchedumbre en la calle. Los vecinos. Seguramente, ellos serían los que habían llamado a la poli. Forcé la puerta de la azotea y la abrí de una patada. Bajé con cautela las escaleras, con una mano en el bolsillo donde guardaba la pistola. Pasé por varias plantas, todas en un silencio sepulcral, hasta que llegué a la cuarta planta. Allí sentí una sensación extraña, como si algo me llamara a abrir la puerta del 4ºB. Lo curioso es que no había nadie alrededor ni se oía ruido desde el interior del piso. Pero en mi cabeza escuchaba algo, susurros casi incomprensibles. Sin embargo, sí que entendí una cosa de todo aquel sinsentido musitante: mi puto nombre. Esto me inquietaba cada vez más.

Finalmente, decidí hacer una jodida locura (como de costumbre) y entrar . Giré el pomo y para mi sorpresa, la puerta no estaba cerrada con llave, sino entreabierta. Al llegar, me encontré de frente con un chico joven de unos 20 años (la edad que tendría  Tim ahora) muy bien vestido: con traje y pajarita. El chaval estaba comiendo un filete a la luz de las velas.

-¡Saludos Jim!-exclamó mientras se limpiaba la comisura de los labios con un pañuelo de seda. No queda carne, pero puedo traer el postre y nos lo tomamos juntos. Anda, siéntate.

Ante aquella situación no sabía qué hacer. Estaba claro que el niñato había hecho algo terrible, algo que había ahuyentado a todo su puñetero vecindario; pero aún no sabía el qué. Decidí seguir su “juego”: me senté.

-¿Puedo ofrecerte algo? ¿Tarta? ¿Una copa de vino? ¿O quizás estarías más cómodo con esa copa de ginebra que te has dejado a medias?

-¿Cómo coño sabes eso?

-Simplemente lo sé. Ah, y por favor, si vas a acompañarme en esta velada tengo que pedirte que te quites el pañuelo y el sombrero, son de mala educación. El antifaz te lo puedes dejar, te da un aire misterioso. Aunque para mí, misterio ninguno. Ya sé quién eres…Dicho esto, abrió la botella y se llenó la copa de vino. Decidí obedecerle, estaba demasiado perplejo como para hacer un comentario de los míos o cabrearme. Aunque, por precaución, sí que continué con la mano en el bolsillo de la pistola. Y cada vez me estaba tentando más la idea de apretar el gatillo, por el acojone.

-Jim, por favor. Esa idea que está pasando por tu cabeza ahora mismo es totalmente innecesaria: no hace falta que me dispares. Un buen anfitrión no mata sus invitados…

-¡Muy bien, ya estoy hasta los cojones!

-Esa lengua…

-¡Hasta los cojones de jugar a las putas casitas !-grité furioso mientras me levantaba y  tiraba mi plato de la mesa. Esos truquitos mentales, te piensas que soy gilipollas pero sé sumar 2 y 2. Eres…

-¿Telépata?-comentó él con una siniestra sonrisa mientras arrojaba su copa vacía contra la pared y se alzaba. Efectivamente, señor vigilante enmascarado-comenzó a aplaudir. Ahora haz como mis padres… ¡Trátame como a un puto monstruo!-comenzó a subir de tono. Su expresión pasó de siniestra a una ira desenfrenada. ¡Reclúyeme en mi habitación durante 20 años! ¡Dime que jamás encontraré novia porque soy raro! ¡Dime que me quieres, mientras en tu cabeza piensas en matarme mientras duermo!

Ya estaba empezando a entender al chico: su vida había sido un calvario de tres pares de cojones. Estaba comenzando a sentirme mal por lo que le había dicho. Ese chaval solo quería a alguien cercano, un amigo quizás. Tenía que cambiar mi estrategia…

-¡Había preparado todo esto para dos! ¡Ya que no puedo salir, al menos organizo algo aquí! ¡Iba a ser la noche perfecta! ¡Pensaba que tú serías diferente, que lo entenderías por tratar con gente “especial” como yo! ¡Pero no, eres igual que ellos!-tras aquel griterío, rompió a llorar.

-¿Dónde están tus padres?-le pregunté en un tono calmado, tratando de ser comprensivo, mientras sacaba mi mano del bolsillo.

-Digamos- comenzó a secarse las lágrimas de la cara-digamos que papá ha disparado “sin querer” a mamá con la escopeta de caza. Luego, tras reventar la cabeza de mamá como un melón, ha salido del baño, ha ido a la cocina y “por accidente” se ha apuñalado 20 veces en el estómago…

-¿Eres capaz de manipular los pensamientos?

-Sí, solo cuando me concentro mucho…Y en especial si odio mucho a esa persona. Sé lo que estarás pensando, nunca mejor dicho, pero no voy a usarlo de forma irresponsable. Solo le haré lo mismo a todos esos cabrones, todos esos hijos de puta que piensan mal de mí o que quieren matarme…¡Yo solo quiero llevar una vida normal! ¡Salir e ir por a la puta calle tranquilo, tampoco pido tanto!-a partir de aquellas palabras, mi lástima por el dolor del chaval se confirmó.

-¡Los monstruos son ellos, no yo! ¡¿Me entiendes?!- Claro que lo entendía. Pero joder, el chico no estaba en su sano juicio. Era claramente violento e impulsivo.  Con ese puto horror de referentes paternos  y habiendo visto que podía conseguir lo que quisiera con ese poder, no se detendría jamás. De repente, un extraño impulso se apoderó de mí. Traté de luchar contra ello, pero los susurros taladraban mi cabeza como una broca que agujerea una pared. Cuando quise darme cuenta, tenía mi propia pistola apuntándome a la sien derecha.

-Sé que en el fondo no lo entiendes. Por eso estoy solo, nadie lo comprende. Solo alguien que haya sufrido como yo lo entendería. Mucho me temo que, para ser libre, tendré que quitarte de en medio. Lo siento, de verdad…Lentamente, el pulso de mi mano dejó de temblar, quité el seguro de la pistola y el dedo índice cada vez estaba más dispuesto a apretar el gatillo. Cerré los ojos y, por una vez en mi vida, pensé en algo feliz. Pensé en Tim.

Pensé en aquella vez que lo llevé al parque y dimos de comer a las palomas. Luego, lo columpié hasta que se hartó y me lo llevé frito, en brazos, hasta casa. Aquel fue uno de los mejores días de mi vida, y era curioso cómo hasta entonces no lo había recordado. Gracias a aquel precioso pensamiento, el instante de apretar el gatillo se me hizo eterno.

Cuando abrí los ojos, vi que el arma seguía en mis manos, pero no en posición de disparo. Ese deseo se había desvanecido como el humo al abrir una ventana. Me percaté de que el chico trajeado estaba en el suelo, mirándome, mientras lloraba. Al meterse en mi cabeza, había visto mi felicidad, había compartido esa sensación conmigo…Pero también había compartido mi sufrimiento. Me agaché y le di un abrazo, como si se tratase de mi propio hijo.

-Por favor, hazlo rápido y que no duela-decía entre sollozos.

-No lo hará- le susurré al oído. Cerró los ojos y yo también. Apreté rápido el gatillo, mientras lo abrazaba. El silencioso disparo atravesó su corazón. Lentamente, tendía su joven cuerpo en el suelo mientras seguía consolándolo. Las sirenas de la policía y de la ambulancia se aproximaron, interrumpiendo el silencio de aquel solitario entierro.

 

 

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