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"Alice", por Owensart.

Aquel “País de las Maravillas”…

¿Dónde vas Alicia?” preguntó el conejo como si la niña fuera a hacer la mayor locura imaginable.
“¿A dónde voy a ir? ¡Al País de las Maravillas!” respondió ella.

Y como si no se tratase de un dibujo se aventuró a pasar por el agujero de la madriguera, chocando su cabeza contra la pared.

“¡Ay!” replicó.
“¿Qué bobadas son esas?” siguió el conejo. “No existe tal cosa, ¡País de las Maravillas! Menuda sandez”.
“¡No son sandeces! Mírate, tú eres un conejo blanco con una personalidad arrogante y que habla. ¿De dónde crees que procedes?

El conejo actuó como si no la hubiese oído, moviendo su hocico hacia los lados. Al rato contestó.

“Primero, aquí la única arrogante eres tú. Segundo, yo soy un conejo normal, sin personalidad, me muevo por instintos y no, no hablo. ¿Cómo demonios va a hablar un conejo? Solo falta que tomen té y pastas. Estás loca, niña”.
“¡Eso es! ¡La hora del té!” dijo sobresaltada Alicia. “Hace ya media hora que llegó la hora del té. Llegamos tarde y por eso no nos abren. Debimos enfadar mucho al sombrerero. Vamos al espejo, a ver si desde allí podemos entrar”.

Alicia corrió sola hasta un cuarto en terribles condiciones, pintado hace años de blanco y con la única presencia de un espejo en la pared que quedaba al frente de la puerta. El conejo no la siguió.
En el espejo contempló a una chica con los cabellos sucios, alguna vez de un rubio dorado. Vestía una camiseta deshilachada, iba descalza y su piel era pálida y llena de moratones y marcas de aguja.
Su rostro, un nido de ojeras. Un labio hinchado, rímel corrido desde los párpados hasta unas mejillas huesudas.
Detrás de ella, en la maltratada pared, vio escrito con pintalabios de carmín la siguiente frase:

“Os esperé. Debíais devolverme la infancia. Pinté vuestras rosas de rojo y vosotros me lo pagáis despintando mi realidad”.

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