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Cuentos de Wydar (II): Lyra, la voz del viento

Lyra miraba el horizonte que en su ocaso se había teñido de rojo sangre. Según los cuentos populares que desde pequeña le habían contado aquel era el color de destino. Ella no dudaba de ello, pero ciertamente tampoco aseguraba un buen porvenir. La última vez que lo contempló fue el día que fue arrancada de los brazos de su madre para ser llevada a la isla de las vestales. Desde entonces ya habían pasado unos diez años, en los cuales se había convertido en toda una mujer.

Su cabello dorado le llegaba hasta la cintura, formando en su caída suaves ondulaciones. Sus ojos almendrados eran castaños, aunque en ocasiones le dijeran que eran dorados. Su piel era de un tono oliva, y su rostro de forma ovalada tenía los rasgos levemente marcados. Su boca era pequeña y su nariz levemente afilada. Como todas las vestales, vestía vaporosas togas de color blanco, las cuales acompañaban de un manto cuyo color marcaba su rango.

El sonido de las campanas sacó a la chica de sus cavilaciones, recordándole que si no se daba prisa la vestal mayor tendría unas palabras con ella. Con una última mirada al mar procedió a alejarse de los acantilados en dirección al templo. El viento del anochecer la impulsó en su andar, meciendo sus cabellos dorados y sus blancos ropajes, susurrándole con voz dulce sus saberes. Sin embargo en aquella ocasión sus palabras fueron escasas. Algo se acercaba. Si ya tenía un mal presentimiento, aquello solo avivó sus temores.


 

Alma se quedó sentada en el suelo de la cueva mientras meditaba cual sería su siguiente paso. Junto a ella, entre su cuerpo y la hoguera que había encendido para darle luz y calor reposaba su espada. Su nueva espada. Por alguna extraña razón, cuando despertó, en lugar del simple arma que había tomado, había una hermosa espada, finamente trabajada, de cómoda empuñadura de cuero, guarda extrañamente morada, con una acanaladura en el centro de la hoja, grabada con lo que parecían ser runas. Se trataba de un arma delgada, que podría llegar a confundirse con un estoque, pero indudablemente no era el caso. Sin lugar a dudas, por su anchura y doble filo, se trataba de una espada. Un crujido rompió la calma que rodeaba a la pelirroja.

Sin hacer ningún movimiento brusco, tomó el arma como si fuera a examinarla, habiéndola girar entre sus manos. No quería alarmar al visitante antes de tiempo.

-¿Quién anda ahí?- preguntó sin levantar sus ojos, calculando al milímetro cada gesto, tono y palabra.

-¿Alma?¿Eres tú?- preguntó una voz que ciertamente no esperaba oír.

Edgar de Irati surgió de entre las sombras sorprendido. Su cabello castaño estaba desordenado y sucio, lleno de polvo al igual que sus ropas. Iba armado, con una espada ornamentada más robusta que la suya. Sin embargo pese a que tenía su arma envainada no se relajó.

-¿Qué haces aquí, Edgar?-

-¿Qué qué hago aquí?- contestó antes de resoplar exasperado- Esa misma pregunta debería estar haciéndotela a ti. Tienes a todo Wydar en vilo, el rey incluso ha prometido tu mano a quien te encuentre.

-Entonces reitero, ¿qué haces aquí?¿Acaso buscas casarte conmigo?

-No seas idiota. Eres como mi hermana. -aclaró él rápidamente- Te estaba buscando. Desapareciste sin decir nada y temía lo peor. Pero cuando escuché de una chica pelirroja que viajaba sola supe que eras tú. Lo que no sé es qué haces en el bosque de Irati. Sabes lo peligroso que es venir aquí.

Alma sonrió por primera vez a su amigo, ignorando la preocupación de este.

-Así que lo sabías, que era pelirroja. Supongo que te lo dijo tu padre.

-No realmente. Una vez lo escuché discutir con el rey por la forma en la que te trataban. Para él no tenían sentido sus actuaciones. Incluso se ofreció a llevarte lejos de la corte para criarte como era debido. No lo consiguió como bien sabes, pero por lo menos te dejaban a su cargo durante su retiro estival.

