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Beatriz Zazo Luengo

Los caballeros de la mesa dentada III

Mordred observó su nueva pierna mecánica con repulsión.

«Has hecho un gran servicio a tu país niño» Le mintieron. «Gracias a ti el Rey Pescador podrá volver a andar» Le dijeron. «Sin el rey la tierra seguirá muriendo» Le aseguraron. Y Mordred aceptó, por supuesto, ¿Una pierna a cambio de que las tierras volvieran a la vida? ¿Una pierna a cambio de que el reino dejara de ser un erial? Lo que fuera necesario por que no muriese más gente de hambre. Una pierna era un precio barato.

Era solo un niño, claro, no podía saber que la tierra no estaba ligada a su rey. No sabía que si la gente moría de hambre probablemente fuera por los enormes castillos mecánicos que mantenía su monarca. No sabía que, arrebatarle la pierna a un niño, no era más que otro juego cruel de una nobleza absurda e inmisericorde.

Lo llamaban “La cosecha”. Miles de niños del país perdían alguna extremidad cada vez que se celebraba alguna, y lo hacían con cierta regularidad. Nadie sabía qué se hacía luego con aquellos brazos y piernas de niños… solo eran una broma macabra para el rey.

Cerró los puños, ambos en el suelo junto a su pierna mecánica arrodillada.

—Y así ¿Te reconoces como un engranaje más? ¿Formarás parte de la mesa dentada, como lo han hecho ya tus compañeros antes que tú?

Mordred devolvió su vista al frente. El enorme salón de ceremonias lleno de Tecno-magos retumbaba con cada palabra de Arturo. El sonido de la maquinaria que alimentaba todo el recinto chirriaba.

Los Tecno-magos lo miraban con sus ojos rojos de cristal. Respirando a través de máquinas que les tapaban toda la cara. El culto que Merlín había generado alrededor de su persona había crecido tanto en apenas quince años…

—Sí, lo acepto -se escuchó decir a si mismo. La mirada perdida, rígido, intentando no pensar.

Arturo pasó Ex-calib00r sobre sus hombros. Los cañones gemelos del arma rozaron sus orejas con un beso frío y amenazante.

—Entonces yo te declaro Sir Mordred, y servirás a Ávalon y a tu rey como nuevo caballero. Jurando protegerlos con tu vida.

Mordred recitó el juramento con solemnidad, aunque en su interior bullera de furia. Hasta hacía tan poco había estado tan ciego… que no podía creerse lo que escuchaba. Los trajes de oro, el rojo, el carísimo rojo de las túnicas, el metal, las maquinarias; todo.

«Garrapatas asquerosas» se dijo.

¿Proteger Ávalon? ¿Proteger al reino? Nadie peor que aquel rey infante y déspota, que había usurpado el trono tras asesinar a su padre. Nadie peor que sus complacientes caballeros. Nadie peor que los “Magos” de pacotilla que ahogaban a la gente en los pútridos desperdicios de sus experimentos. Nadie peor que los nobles, gordos y crueles que mantenían todo aquello con su complacencia.

«Y apenas hace una semana tú eras uno de ellos» Se recordó a si mismo mientras su rey lo ayudaba a ponerse en pie y le palmeaba la espalda, la sala deshaciéndose en vítores. Los caballeros mirándole entre la multitud de magos «Apenas hace una semana…»

Apenas hacía una semana Mordred había llegado a Camelot con un firme y absurdo propósito: sería caballero. Había entrenado mucho desde la pérdida de su pierna, desde “La cosecha”, y sabía que solo necesitaba una oportunidad, que solo necesitaba que le dejaran demostrar lo que valía…

Gracias a los cielos nadie se dignó a permitirlo.

Cuando llegó a la academia las pruebas ya habían comenzado. Siempre, una vez al año, se abrían tres plazas en la academia de caballería en Camelot; tres plazas que podían ser ocupadas por plebeyos. Y siempre ocurría lo mismo: cientos de muertos de hambre deseando encontrar un futuro mejor.

Las pruebas eran brutales y despiadadas. Solo había tres vacantes… solo tres vidas podían ser respetadas, todas los demás sobraban.

Un instructor lo vio llegar con su pierna de madera, cojeando mientras se acercaba a la multitud de adolescentes que ya estaban muertos sin saberlo, pidiendo cita para ser carne de cañón; como todos los demás. Un buen hombre, un soldado curtido que detestaba lo que hacía, un hombre que decidió hacer lo correcto: darle una paliza, una paliza de tal magnitud que despertó a la mañana siguiente. Las pruebas ya terminadas, su destino echado, su orgullo más magullado que su carne a pesar de las fracturas.

Lloró hasta quedarse afónico, gritó hasta agotar el aire del mundo, y comprendió que nunca conseguiría nada, comprendió que lo tratarían siempre como un tullido, como un paria… Supo que pronto vendrían a cobrarle los cuidados médicos, y que si no podía pagarlos tendría que trabajar en las minas; pero no le importó. La vida ya no le importó.

Y entonces ella entró en la casa de socorro donde lo habían atendido la noche anterior.

Ella, su largo pelo rizado, sus ojos tristes, su mirada llena de luz… y su sonrisa. Ella: la mujer que le había hablado en sueños. Real, indeciblemente real, vestida con un atuendo vaporoso que parecía atraer toda la luz de la estancia. Se acercaba a él con paso calmado, ganando distancia al pasillo mientras anticipaba su encuentro ya con una sonrisa, con una sonrisa triste pero cálida.

Su nombre se escapó de entre sus labios sin él quererlo: Morgana.

