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Cuatro cuentos de blanca nieve

En efecto, un sevillano escribiendo un artículo sobre la nieve. Es más, aún habiendo tenido aquí algún que otro avenate de coca climática, por una o por otra nunca he presenciado esa caída de cosas blancas más cercanas al granizo que al copo de nieve. Una vez recuerdo que fue porque estaba durmiendo la siesta. Al despertarme vi que fui el único tonto que no se quemó las manos aguantando la foto con medio kilo de ¿nieve? en el regazo. Y aún con todo, puedo decir orgulloso, como muchos otros, que he visto a la nieve vivita y coleando, literalmente. Bueno, vale, no, pero casi. Porque puedo jurar que ver, he visto a la nieve caminar, abrazar hasta la asfixia, gritar, y dar a luz a una parca segadora. He visto a la nieve y los paisajes helados hacer casting para los autores y obtener el papel protagonista. Este artículo versa sobre las distintas significaciones que se le ha dado al paisaje nevado en la cultura de la imagen. Y lo mejor de todo es que el viaje lo vamos a hacer en primera clase, recorriendo única y exclusivamente obras maestras de su arte.

La vastedad nevada ha sido un paisaje psicológico muy habitual en la historia del arte. A veces nos evoca directamente a la Nada misma, a ese mítico espacio primordial del que surgió la Realidad, y a ninguno le gusta estar flotando en esa Nada impotente. En otras ocasiones ha venido a ser un desierto sin colorear, un Outback (ahora que está muy de moda Fury Road) congelado e igual de árido, sin obstáculos, sin límites. Además, recientemente estamos asistiendo a todo un revival de estos escenarios como personajes per se gracias a la novela negra nórdica. Los éxitos de la trilogía de Stieg Larsson (Los hombres que no amaban a las mujeres), el Kurt Wallander de Henning Mankell o la reciente serie de televisión Bron/Broen han establecido casi una obligación de mostrar los escenarios blancos como crudos y salvajes. Aún así, las distintas disciplinas dedicadas al estudio de las construcción de historias (la narratología literaria o la teoría de guión) contemplaban ya el paisaje como creación estratégica para el significado de dichos relatos. Bien sabemos que los cuentos de Lovecraft no serían los mismos sin sus atmósferas orgánicas y asfixiantes. De hecho, debo hacer una confesión sobre John Ford, y es que nunca me hubiera creído la esperanza y épica de la búsqueda de la niña en The Searchers si no hubiera sido por su magistral técnica paisajística. Ni las interpretaciones me resultaban verosímiles, ni las motivaciones de los personajes, sólo que algo estaba pasando entre aquellos montes que parecían las rodillas de un titán largo tiempo caído en batalla o aletargado por alguna fuerza de la naturaleza. Demos gracias al desierto australiano por brindarnos Mad Max —algunas más agradecidas que otras—, no a George Miller, siquiera a Tina Turner, sino al citado Outback, al que Miller le debe algún que otro sacrificio ritual, sean vírgenes atadas a cosas o ganado llorando desde su garganta. El paisaje no es simplemente un signo de puntuación, el escenario es un verbo. Veamos algunas conjugaciones.

La importancia de llamarse Sergio

Poco se conoce en la cultura popular realmente del spaghetti western, pues hay vida más allá de Leone, de hecho no es el único en su nombre. Es posible, sí, que no haya mejor vida, pero vida hay, y nada despreciable. El maestro de plata de este subgénero es otro Sergio, Sergio Corbucci. De hecho, este italiano no es tan desconocido como he hecho parecer, pues uno de sus primeros trabajos es ya un monumento del género: Django. En efecto, puede que su nombre haya sonado más recientemente debido a la deuda que Tarantino (en general, un hombre muy hipotecado con directores pasados) tiene con Sergio —ambos Sergio, por otro lado—. De hecho, este western es conocido en la historia del cine por dar lugar a cerca de 40 secuelas y precisamente sólo una de ellas es oficial. Y no, no es la de Tarantino la oficial. Ni tampoco la de Takashi Miike, donde Quentin interpreta a un personaje clave.