-Y siempre le estaré agradecida por ello. De no ser por él mi potencial no se hubiera desarrollado. En aquellas ocasiones me enseñó mucho, desde esgrima hasta magia. Era evidente que esos periodos eran para quitarme de en medio sin malas lenguas que mancharán el nombre del rey. -dijo entornando los ojos – Sin embargo, cada vez que regresaba al lado de mis padres, tenía que volverme otra vez una muñeca. De no ser así me hubieran matado hace tiempo. Teóricamente no debería ser más que un peón.

-Ellos ya han hecho su movimiento, ¿Cuál será el tuyo?- inquirió el muchacho.- No tardarán mucho en aventurarse en Irati.

-Cuando lo hagan ya no estaré, me marcho. Algún día volveré, pero quién sabe cuándo.

-No suena mal, tal vez me apunte. ¿Me cuentas qué motivaciones tienes para ello?

Alma hizo un gesto con la cabeza antes de contestar, invitándole a que se sentara.

-Ponte cómodo, esto va para largo- aconsejó antes de relatarle todo desde el principio.


 

Lyra llegó a su cuarto jadeante. Realmente no tenía ánimos para recibir una charla, cortesía de la vestal mayor, sobre la rectitud que debía reinar en sus vidas. Más bien sobre los ideales que desde que llegó trataban de grabarle a fuego, pero que pese a una década en la isla todavía no lo habían conseguido. Decían que esas eran las palabras del viento, mandamientos que como buenas vestales debían seguir. Realmente para Lyra no eran más que los improperios que una vieja “oyente” incapaz de escuchar el viento les gritaba a las jóvenes, como edictos de su religión, mientras la vestal mayor controlaba que ninguna se saliera de ellos amenazándolas con la herejía y todas sus consecuencias. Sin embargo la rubia se abstenía de compartir sus opiniones abiertamente, de forma que solo lo hacía con sus más allegadas, Kana y Wright.

Ellas la estaban esperando en su cuarto para arreglarse para el rito que ese día se ejecutaría. Kana, la más joven, estaba atareada poniendo a punto sus túnicas. Tenía el cabello castaño liso, recogido en una coleta, y sus grandes ojos eran celestes, los cuales contrastaban con su piel morena. Sus rasgos eran los de una niña, de modo que junto a su baja estatura parecía más pequeña de lo que realmente era. Por otra parte Wright, la mayor de la tres, se aseguraba de que no faltara nada. Su cabello era corto, de color ceniza, y sus ojos almendrados eran verdes. Su rostro era alargado, sus rasgos eran más pronunciados y afilados y la tonalidad de su piel la hacía parecer frágil y enfermiza. Tenía la misma estatura que la rubia. Lyra, que odiaba las ceremonias, sonrió por la presencias de las dos chicas. Mientras ellas estuvieran a su lado no se sentiría sola.


 

-Alma te das cuenta de lo inverosímil que es tu historia, ¿no? -dijo Edgar cuando la pelirroja terminó de contarle.- Sin embargo no tengo más opción que creerte. La mera existencia de este lugar disipa cualquier rastro de duda. Prácticamente se respira la magia que fluye aquí – añadió mientras con un movimiento de cabeza señaló el lago subterráneo.

-Entonces es ahora cuando nos despedimos. Dentro de unos momentos atravesaré un portal que me conducirá a otro mundo. Estoy lista. Te deseo lo mejor, amigo.

-Espera un momento, Alma. ¿De verdad crees que después de tomarme la molestia de encontrarte, voy a dejar que te marches sin más a un viaje a lo desconocido? No me perdonaría dejarte ir sola. Deja que te acompañe.

-No soy una niña. No necesito compañía. -se quejó ella.

-Puede, pero dos cabezas piensan mejor que una. Además, ni siquiera sabes qué es lo que estas buscando.

-Por supuesto que sé que busco. Tres luces elegidas por los elementos que restaurarán la estructura del tiempo. Es más ya tengo el rastro aural de la primera. Llegaré a su mundo sin problemas. -replicó Alma di Sorrento.

-¿Y después qué? Llegarás a su mundo, ¿y qué harás? Alma, si de verdad quieres tener éxito, no cargues con todo tu sola. Permíteme que te ayude, por favor- pidió Edgar.