Lo abrazó cuando llegó a él. Lo desconectó de la maquinaria que aún lo mantenía sedado, que aún lo mantenía entre brumas, lo cargó en brazos y se lo llevó de allí entre los gritos indignados de las enfermeras. Entre sus brazos volvió a quedarse dormido, sin comprender qué estaba pasando.

Su siguiente despertar fue mucho más plácido: bajo un árbol lleno de moras. El sol, un sol limpio, un sol no ahogado por las nubes de carbón y queroseno, le alumbró el rostro. El aire le revolvió el pelo. Olía dulce, no dolía respirarlo.

Nunca había estado en un lugar como aquel: ya desde su nacimiento el verdor había abandonado por completo Ávalon.

Morgana estaba a su lado, y le habló. Sentada junto al mismo árbol que él, en la hierba verde.

—Así son las tierras de Ávalon pequeño, te prometí que te las enseñaría -recordaba la promesa, de una noche hacía ya mucho tiempo- me preocupé mucho cuando entendí a donde te dirigías. He dado gracias a todos los dioses que conozco por que sigas vivo.

Él parpadeó, aún amodorrado por la anestesia. El mundo era increíblemente bello.

—¿Por qué? -consiguió articular, finalmente, cuando se aclararon sus ideas- ¿Qué quiere de mí?

Morgana le señaló hacia su izquierda. Allí había una cadena montañosa y más allá lo que parecía una nube negra, malsana, como un tumor devorando el cielo.

—Porque alguien tiene que sacar lo poco bueno que quede en esa tierra desolada -comentó ella- porque aunque ya no haya salvación para el reino… aún podemos crear reinos nuevos.

Y entonces recordó lo que aquella mujer le había estado contando durante años. Recordó su llamada, insistente, ahogada por el humo, ahogada por sus deseos de poder, de riqueza, de pertenecer a la élite… recordó como le había prometido una vida sin señores ni siervos y él la había rechazado. Lo había hecho durante años.

—Intento que todos los niños me vean, al menos cuando duermen -comentó la mujer- así al menos tienen alguna esperanza -sonrió, tristemente, tan tristemente que a Mordred se le saltaron las lágrimas- cuando alguno está listo para aceptarlo simplemente lo sé.

—¿Aceptar el qué? -la anestesia aún hacía su efecto, pero ya estaba remitiendo. La realidad se colaba en su mente con mucha fuerza. ¿Dónde estaban? ¿Por qué el cielo era de aquel azul antinatural?

Ella suspiró.

—Llevo años trayéndoos aquí, a los pocos que aún quedáis puros, a los pocos que aún no habéis sido corrompidos -el silencio, uno corto pero al mismo tiempo eterno, se meció entre las hojas al compás del viento- siempre os ofrezco lo mismo: la libertad. -hizo un amplio gesto de manos- estás fuera del reino, fuera de Ávalon, fuera de la influencia de reyes, de magos y de nobles. Eres libre y puedes vivir libre.

Mordred comprendió entonces el cáncer en el cielo. Comprendió entonces lo que se ocultaba más allá de aquellas cordilleras: su hogar, Ávalon, un lugar maldito. Y supo que tenía que volver. Supo que tenía que parar aquello. Supo que no se conformarían con nada y que tarde o temprano no quedaría mundo al que pudieran huir los puros como él.

Se enfureció, se sacudió del abrazo adormecedor de la anestesia y se levantó lleno de ira, apoyado contra el moral para suplir la pierna que no poseía. ¿Puros? ¿Libertad? ¡Aquello no era más que una huida complaciente! Miró a Morgana con desprecio.

—¿Y si no quiero esta libertad? -preguntó, finalmente, horrorizado por sus propias palabras pero aún así pronunciándolas- ¿Y si prefiriera liberar a mi pueblo prisionero, aún a los “no puros”? ¿Y si te dijera que me pareces tan elitista como ellos?

El valle pareció detenerse. El mundo contuvo la respiración. Hubo un segundo en el que Mordred se arrepintió de sus palabras… pero ya era tarde.

Y en ese momento Morgana sonrió, una auténtica sonrisa de alegría tan bella como mil días soleados.

—Entonces, y solo entonces, tendría sentido hablarte del Grial; y de lo que necesito que alguien haga para destruirlo y poner fin a esta pesadilla.

—Alégrate hermano -comentó Arturo, mientras subían ambos las escalinatas de mármol que conducían al altar entre vítores. El rey lo agarraba del hombro como a un viejo amigo- hoy recibirás poder como el que nunca has soñado.

El Grial se encontraba sobre el altar, oro y piedras negras sobre mármol blanco, una reliquia que emanaba una autoridad indecible. Arturo se la tendió, estaba llena de vino, un vino negro, peligroso, maligno…

—Bebe y hazte uno de nosotros.

Y Mordred observó su reflejo en el líquido de aquella imitación. Observó su reflejo entre el oro y las piedras preciosas.

Aquel no era el verdadero Grial, pero podía percibir que no estaba exento del ominoso, del oscuro poder que desde luego debía tener el Grial auténtico. Sabía que si aquel líquido recorría su garganta estaría condenado…

Pero bebió. Y sonrió. Y mientras lo hacía, mientras la sangre de la dama comenzaba a circular por sus venas, pensó que, aunque aquel no fuera el verdadero Grial, él encontraría el original en aquel castillo. Lo único que tenía que hacer era esperar… esperar su oportunidad.

4 comentarios

  1. ¡Increíble! Me fascina tu imaginación y tu capacidad de crear estos relatos. Me encanta.

  2. Magnífico. Me ha encantado, te superas en cada relato.

    • Lo intento al menos… me hace mucha ilusión que te haya gustado.
      El siguiente creo que va a molar más (A mi al menos me está molando más escribirlo ^^)

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