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Las calles de hoy no serán las calles de mañana

Ciudades rápidas, pueblos lentos.

Yo aquí me mantengo apelando al recuerdo:

al de quererme a mí misma por encima del resto.

 

Siguen las aceras vacías, las calles con eco;

los cristales empañados por el frío y las sombras nocturnas a lo lejos.

 

En espectáculo tan sombrío encuentro un segundo para la reflexión sobre el momento:

¿Quién soy? ¿A dónde voy? ¿De dónde vengo?

Cuan estúpida pregunta al poder ver hoy un trozo más allá de mi pequeño habitual universo.

Donde quiera, lo que quiera y de mis recuerdos.

¿Cómo pude tanto tiempo pensar solo en el futuro cuando todo depende de mí y mi acción a cada momento?

¿Cómo pude pensar en el pasado como un anclaje inamovible siquiera para el sotavento?

Aún no lo entiendo.

 

Solo sé que lo que haga hoy será lo que defina el mañana.

Que el tiempo no funciona a la inversa y tampoco es sano que lo intente.

Que el pasado solo se queda si dejamos que se quede.

 

Así fue como el “ahora” y su importancia llegaron a mí para quedarse, al menos durante ese tiempo que esta cabeza funcione sin achaques.

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