-No vas a parar de insistir hasta que acepte, ¿verdad?- dijo suspirando la chica.

-¿Realmente necesitas respuesta a dicha pregunta? – inquirió el castaño divertido.

-No, no sé a quien pretendo engañar. ¿Entonces estás listo para venir conmigo?¿No dejas nada pendiente?

-No lo creo, y aunque así fuera nadie es imprescindible. ¿Nos vamos?

-Quieto ahí. Antes de partir debes aprender ha hacer un portal.

Edgar sonrió antes de silbar una oración en ánima. Los ojos de Alma se agrandaron de la sorpresa, antes de que recuperara la compostura.

-No sé de qué me extraño. Siempre has sido más perspicaz que yo.

-Te infravaloras, Alma. Realmente hasta hace unos momentos no encajé las piezas. Quien diría que una vieja oración, prácticamente caída en el olvido, sería la llave para viajar por los mundos.

-El cantar de Hena. ¿Haces tú los honores?- preguntó la chica mientras se levantaba, siendo imitada por su acompañante.

Edgar no respondió, sino que comenzó a recitar el cantar imbuyendo de magia cada verso, cada palabra. Dos círculos mágicos paralelos de intrincado diseño se formaron uno en el suelo y otro a tres metros de altura. Los dos muchachos comenzaron a flotar, siendo atraídos por el superior. Alma por instinto tomó la mano de Edgar, mientras a su alrededor se desarrollaban diversos juegos de luz. Finalmente atravesaron el segundo círculo, y cuando lo hicieron, todas las luces y la magia desaparecieron en una fina lluvia brillante antes de extinguirse, como si nada hubiera ocurrido.

Alma di Sorrento y Edgar de Irati habían abandonado Wydar.


 

Lyra era apenas consciente de lo que ocurría. Trataba de levantarse del suelo con la ayuda de Kana, pero su cuerpo no le respondía. El humo y el fuego le nublaban los sentidos y era incapaz de pesar con claridad. Ella era completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor. No oía los gritos de las vestales. No se encogía ante la macabra risa de la vieja “oyente”. No se percataba de los delirios de la vestal mayor. Kana trataba de decirle algo, pero la chica era no la escuchaba. Sus oídos le pitaban y sus ojos apenas enfocaban. De repente llegó Wright y tomó a Lyra junto a la más joven en una dirección donde parecía que el fuego no había llegado. Conforme avanzaban los sentidos de la rubia se fueron aclarando, pero todavía era incapaz de andar por su cuenta.

-Por aquí hay un pasadizo secreto que nos llevará a fuera. Lo descubrí hace unos años, pero nunca pensé que nos haría falta. – explicaba jadeante mientras se acercaban a su salvación.

-¿De verdad piensas que os dejaré marchar? Vuestro destino está sellado. Moriréis aquí como buenas vestales que os he enseñado a ser. – dijo una voz familiar.

Wright mantuvo la calma, y su expresión permaneció neutral mientras se enfrentaba a la dueña de esa voz. Kana, por otra parte ahogó un grito, mientras que Lyra un poco más consciente se quedó paralizada de la impresión. La vestal mayor, quien una vez fue aquella que velaba por todas las habitantes de la isla, tenía el rostro desfigurado, con la mitad de su cara en carne viva, formando con su siniestra sonrisa una grotesca máscara. Sus ropajes blancos, normalmente impolutos, están rasgados y sucios, al tiempo que en algunas partes había rastros del fuego.

-¿Pensáis desobedecer los designios del viento? ¿Realmente preferís ser herejes a venir con nosotras a la salvación?- preguntó mientras se acercaba lentamente.

Wright sin perder de vista a su superior, metió la mano entre las rocas y activó el mecanismo que reveló el pasadizo.

-¿En serio pensáis que Kana, Lyra y yo vamos a morir solo porque una vieja chiflada así lo quiere? Venid con nosotras, por favor, todavía hay esperanza. -pidió mientras con una seña le indicó a las más jóvenes que continuaran. La vestal mayor meneó la cabeza como si estuviera siendo paciente con un niño pequeño.

