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Los caballeros de la mesa dentada V

Final.

Arturo sonrió con suficiencia mientras iba pasándose la espada de una mano a otra. Su armadura, pegada a su cuerpo gracias a la macabra cirugía de Merlín, siseaba levemente con cada movimiento.

Mordred, frente a él, se sabía muerto.

Ambos mantenían las distancias en el palco del castillo, rodeándose mutuamente sobre la multitud que había congregado Arturo para escuchar el discurso del rey.

—Sabes de sobra que no puedes ganar, Mordred -comentó Arturo, lamiéndose el labio superior en un gesto de concentración, buscando el hueco que acabaría con aquella charada- nunca has conseguido ganarme en la arena. ¿Qué te ha hecho adelantar tu traición? ¿Qué te ha hecho intentarlo cuando sabías que no podrías matarme?

Mordred no le contestó, continuó con la macabra danza sin distraerse, pero en su interior sabía que Arturo tenía razón.

La multitud que se congregaba cientos de metros a sus pies, junto a las enormes ruedas dentadas de las murallas del castillo, lanzaba gritos de ira que no estaba muy claro hacia quien iban dirigidos.

Los cañones de Ex-calib00r lanzaron llamaradas gemelas y el ruido silenció temporalmente a los campesinos que gritaban a sus pies. La lanza de Mordred describió un rapidísimo círculo y escudó al chico de la miríada de afilados proyectiles. En respuesta su pierna mecánica rechinó y amagó una estocada con el asta de metal. El Rey apartó el mortal filo de sierra con un movimiento grácil de su espada, pero Mordred giró rápidamente el acelerador del mango y el filo de tijeras que surgió del arma consiguió alcanzar levemente a Arturo en el brazo.

El acero de su armadura lanzó chispas contra el filo de la lanza. La multitud lanzó gritos de asombro. Arturo retrocedió de un ágil salto. Los dos contendientes permanecieron unos segundos quietos, sopesándose… y entonces la sonrisa se apagó en el rostro de Arturo mientras reemprendía su giro lento sobre Mordred.

—Has mejorado mucho, “hermano” -comentó el rey mientras fruncía el ceño.

 

Ginebra se pegó a la pared como pudo, aguantando la respiración mientras su corazón iba a mil por hora.

Una nube negra, móvil, llena de alas zumbonas y dientes afilados, pasó muy cerca suya; olisqueando el aire en busca de su olor. Los ojos ciegos de miles de hadas, blancos como los de los peces muertos, enfocaron en su dirección sin verla.

La chica reprimió un grito de terror que pugnaba por huir de sus pulmones.

La nube de diminutos seres pasó de largo, gruñendo, relamiéndose, lanzando grititos malignos… y Ginebra continuó su camino por el estrecho túnel lentamente.

Las paredes de roca húmeda parecían cerrarse a su alrededor como un cepo. Sentía como el aire abandonaba sus pulmones, presionado por las miles de toneladas de roca que pendían sobre su cabeza. ¿Moriría allí abajo? Sin oxígeno, sin espacio para que sus pulmones tomaran otra brizna de aire y…

La entrada a una caverna, de techos amplios y suelo extrañamente blanco, cortó de raíz su cada vez más acuciante claustrofobia: la cueva donde se encontraba el lago de la dama, tal y como le había dicho Morgana, y donde esperaba encontrar el Grial.

En cuanto puso un pie dentro de la caverna, no obstante, un escalofrío le erizó el pelo de la nuca. El suelo era blanco por la cantidad de huesos roídos que lo alfombraban. Sus pies crujieron sobre aquella cama de muerte.

 

Morgana tocó a un caballero en la frente con un solo dedo, delicadamente.

Su armadura se aplastó hacia dentro y sus compañeros recibieron una lluvia de sangre.

Los hombres gritaron, horrorizados, mientras veían caer al amasijo de carne y acero en que se había convertido su compañero. Los calderos a sus espaldas sisearon. Las armas de sierra lanzaron chirridos macabros. Pero nadie se acercó a la mujer pelirroja vestida de blanco.

Mientras Arturo peleaba en el palco, un piso por encima de ellos, ninguno se atrevía a dar un paso hacia las escaleras. Un semicírculo de armaduras de metal aterrorizadas se formaba frente a Morgana. Tres cadáveres se desmadejaban en el suelo de mármol manchado de rojo.