Después de todo, Django desencadenado no es más que cine de autor, pues tiene el sello de su creador: beberse los mejores whiskys para expulsar luego un dudoso líquido por una vía igualmente dudosa… … Hmmm, sí, lo he dicho. Un breve repaso por algunos de los whiskys nos recuerda la ya citada Django, inspiración del personaje protagonista y cuyo actor original hace un cameo en la película de 2012; pero también Mandingo, de donde rescata el concepto que bautiza al esclavo negro que lucha para sus amos; y, esta es la que nos interesa, El gran silencio, la otra gran obra de Corbucci y a la que Tarantino homenajea con toda la parte del camino en territorio nevado. La verdad es que Sergio Corbucci hacía spaghettis de puta madre, para qué nos vamos a engañar. Por si sirve de jugosa recomendación os afirmo rotundamente que su western es un spaghetti que bebe mucho del surrealismo. Os lo juro, tan delicioso como lo oís. Para ello Corbucci se apoya enormemente en el paisaje como medio de expresión (ay, ese Romanticismo). El fango de Django ubicaba la acción en un pueblo que parecía estar en la frontera del mundo, donde la tierra está ansiosa de tragarse a alguien y saliva en todo momento provocando esa pantanosa mezcla de tierra espesa, ni siquiera el terreno era firme e invulnerable en la película; y en El gran silencio cambiaría el fango por la nieve, localizándola temporalmente durante un durísimo invierno de 1889 que asoló el sur de los Estados Unidos. En general toda la película es digna de un pormenorizado análisis a nivel de subgénero leoniano y de cómo rompía con todos sus estamentos a la vez que los parodiaba implacablemente. Pero eso nos llevaría a otro largo y apasionante artículo que no nos ocupa ahora mismo.

La llanura nevada volvía a provocar, como en Django, aislamiento y asfixia por los personajes, ¿sois conscientes de lo lento y dificultoso que es hacer trotar a un caballo en una tierra con 20 cm de nieve? Todos los personajes eran mucho menos gloriosos de lo que puedan ser Eastwood o el maldito Jamie Foxx. La nieve agarraba todos los galopes, todas las huidas y todas las actitudes frenéticas, la nieve mutilaba toda posibilidad de acción heroica o inquieta. Nadie en El gran silencio podía iniciar una épica lucha en su favor, toda empresa de violencia en la obra de Corbucci es castigada por la nieve, que abofetea al espectador con expectativas de ver espectaculares e irreales escenas de acción o algún que otro badass. El gran silencio era un relato de una dureza enorme y afilados ambientes, y el frío no sólo helaba las armas, sino también los corazones, la acción impulsiva no estaba permitida y el que quisiera triunfar debía ser de mente fría, igual que el albino camastro que los acogía.

No es Jamie Foxx. Fotograma: Adelphia Compagnia Cinematografica & Les Films Corona

La cosa, el enigma de este mundo

¿Quién mejor para aterrorizar con el paisaje que un maestro del terror? John Carpenter decidiría localizar la acción de La cosa, el enigma de otro mundo en medio de la nada. Recordando mis palabras al principio del artículo, la Antártida parece ser el lugar idóneo para representar ese terror al vacío primordial, al lienzo en blanco que aún no ha sido pintado. Quiero matizar que esta es una idea distinta a la del desierto helado, ya que ésta implica proximidad con el mundo civilizado, pronunciando así la agonía al tener la zanahoria colgando frente a ti pero sin poder llegar a comértela. Es diferente en terrenos como los antárticos, como he dicho antes es un miedo al mal primordial, a una fuerza más antigua que nosotros y más grande. El Polo Sur es terreno alien (en su sentido etimológico), extraño a la civilización y así Carpenter lo hace cuna de un alien (ahora sí, en su sentido popular). Precisamente, el Polo acaba siendo la casa de este “enigma de otro mundo”, la nieve es tan incierta e inquietante para los seres humanos de la película que es el monstruo quien encuentra en las nevadas su hábitat psicológico. El parásito metamórfico que da nombre a la película no sólo consigue transmutar los personajes sino también el paisaje, pues el invasor extraterrestre acaba por adueñarse hasta tal punto del lugar que el continente antártico es metamorfoseado también, pasando a ser un planeta alienígena.

Fotograma: Universal Pictures & Turman-Foster Co.