-Wright, Wright, mi querida Wright. Realmente te has dejado embaucar por las palabras de Lyra sobre el viento. Lyra, esa hija de la herejía, pensé que podría ser capaz de salvarte, pero ya veo que tu locura, a parte de ser más allá de mi alcance, ha arrastrado consigo a dos almas inocentes. No os preocupéis queridas niñas, aunque sea lo último que haga os llevaré a la salvación.

Su tono dulce estaba impregnado de una locura que les helaba la sangre. Lyra y Kana estaban al inicio del pasadizo. No habían avanzado más por el discurso de la vestal mayor. Las llamas cada vez estaban más cerca. Wright comprendió que si no actuaba con rapidez todas morirían.

-No vais a cambiar de idea, ¿verdad?

-Jamás. Moriré de todas formas, así que lo haré llevandoos conmigo a la salvación. – reiteró la vestal.

-Que así sea. – concluyó Wright antes de activar de nuevo el mecanismo. La puerta se cerraba con rapidez, de modo que las más jóvenes no tuvieron tiempo para reaccionar – Lyra, Kana, os quiero. – y con su hombro, Wright golpeó las rocas para inutilizar la llave.

Kana gritó y comenzó a golpear desesperada la pared de piedra, mientras que Lyra cayó como una marioneta cuyos hilos habían cortado. Su mente se había bloqueado. Apenas era capaz de respirar. En unos pocos segundos cayó en la oscuridad del sueño. Kana, agotada, no tardó en seguirla.


 

La primera vez que abrió sus ojos, Lyra pensó que estaba en su cuarto y que todo había sido un sueño. Parpadeó un par de veces antes de que sus recuerdos golpearan de forma violenta su mente. Eran demasiado vívidos para no ser reales. Se incorporó bruscamente, incapaz de permanecer más tiempo tumbada, de forma que su cabeza comenzó a dolerle.

-Deberías tomártelo con más calma. Has respirado mucho humo. – dijo una voz suave junto a ella.

Sentada al lado de su cama había una chica que debía tener más o menos su edad. Tenía el cabello de color rojo fuego, largo y recogido en una sencilla trenza. Sus ojos eran grandes y cristalinos, azules como el mar, dotados de un brillo y expresividad particular. Su nariz no era ni pequeña ni grande, ni afilada ni achatada y su boca, que era fina y elegante, formaba una sonrisa tranquilizadora. Su piel era blanca, pero no pálida, sin imperfecciones a la vista. Sus rasgos eran nobles y suaves, dotando a su rostro de gran armonía. Sus ropajes eran sencillos. Una prenda blanca descansaba bajo una cota de malla, oculta tras una túnica corta de un color morado oscuro con rebordes plateados. Llevaba unos suaves pantalones marrones que se metían por dentro de unas resistentes botas del mismo color que se iniciaban por debajo de sus rodillas.

Lyra permaneció unos minutos observándola, sin saber qué decir. La chica pelirroja también permaneció en la espera aguardando a que la rubia hablara. Al final fue la joven vestal quien rompió el silencio.

-¿Cómo he llegado aquí?- cuestionó fijándose en que estaba en la enfermería del templo donde residían.

-Os encontramos desmayadas al final de un túnel, del cual se filtraba gran cantidad de humo. Necesitábamos un sitio para que descansarais, así que nos dirigimos a la construcción más cercana que encontramos y os dejamos en la primera habitación que tenía camas. -respondió ella tranquilamente.

-¿Os? Eso quiere decir…

-Bueno, había otra chica contigo. No debe tardar en despertar. – aclaró mientras señalaba a otra cama a unos metros de donde estaban. En ella Kana dormía profundamente.

Lyra suspiró por un momento tranquila, antes de que sus recuerdos volvieran a golpear con violencia su memoria.

-¿No había nadie más con nosotras?- preguntó angustiada, pero al ver como la desconocida lo negaba con un gesto no pudo evitar venirse abajo -Comprendo.

-Mi compañero está ahora buscando otra entrada a ese subterráneo. Es posible que encontremos a más gente. -tranquilizó ella sin mucho éxito.

-Gracias por todo -dijo de todas formas la rubia. Parecía que la otra chica quería añadir algo más, pero el sonido de un golpe desvió su atención.

