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Camelot.
Camelot.

Los caballeros de la mesa dentada II

ARTURO

Arturo observó los movimientos del caballero con prudencia, ambos caminando en círculos por la arena. Un niño, apenas un proyecto de hombre aún, contra un monumental coloso de hierro. A su alrededor los cortesanos, vestidos con ropajes absurdamente pomposos y máscaras de gas largas y afiladas, los observaban. Una colección de rostros blancos, de ojos vacíos y de narices puntiagudas que ocultaban gordura y condescendencia.

Olía a sudor y a aceite de motor.

Las armaduras crujían, el caldero del soldado burbujeaba a su espalda, la tensión se palpaba en el ambiente… el caballero era un simple novato y Arturo lo sabía.

Arturo era el príncipe heredero, y en sus manos llevaba la ultima invención de Merlín. Al final todo se reducía a eso: a mostrar el nuevo juguete, a hacer una demostración pública de poder bélico… el caballero era tan solo un pelele, armado con la más basta de las hachas-sierra a vapor, con un traje que aún no sabía usar correctamente.

La armadura de Arturo era mucho más estilizada que la del caballero, y esto no solo lo demostraban las infinitas filigranas que la adornaban, dorado sobre blanco; no, había mucho más: mientras la protección del príncipe contaba con un sistema interno de vapor presurizado, que la hacía mucho menos voluminosa y más ceñida a su móvil cuerpo, la de su subordinado cargaba a su espalda el enorme caldero que la alimentaba.

El príncipe, más pequeño y rápido, encontró el hueco para atacar mucho antes que su contrincante.

La espada, Excalibur, lanzó un destello. Por todo el amplio anfiteatro donde se daban las justas pudo escucharse la ensordecedora detonación. El caballero perdió la mano derecha y con ella el arma, la sangre tiñó la arena mientras gritaba.

Arturo, apenas tardó unos segundos en darle alcance, ganarle la espalda y, con el filo al rojo de su arma, cercenarle de forma rápida y certera los tubos de presión que conectaban el traje con su fuente de energía. Una patada en la parte trasera de la rodilla tumbó al hombre, inmovilizado dentro de su propia prisión de acero ya sin fuerza.

El aplauso se extendió por el auditorio mientras Arturo guardaba con gesto teatral la espada rematada en dos sendos cañones que aún humeaban.

Escondido tras las sombras de una de las puertas del foso, su padre lo observó lleno de desprecio mientras se acercaba. Aquel acto había sido idea suya y el hecho de no estar presente en el palanquín oficial solo tenía sentido para reforzar la autoridad de su hijo.

-¿Por qué no lo has matado? -preguntó Uther, lleno de ira, mientras su hijo pasaba a su lado.

Arturo ni siquiera se volvió hacia él.

-Porque no soy tu marioneta, padre.

Uther Pendragón tuvo que contenerse mucho para no asesinar en aquel mismo momento a su hijo, pero se consoló pensando en que aquella noche por fin podría dormir tranquilo sabiendo que aquella puta hechicera y su hija bastarda habían muerto.

Arturo entró en sus dormitorios como un vendaval. Enfadado consigo mismo, herido en su orgullo por tener que participar en semejante farsa, triste por lo que había tenido que hacer…

Destrozó una estantería de un solo sablazo, hizo astillas el dosel de su cama y la tumbó de una patada, iba camino hacia la estantería de los libros cuando Zalamel se le interpuso, revoloteando alrededor de su cara.

-¡Los libros no, pequeño maestro, los libros no! -casi gritó el hada hiperactiva mientras sus alas espejadas lo cegaban y hacían trastabillar hacia atrás.

El príncipe, lleno de ira, trató de apartar de un manotazo a aquella molestia… hasta que consiguió reponerse de su ofuscamiento lo suficiente como para reconocer al pequeño espíritu de la naturaleza.

-¡Aparta, maldita sea! -gritó el joven, su pelo tan rojo como el de su padre -encrespado por la ira-, ese muchacho no se merecía perder la mano, no de esa manera, no para satisfacer las ambiciones de un rey loco.

Volvió a intentar acercarse a otro mueble, y el hada nuevamente consiguió acribillar su rostro lo suficiente como para que desistiera de su intento.

-Joven maestro, tenéis razón, ambos lo sabemos -continuó hablando, con su voz chillona, aquel ser diminuto y mágico- os habéis visto obligado a jugar un juego macabro, pero eso no es motivo para destrozarlo todo, no es motivo.

El muchacho finalmente aceptó las palabras del hada y bajó la espada con cansancio, incapaz de sostenerla por más tiempo. Era aún casi un niño, apenas un adolescente, pero ya cargaba con mucho más peso sobre sus hombros que un simple traje de hierro y vapor.

Se sentó sobre su cama tumbada y lloró, enterrando el rostro entre las manos.

Zalamel se colocó en el hombro del príncipe y le atusó el cabello con cuidado. Un humanoide diminuto, vestido de hojas, anciano, de barba blanca, con una serie de alas, al modo de las libélulas, que reflejaban la luz a su espalda… de pie sobre una armadura de vapor que zumbaba y crujía.