Aparte de esta nueva visión de la nieve como elemento extraño, aquí al extremo de lo extraterrestre, la película contiene un punto simbiótico entre el monstruo y su ambiente muy interesante: la identidad. Pocas veces, y algunos podrían decir legítimamente que nunca, vemos el rostro de “la cosa”. Sí que observamos varias veces su fisionomía tentacular y fragmentaria que parece salida de la corte de Cthulhu, pero prácticamente nunca conseguimos adivinar su cara. Esto es relevante ya que es el rostro lo que identifica a la ¿persona? La de veces que habremos entrecerrado los ojos para intentar averiguar quién es el conocido que se acerca por la acera y no lo hemos conseguido hasta finalmente apreciar su rostro. El caminar da pistas, la ropa también, vale, pero es la cara lo que confirma y relaciona a ese individuo con nosotros. Pues bien, está idea del enemigo sin identificar (mítica ya la escena donde lo intentan) casa a la perfección con la zona de recreo de la bestia, unos vientos helados que recolorean el concepto ‘oscuridad’ del negro al blanco más agresivo. “La cosa” establecerá su parentesco con el Polo Sur al encontrar en éste la mejor forma de perpetuar su identidad, su no-identidad. Descubre que la Antártida es el elemento terráqueo que mejor la (re)conoce. El clima antártico borra las caras mediante la nieve que levantan los vientos, y esto es para la asquerosa criatura la mejor sábana con la que acurrucarse. Si en El gran silencio la nieve era un fenómeno de extrañamiento, en La cosa, el enigma de otro mundo la nieve es la personificación misma de esa sensación mediante el fantástico antagonista de John Carpenter.

Watch your step, Margie…

Voy a dar por hecho que todos conocemos ya la mejor obra de los hermanos Coen… ¿Me habéis oído? La mejor obra de los Coen. Y punto. Bromas apart… Bueno, en verdad no. De hecho, voy a intentar lobotomizaros con esta parte del artículo, donde hablaré de las bondades de Fargo, y de hecho sólo será una parte de su grandeza, la de su paisaje.

En correspondencia con su fresquísimo (… ssss, escuece…) humor negro, la nieve de Fargo produce la más inocente risa pero también el horror más incómodo. Si El gran silencio se reía de los mandamientos leonianos, Fargo se ríe de El gran silencio. A ver, entendedme, quiero decir no literalmente. Tranquilos, no es mi intención establecer paranoicas relaciones entre películas que nunca quisieron tener nada que ver con esas otras. Hay una preocupante tendencia entre la crítica a hacerlo, pero yo me refiero a que mientras Corbucci usaba la torpeza del caminar sobre una espesa capa de nieve para bajar a sus personajes de héroes a seres humanos, los Coen llevan más allá esta idea. Sus personajes pasan de dignos humanos a pueblerinos sin el menor sentido del ridículo. Recordad esa magnífica escena en la que Margie va a revisar el accidente de coche que provocan los secuestradores y donde sus patizambos andares sobre la nieve son fuente de la más macabra risa. Además de la propia nieve, Ethan y Joel se regodean en la cultura climática. Los personajes llevan ropas de abrigo imposiblemente gruesas que hace de dar cuatro pasos toda una sesión de la última disciplina fitness de moda. La mayoría parecen entrenadores de perros, bite suit incluido.

Fotograma: PolyGram

El otro aspecto de la nieve en Fargo es hacer posible el suceso del accidente de coche donde Margie casi echa la pota, curiosamente debido a su embarazo, no por tener un cadáver machacado delante suya y otro descansando en la nieve a sus espaldas, ¿os he dicho ya algo del ácido humor de sus autores?. Ahora sí, la nieve es desierto blanco. El impresionante plano que abre la película no hace más que decirnos: “tron, estamos en medio de ninguna parte, aquí puede pasar de todo y nadie se va a coscar, luz verde para las atrocidades”. Cualquiera puede tirotear la mejilla del prójimo en un aparcamiento porque nadie va a estar ahí para llamar a la policía. Mientras un hombre tritura la pierna de otro en una máquina de aserradero, el buen ciudadano que hubiera llamado a la poli está a kilómetros acurrucado con su mujer embarazada en la cama, prestos a desayunar chocolate caliente. La civilización está abrazada a sus estufas, el exterior (la nieve) es todo propiedad de la barbarie.

Barrigas donde no nieva

¿Qué pasa? El cómic es también cultura de la imagen, hijos de Lumiére. Además, este cómic tiene no pocas influencias cinematográficas en su storytelling. Por desgracia, el patán de Dominic Sena (60 segundos, Operación Swordfish) parecía ignorar esto y adaptó el cómic de Greg Rucka en 2009 como le dio la real gana. Rucka es un guionista de cómics que ganó amplia fama con su trabajo en las series de Batman y que además venía del campo de la novela con la serie del guardaespaldas Atticus Kodiak. El pelotazo lo dio con un thriller en forma de cómic publicado en 1998, Whiteout, que lo llevó a alcanzar dos nominaciones al Eisner (los mayores premios de la industria) y ganar uno con su secuela, Whiteout: Melt. Ya podéis ir pensando en su relevancia en todo esto sólo por el título, el nombre del fenómeno donde se pierde visibilidad por el clima extremadamente frío y que engloba las nevadas o las ventiscas. Whiteout ocurría en una base estadounidense en la Antártida donde un asesinato había sido cometido y el cual debía resolver la US Marshall destinada allí.