En la entrada, apoyado en el arco con los brazos cruzados, un chico algo mayor que ellas observaba la escena. Era alto, bien formado, de cabello castaño desordenado y ojos verdes penetrantes. Su nariz era un poco aguileña, y sus labios, apretados por la tensión que tenía, una fina línea. Sus rasgos eran afilados y agudos, y su piel aceitunada. Vestía similar a la chica, con la diferencia de que llevaba una doble túnica, una más larga que otra, de color verde oscuro y claro, sin adornos en los bordes, pero con un escudo que no reconoció bordado. También portaba una capa e iba armado. Este último detalle la hizo desconfiar de él.

-¿Alguna novedad?- inquirió la pelirroja.

Él negó con un gesto.

-Ningún otro superviviente. Allí abajo solo se huele muerte. – respondió tajante.

La chica se limitó a bajar la cabeza en señal e duelo. Tenía que pensar en cómo iba a decírselo a Kana, tenía que mantener la calma. No podía permitirse el lujo de derrumbarse, pues ese habría sido un insulto a la memoria de Wright. Tras unos minutos, la pelirroja decidió romper el silencio que sobre ellos había caído.

– Perdona, ha sido maleducado por mi parte no haberme presentado antes. Me llamo Alma di Sorrento, y él es Edgar de Irati. Ambos somos de un mundo conocido como Wydar y actualmente estamos de viaje. Sé que es un poco repentino, además de que no es el mejor momento, pero, ¿Te importa si nos quedamos aquí unos días?

Edgar levantó una ceja, en una expresión que la rubia identifico como que él no sabía nada . Ella centró entonces su mirada en la chica que decía llamarse Alma. No terminaba de confiar en esa misteriosa pareja, aunque, teniendo en cuenta el curso que habían tomado los acontecimientos, decidió aceptar su petición. Ya había tomado su decisión, en varios sentidos.

– Un placer, Alma, Edgar. Como bien decís no son las mejores circunstancias, sin embargo os doy la bienvenida al templo del viento. Mi nombre es Lyra, Lyra Wright.


 

La chica permaneció despierta hasta que Kana abrió los ojos. Tras conversar con los viajeros, les había indicado donde podían descansar. Alma parecía conforme con cualquier cosa, pero Edgar, muy serio, le pidió que le dejara una habitación distinta a la de la pelirroja. Lyra le miró confusa y preguntó la razón, pero él solo alegó que era inapropiado. Encogiéndose de hombros, sin comprenderlo, le guió a otra sala, antes de volver a la enfermería. Desde entonces había estado inmersa en sus pensamientos. Las últimas luces del día se colaban por la ventana. Se dio cuenta del tiempo que debió estar sin sentido y comenzó a preocuparse de verdad por Kana. En unas horas se cumpliría un día del inicio del incidente. Había tomado como apellido el nombre de su amiga, para nunca olvidar lo ocurrido, pero no evitaba pensar que era culpa suya el hecho de que Wright ya no se encontraba con ellas. Las palabras de la vestal mayor habían tenido gran impacto sobre ella. Un ruido rompió el hilo de sus pensamientos.

Kana se removió un poco, incómoda, antes de abrir los ojos. Al principio miró un poco confusa a su alrededor, antes de dirigirse a la rubia.

-¿He muerto? No creía que el más allá fuera como la enfermería…

-No, estás viva, mejor dicho estamos vivas. -aclaró Lyra.

-¿Y Wright?- dijo con ansiedad. El silencio de la mayor respondió por si mismo.

Kana se llevó las manos a la boca para ahogar un sollozo. Comenzó a llorar sin consuelo y abrazó a Lyra para hundir su rostro en su hombro. Lyra sin decir palabra envolvió a la chica en sus brazos y la dejó desahogarse, mientras que lágrimas silenciosas recorrían su rostro. Solo sentía un gran vacío en su interior. Cuando la castaña se calmó, la rubia comenzó a explicarle lo que había ocurrido después de que despertara, hablándole sobre Alma y Edgar.

-Me gustaría conocerles – comentó sonriendo levemente, a pesar de que sus ojos todavía permanecían rojos, hinchados y llorosos.

