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Perfecto desorden. Cuaderno de viaje: Marruecos

“Me picaron chinches”, “vas a pasar miedo”, “es muy peligroso”, “es muy sucio”, “es caótico”,“no es Europa”, ”no vas a encontrar un hotel decente”, “cuidado con los taxistas”, ”van a engatusarte». Fueron algunas de las alentadoras informaciones que fui asumiendo cuando me dejé aconsejar por conocidos que habían visitado Marruecos previamente.

Con una mezcla entre incertidumbre y emoción iniciamos la aventura unas amigas y yo desde Tarifa. Allí cogimos el ferry que en menos de una hora nos acercó a las fronteras marroquíes. Sumida en malos augurios llegamos al hotel. Situado a unos cinco kilómetros de la medina de Tánger, el Hotel Tarik destrozaba en pedazos mis miedos infundados. Reunía limpieza, amplios espacios comunes, y vistas excelentes a la costa, todo ello con una decoración típicamente islámica.
El primer día por la tarde visitamos la medina de Tánger. El caos que decía tener Marruecos era bastante apreciable en el centro de la ciudad, minada de pequeños comercios de todo tipo y mucho tránsito en sus calles. De ahí que me percatase de que es una población y cultura proclive al comercio, o instintivamente comercial. Hasta los niños venden en la calle souvenirs con grandes dotes para embaucar al turista.

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La medina de Tánger es una encrucijada de calles estrechas, donde a cada paso-si eres mujer- te conviertes en el foco de atención, lo que puede llegar a ser intimidatorio, pero desde mi experiencia, en absoluto peligroso. Pasear por Tánger es perfecto para hacer unas compras, tomar un té verde de menta con pasteles en la plaza 9 de Abril (fecha en la que Marruecos consiguió la independencia de España) o simplemente dejarse cautivar por el exotismo de sus calles, con a veces fuertes olores a especias y pescado.

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El día siguiente contratamos una excursión a Chefchaouen. Es sin duda uno de los pueblos más fascinantes que he visitado. A dos horas de Tánger, este pueblo se sitúa en las montañas del Rif. La característica que lo hace tan popular es el color azulado de sus casas. Tal y como nuestro guía nos comentó, las paredes se pintaban así con la finalidad de ahuyentar a los insectos.

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Sus calles estrechas y empinadas invitan a disfrutar de un paseo relajado por su medina, y cómo no, a hacer unas compras de productos artesanales elaborados con materias primas como la piel. Durante esa misma mañana el guía nos dirigió a un telar, donde los trabajadores nos mostraron cómo fabricaban artesanalmente los tejidos, y nos enseñaron/ofrecieron sus productos finales.

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A la hora del almuerzo el guía nos acercó a todo el grupo de la excursión a un restaurante en el centro del pueblo. Ahora bien, ¿El telar y el restaurante eran parte de la visita? Pues sí. Algo había leído yo sobre las comisiones. Muchos de ellos están “compinchados”, por así decirlo. Tienen unos acuerdos comerciales entre ellos por los que reciben comisiones. En concreto, nuestro guía recibiría alguna que otra comisión de los comerciantes por habernos llevado a sus establecimientos. Y esto responde como mencioné anteriormente a su forma de ganarse la vida.

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Finalmente, el último día nos dirigimos a Assilah, un pequeño pueblo pesquero en el Noroeste de Marruecos y con vistas a la costa Atlántica. Para ello, cogimos un taxi, que acabó siendo toda una odisea, pues viajamos durante una hora en un coche de cinco plazas, siete personas.
Curiosamente este enclave ha sido históricamente conquistado por la corona portuguesa y española. Podemos observar resquicios como la muralla que rodea Assilah, que fue construida por el monarca portugués Alfonso V.

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Comparte con Chefchaouen la pintura azul en sus puertas y ventanas. Otra de las características más llamativas son las pinturas murales que adornan sus calles y que recobran nueva vida con su famoso e internacional festival cultural que cada año se celebra en verano, atrayendo a artistas e intelectuales de todo el mundo.

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También es muy recomendable acercarse al mirador, desde donde se puede contemplar la costa atlántica, el pueblo de Assilah en su conjunto y hasta un cementerio marroquí.

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Para finalizar la jornada, comimos en el Restaurante “Andalusí”, del que tenía alguna referencia. Una de las obligaciones en Marruecos es conocer su gastronomía. Merece la pena porque suele ser todo fresco y artesanal. Mis amigas y yo elegimos tajín de pollo, tajín de gambas, ensalada marroquí, y pescadilla frita. Todo por un total de 140 dirham o aproximadamente 14 euros.
Ni pasé miedo. Ni pretendí pasear por calles europeas.

Al final, ni me molestaron los persistentes comerciantes, ni me intimidó su perfecto desorden… Pero sí “me picaron las chinches”, para contagiarme las ganas de volver de nuevo.

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