Algo bastante característico de Rucka es su afán por crear juegos con el lenguaje. En Whiteout ésto podía observarse por ejemplo en las personificaciones, el Polo Sur es llamado entre los trabajadores de la base “El Hielo”, y la acogedora tierra natal “El Mundo”. Pero el juego de palabras se vislumbra ya desde el título: Whiteout recuerda al término anglosajón para el apagón (blackout). Aquí lo tenemos de nuevo, la acción localizada en la Antártida, como en Carpenter, es emborronada por la poca visibilidad del clima, que produce un apagón blanco que impide desvelar identidades, como en Carpenter. Y es que esta versión recuerda mucho en sus cimientos a La cosa…, pues el tema de la identidad es también un recurso central de la trama, ya que hay que encontrar quién es el culpable, el clásico whodunit. Es justo decir que parte de una premisa que inevitablemente alude al cuento de Borges Abenjacán el bojarí muerto en su laberinto (posterior a la novela Laura, de premisa similar, adaptada luego por Preminger), donde el cuerpo del delito tiene su cara destruida y por tanto no puede ser identificado correctamente, propiciando resoluciones idénticas en todos los casos citados. Casualmente una de las novelas más famosas del nordic noir es Faceless Killers. Las tramas que protagoniza Carrie Stetko tienen siempre mucho que ver con la ocultación del culpable tras la cortina de nieve, sea por el clima o por la vestimenta de protección (máscaras para el frío, gafas, etc). A todo esto ayuda, a veces más, a veces menos, el dibujo de Steve Lieber, que crea, al estilo de Sin City, una atmósfera donde el B&N es definido únicamente por la nieve y la ausencia de nieve.

Viñeta: Oni Press

Pero volvamos sobre los juegos con el lenguaje. Aún recuerdo la versión de mi abuelo del cuento de Pulgarcito: Garbancito. Como todos los cuentos de mi abuelo recitados de memoria cual homérico rapsoda, contenían una frase para el trailer, una frase que cuando mi abuelo la decía todos sus nietos soltábamos una sonrisa cómplice como diciendo “je, yo también me la sé”. En Caperucita era el típico interrogatorio de la niña acerca de los dientes y las manos del lobo, en Pulgarcito, el grito que soltaba el niño desde dentro de la barriga del buey. Garbancito, o mejor dicho, mi abuelo, gritaba: “¡En la barriga del buey, donde llueve y no me mojo!”. No en vano el escenario de Whiteout está personificado, El Hielo acaba por convertirse en todo un ser, los personajes habitan en el estómago del dragón, una bestia que los ciega, los digiere y al que apenas sobreviven. El Hielo es un monstruo que se los ha tragado y contra el que luchan para escapar de él y volver a El Mundo. Por suerte para el lector, hay personajes que han sido ya salpicado por los jugos gástricos antárticos y fagocitados por El Hielo. Hay traidores, mentirosos, asesinos y cobardes que han visto congeladas sus almas por la nieve y los whiteouts, el cómic acaba planteando una pregunta interesante, ¿cuál es la temperatura de la avaricia?

Como podéis ver, la nieve es una esfera, el poliedro de infinitas caras, y segurísimo que aún descubriremos nuevos y fantásticos retratos en el futuro. En cualquier caso, éstos son sólo algunos ejemplos y muchos se han quedado fuera: la desprotección que ofrece la de The Shining, la serenidad en Fuerza Mayor o la fascinación romanticista del planeta último de Interstellar.

Y llegados a este punto creo que es hora de contestar a los más observadores. Efectivamente, he escrito un artículo sobre nieve en las puertas del verano, ¿qué puedo decir? Es el mejor aire acondicionado que Rajoy me permite tener (seguro que Albert Rivera me dará uno nuevo, seguro) y total, en época de faldas, bermudas y manga corta va a ser vuestro mejor polo

*La imagen destacada primera pertenece también a Oni Press

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