-Tendrás que esperar hasta mañana. Ya es muy tarde. De momento descansa un poco -pidió suavemente. Antes de irse a dormir también.


 

Se despertó sobresaltada, cuando el cielo ya clareaba. Los confusos sueños que había tenido, habían dejado atrás un gran número de preguntas sin respuesta. Todo se sentía difuso y su realidad sin remedio se derrumbaba. Salió de la enfermería sin hacer ruido y atravesó la puerta del templo para continuar por el sendero del bosque. Necesitaba aclarar sus ideas, necesitaba escuchar la voz del viento. No había amanecido todavía cuando llegó a los acantilados. La mar picada anunciaba tormenta, pero a Lyra no le importó lo más mínimo. Se sentó en la hierba dejando su cabello y sus ropajes ser mecidos por la brisa , cerró sus ojos y se concentró en el ligero susurro que solo ella oía.

Al principio solo percibió un huracán de emociones descontroladas y salvajes, pero necesitaba llegar más lejos, hasta su conciencia. Dejó que sus dudas y ansiedad la guiaran, llevándola hacia el centro de ese torbellino donde sus sentimientos negativos fueron sustituidos por paz y calma. Fue entonces cuando con voz clara y cristalina el viento le habló.

Cuatro luces elegidas por los elementos serán reunidas. Sus plegarias serán el sostén de la realidad y sus oraciones la salvación necesaria. El Tiempo que se detiene será restaurado y un nuevo orden surgirá junto al amanecer de una nueva era. Cumplid vuestro destino, Lyra, la voz del Viento, la portadora se su voluntad.”

Lyra abrió los ojos al cabo de un rato. Todavía tenía preguntas, pero comprendía que si no habían sido resueltas entonces con el tiempo lo harían.

-Por fin vuelves en ti, Lyra- dijo una voz.

A unos metros donde estaba la rubia, Alma di Sorrento la observaba curiosa, sentada sobre una gran piedra.

-Así que eras tú. La elegida por el viento.

-La voz del viento -corrigió Lyra.

-“Tres luces elegidas por los elementos serán reunidas. Sus plegarias serán el sostén de la realidad y sus oraciones la salvación necesaria. El Tiempo que se detiene será restaurado y un nuevo orden surgirá junto al amanecer de una nueva era.” Eso tengo que encontrar, esa es mi misión, la razón por la que viajo.

Lyra ocultó su confusión a Alma. No cuadraba lo que ella decía con lo que dijo el viento. Ella dijo tres y el viento cuatro. Y la chica no parecía que mintiera. Tal vez se les escapaba algo.

-Por favor, ven conmigo Lyra. Te necesitamos. -pidió la pelirroja.

La rubia sopesó sus opciones, que no eran muchas. Por una parte se podría quedar en una isla desierta con otra chica más joven atrapada para toda la eternidad, y por otra parte viajar con Alma y Edgar y cumplir la misión que el viento le había encargado.

-Solo tengo una condición para ir contigo, que Kana venga con nosotros.

-Dalo por hecho. No sería capaz de dejarla aquí sola. Me cae bien. -contestó la pelirroja sonriendo mientras se encogía de hombros.


 

Los recuerdos de aquella noche acudían con aterradora claridad a Lyra por cada paso que daba en la gruta. Tras hablar con Kana y comenzar a preparar todas sus pertenencias había decidido bajar allí. Al principio pensó que se encontraría los cadáveres carbonizados de las vestales, pero solo había una fina capa de ceniza sobre el suelo. Ni un dobladillo de tela, ni una pulsera, nada. Llegó hasta la parte más profunda donde un cofre de plata intacto descansaba sobre un altar de piedra, presidido por el símbolo de las vestales forjado y fijado en la pared. El cofre que también tenía grabado el símbolo estaba ornamentado con fina orfebrería. Sin duda era un recipiente digno para guardar la reliquia del viento. Abrió la tapa lentamente y lo más solemne que pudo sacó su tesoro y lo desenvainó.

Se trataba de una daga larga, de doble filo, uno curvo y otro recto, hoja ancha y plateada grabada con diseños indescifrables, gavilán verde que tenía el símbolo tallado en plata y empuñadura cómoda y pomo plateado. La volvió a guardar en su vaina de gancho plateado y cuerpo negro, se la acercó al pecho y respiró hondo. Si se iban a marchar y dejar la isla deshabitada, no podían dejar la reliquia del viento atrás.

