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Herencias ilegítimas

Hablar de los judíos en Andalucía, es hablar de una historia de represión injustificada .De continuadas persecuciones. De apuntar con el dedo. Del desarraigo obligado del suelo peninsular. Pero sobre todo ,de la herencia de un legado impagable, que ha forjado de manera determinante nuestra cultura y sociedad . Con la intención de rendir homenaje a la cultura judía que permaneció de manera relevante en el Sur de la Península, retrocederemos al pasado para conocer con brevedad los avatares de la comunidad judía, que se instaló en la Península en el siglo IV aproximadamente, conviviendo en ocasiones con otras culturas como la musulmana y la cristiana.

Los judíos tuvieron una gran presencia en Andalucía. En Sevilla concretamente, Fernando III les ofreció protección cuando reconquistó la ciudad sevillana en el siglo XIII, construyendo una muralla que rodeaba la judería (emplazamiento que hoy conocemos como Barrio de Santa Cruz y parte de San Bartolomé). Los judíos respondieron al monarca otorgándole la llave de la aljama, en la que aparecía grabado el mensaje «Dios abrirá, rey entrará». Curiosamente, este obsequio se preserva hasta la actualidad en la Catedral de Sevilla.

Llave de la aljama - foto: María Tenorio

Así, en Sevilla se consolidó una de las Juderías más prósperas de toda la Península en determinados momentos de la historia, influenciando de manera determinante nuestra cultura: desde la música, hasta la gastronomía; desde las costumbres, hasta nuestro propio idioma. De ahí que sean en gran medida «culpables» de nuestra riqueza cultural.

No obstante, esta prosperidad judía que se nos antoja, y por otro lado,esa macedonia de culturas que se entremezclaban y nutrían, pronto desaparece a causa de la intolerancia religiosa.

Por así decirlo, hubo tres fases en el proceso de represión contra la comunidad judía. En el siglo XIV se iniciaron matanzas en las sinagogas de la Península como las de Sevilla, Córdoba, Baeza y Carmona. Ante dichos sucesos los Judíos tuvieron dos vías de escape: la huida a otros luegares con relativa adyacencia como África o Portugal; o bien la conversión, que resultó la opción más elegida. La repulsa se formaliza cuando en 1492 se publicó el Edicto de Expulsión que restringía más si cabe las posibilidades de los judíos en nuestra tierra, obligándoles de nuevo a exiliarse o a convertirse al cristianismo.

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Finalmente, el destierro definitivo se produjo durante los siglos XVI y XVII cuando la Santa Inquisición promovió el exilio de los judeoconversos a través de los llamados «Estatutos de Sangre». Dicho lo cual, a estas alturas de la historia, la conversión no prometía a los judíos ni la salvación ni la permanencia en la Península.
Con todo, los judíos han sido una de las comunidades más discriminadas por sus diferencias y por formar parte de una minoría, a la que se le achacó las desgracias que acaecían por aquel entonces. Hace unos meses el Gobierno hacía pública la decisión de reconocer la nacionalidad española a los sefardíes, pero ¿realmente se cierran de esta manera las heridas? ¿Se recompensa a la comunidad judía?¿Tiene sentido ahora? El debate está abierto.

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