Las palabras tranquilizadoras que susurraba a su oído, no obstante, consiguieron que el chico se relajara.

Desde que tenía uso de razón Arturo podía ver cosas, cosas que lo asustaban, cosas invisibles, cosas que nadie entendía… y desde que tenía uso de razón ocultaba aquel don a su padre.

Uther Pendragón, el rey despótico que había unido bajo su yugo de acero todo Ávalon, siempre odió a su pálido hijo de ojos azules. Era un niño rebelde que nunca se sintió tentando por los lujos de las ciudades motorizadas, que permanecía en lugares oscuros, escondido en las catacumbas entre las ratas… pero nunca había sabido hasta qué punto su hijo era extraño.

-Joven maestro, debe tranquilizarse… ha vertido sangre en la arena, eso no es nada que no haya hecho antes… -comentó el anciano hada en su hombro.

-¡El problema no es ese, y lo sabes! -casi gritó Arturo, presa de nuevo de la ira- ¡El problema es que ha jugado conmigo! He hecho lo que él me ha ordenado, ¿te das cuenta?

Aquel hombre diminuto pasó sus manos por entre el pelo rojo como el fuego del muchacho, alborotándolo.

-Habéis perdido una batalla, eso es cierto Arturo, pero ganaréis la guerra. Vamos, alegra el rostro por este viejo pachucho -el chico se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y el anciano asintió- y ahora sígame, la dama desea veros.

Zalamel salió volando de su hombro y dejó tras de sí una estela de polvo plateado, revoloteó un poco, esperando a que el chico se levantara, y luego lo guió hacia un rincón ya conocido de la habitación.

El candelabro, girado en la posición correcta, hizo que una pared de piedra se moviera ligeramente, dejando un hueco apenas lo suficientemente grande como para que un niño del tamaño de Arturo pudiese pasar por él.

El hada le sirvió de candil mientras bajaban por lo que parecían unas interminables escaleras, brillando en la oscuridad con una fosforescencia azulada. No obstante, aunque no hubiese estado allí, Arturo podría haber recorrido aquel camino con los ojos cerrados una y mil veces; conocía aquellas catacumbas como la palma de su mano, prácticamente se había criado allí.

Tras una hora de descenso, con el silencio de la opresivo de la oscuridad solo roto por el traqueteo mecánico de la armadura de Arturo, llegaron a su destino.

El castillo de Camelot estaba erigido sobre piedra antigua, piedra muy antigua, y los nuevos engranajes que chirriaban y ensuciaban todo no hacían sino darle más poder a esa antigua y negra piedra.

Hacía muchos años alguien había comprendido el poder que ocultaban las catacumbas y había excavado profundamente, había creado pasadizos, laberintos intrincados… y finalmente había llegado allí, a aquella caverna natural llena de cristales titilantes, en lo más profundo de la montaña sobre la que descansaba la ciudad mecanizada: custodiado por ratas y muerte, el lago de “La dama”.

Probablemente el artífice de aquellos pasadizos nunca volvió a ver el sol.

Cuando llegaron al lago, Zalamel lanzó un chillido estridente mientras replegaba sus viejos y cuartedos labios para mostrar una sonrisilla llena de afiladísimos dientes: estaba en su hogar.

La dama lo esperaba entre la oscuridad, sus ojos ciegos y blancos, su cabellera tan negra que se confundía con las sombras, vestida con un larguísimo tejido de telarañas. La dama. Llena de poder. Llena de sabiduría. Aquella mujer que lo había criado, que lo había arrebatado de los brazos de su maligno padre.

Mientras La dama iba a su encuentro el anciano hada se zambulló en las aguas negras y pútridas del lago, saliendo segundos después abrazado a una rata aún viva. Él y cientos de otras hadas negras surgidas de las profundidades comenzaron a devorarla, llenando el espacio de grotescos gritos de júbilo y chillidos de agonía.

-¡Oh, Arturo! Te echaba tanto de menos… -suspiró La dama, acercándosele con un movimiento fluido y antinatural- hueles a sangre mi niño… -se relamió, sus dientes afilados y largos asomaron por un breve instante- solo déjame que te vea, déjame que te admire, tengo un nuevo regalo para ti, mi bien.

Arturo recibió las caricias de manos frías en su mentón, en su espalda, mientras La Dama giraba a su alrededor.

El chico sonreía.

Por fin estaba en casa.

9 comentarios

  1. Me he quedado con ganas de seguir leyendo…tienes mucha imaginación y está muy bien escrito.

  2. ¡No nos puedes dejar así! ¡Qué intriga! ¡Escribe, escribe! ¡Queremos más!

  3. Simplemente impresionante, me encanta el giro que le has dado a la historia de arturo

  4. ¡Qué inquietante! Espero las continuaciones, la historia promete…

  5. Una vez más vuelves a sorprendernos y enamorarnos con tus bellas historias. Te felicito de nuevo, Cipri.

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