Volvió a recorrer con su mirada la gruta. Deseó con todas sus fuerzas que nada de aquello hubiera pasado y que todavía todas siguieran con vida, o por lo menos Wright estuviera a su lado. Tomó aire y comenzó a recitar una tonada que conocían como el Cantar del Alma Perdida. Era su forma de decir adiós. Estaba tan inmersa en sus pensamientos que hasta que no terminó, no se percató de la presencia de Edgar en la entrada de la cueva.

-No sabía que en este mundo se conociera el Cantar de Hena. En el nuestro está prácticamente en el olvido. -comentó él.

-Aquí lo llamamos el Cantar del Alma Perdida, y es una de las oraciones que hacemos para pedir que los que han partido encuentren el camino. -explicó ella. Se removió incómoda en su sitio, pues todavía no se acostumbraba a su presencia.

-Un poco contradictorio. La letra cuenta la historia de un ánima perdida que busca la vía de la luz, su destino. Sin embargo, este cantar también es la llave para viajar a otros mundos.

-¿Qué quieres decir? -cuestionó Lyra sin comprenderle.

-Aplica magia a tus palabras y la puerta aparecerá. -respondió Edgar antes de añadir – Por cierto, ¿sabes usar eso? -señalando la daga.

-No, ni tampoco sé usar magia. -negó ella.

-Lo de la daga me lo creo, pero lo de la magia no. He hablado con Alma y me ha contado sobre como conversaste con el viento. Sabes emplearla, pero no eres consciente de ello. Te falta desear y creer.

-¡Entonces por qué no puedo traerlas de vuelta con la magia!¡Lo deseo con toda mi alma! -replicó en un arrebato. Había tratado de mantener la calma, pero estaba abrumada, tenía miedo.

-Hay ciertas reglas que debes aprender y comprender, pero en eso la experiencia jugará un papel decisivo. Nosotros te ayudaremos en lo que podamos, por ejemplo, yo seré tu maestro y te enseñaré a emplear esa daga.- explicó tranquilamente.

Lyra lo miró perpleja sin terminar de creerse lo que acababa de oír.

-¿Y por qué debería confiar en ti? ¿Por qué no Alma? Estoy segura de que no le importará.

-No sabía que te disgustara tanto. Si así lo prefieres haz lo que quieras. Alma ya tiene suficiente siendo la que nos está guiando, cargando con el peso de la misión, sin embargo si se lo pides no se negará. Simplemente me ofrecía para que tuviera una preocupación menos, pero supongo que así no funciona el mundo. -dijo dándose la vuelta para irse.

-Espera. – le detuvo ella. Sabía que él lo había dicho para hacerla cambiar de idea, pero aun así, si lo que decía él era verdad, no podía hacerlo.  – Todavía sigue sin convencerme, pero acepto tu oferta. Supongo que de esa forma no causaré más problemas.

Edgar se giró hacia la chica. Ella siguió hablando.

-Además de que no me disgustas, simplemente no estoy acostumbrada a estar cerca de un chico. Desde que llegué a esta isla no he tenido contacto con ninguno. Me resulta un tanto incómodo. -se explicó – Disculpa si he sido grosera.

-Eso explica muchas cosas, como el comportamiento de Kana a mi alrededor -comentó él -Sin embargo no te preocupes, con el tiempo todo se normalizará. Simplemente piensa que yo a vuestro lado soy poco más que nada, pues nunca, por gran intuición o percepción que tenga, seré como vosotras. Esto -añadió mientras con un gesto abarcaba toda la gruta – es una de las pocas cosas que puedo hacer por vosotras. No sé en que se basan vuestras creencias, pero he enterrado los restos en un claro que hay a pocos metros a la salida de la gruta. Espero que sea apropiado. Si quieres te guío.

Lyra abrió los ojos incrédula, apretó la daga contra su pecho y asintió, antes de clavar su mirada en la suya.

-Gracias por todo, Edgar -concluyó dedicándole una suave sonrisa.

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