—Esto termina aquí hoy -la oyeron sisear en sus mentes todos y cada uno de ellos- Ni una sola mujer, ni un solo niño, ni un solo campesino más: hoy vais a saber lo que es sentiros indefensos.

 

Mordred movió los dedos de la mano izquierda con dificultad sobre el asta de su lanza.

El dolor era explosiones de fuego en sus venas. La sangre le empañaba la visión del ojo derecho. Sentía el corte sobre su hombro izquierdo, que había atravesado la armadura con facilidad, como una pulsante tortura. Jadeaba. Y aun así se mantenía de pie

Arturo lo miraba con condescendencia, con asco.

Estaba jugando con él. Había convertido aquel duelo en una ejecución pública. En una advertencia. A sus pies la multitud guardaba silencio.

—¡Qué desperdicio! -exclamó el monarca, con una mueca de desagrado, mientras se apartaba el cabello pelirrojo de los ojos- ¿Cuánto más pretendes permanecer de pie? ¡Arrodíllate y pide clemencia!

La armadura de Arturo había recibido un par de mellas, pero eso era todo. El monarca se desenvolvía en el duelo como si su vida no estuviera en juego, con despreocupación y elegancia: para él todo se resumía a un juego de ajedrez que no podía perder. Y era precisamente esa despreocupación, ese análisis frío, lo que hacía imposible que Mordred ganara aquella batalla.

—Nunca -jadeó el muchacho.

Mordred lanzó sobre su rey una lluvia de estocadas. Arturo trazó una finta despectiva para esquivarlas. Mordred desvió el ataque ligeramente y abrió las afiladas fauces de su arma con un movimiento de muñeca. Arturo golpeó el mástil de la lanza con el envés de su espada, desviándola, y de un solo paso se colocó junto a él.

El puñetazo le partió la nariz a Mordred. El chico gritó. Blandió su lanza como un loco. Arturo lo esquivó con facilidad. Los ojos se le inundaron de lágrimas. La sangre le llegó a los labios. Los campesinos congregados bajo el palco lanzaron quejas.

Arturo retrocedió rápidamente y volvió a ponerse fuera del arma de su contrincante, con una sonrisa cada vez más amplia en sus labios.

Mordred lo mantuvo a distancia mientras se maldecía a si mismo. La lanza tembló en sus manos, todo su ser le decía que se rindiera, que Arturo le acababa de perdonarla vida por última vez… pero finalmente se secó las lágrimas con determinación y volvió a empuñar su arma.

«Hoy he venido aquí a morir» se dijo, mientras recordaba las “Cosechas”, los nobles y las violaciones para darse fuerza «Hoy he venido a terminar con todo».

 

Ginebra anduvo con cuidado, tratando de pisar lo menos posible los huesos de miembros desparejados que cubrían el suelo. Allí era a donde llevaban los miembros “Cosechados”, comprendió Ginebra con un escalofrío.

«Arturo… ¿Por qué? ¿Por qué arrebatarle trozos del cuerpo a los hijos de tu nación para alimentar esta oscuridad? ¿No te queda nada de humanidad?»

El lago se extendía ante ella, oscuro y ominoso. Algo se alimentaba en las sombras, con un ruido de masticar húmedo. El zumbido de las alas de las hadas se escuchaba por toda la caverna: dormían bocabajo, colgados del techo, excepto unos pocos que lanzaban gritillos estridentes mientras correteaban por entre los huesos. Hacía un frío extraño, sepulcral, y el ambiente olía a tumba abierta.

La muchacha tragó saliva mientras continuaba buscando el Grail con desesperación.

No se atrevía ni a respirar, cada ruido que escuchaba le ponía los pelos de punta, aquel era el lugar de descanso de un mal antediluviano y cada fibra de su ser la conminaba a huir.

Un repentino brillo le llamó la atención.

En el centro del lago. Como llamándola. Una luz verdosa y malsana. Sobre una pequeña isla. Y en el centro de esta el centro de todo mal. El Grial.

Las olas del lago lamían orillas de hueso con parsimonia, como riéndose de ella.

Ginebra estuvo a punto de echarse a llorar.

La chica se acercó a aquella masa de agua oscura.

Casi podía jurar que había escuchado una risa maligna en alguna parte.

¿Sería una trampa?

Cerró los ojos. El latido de su corazón se le metió en los oídos como los pistones de un motor.

Solo había una forma de averiguarlo.

Respiró hondo y entró en las aguas negras y congeladas del Lago de la Dama.

 

Morgana observó al chico del pelo verde con aprehensión. Despedía un hedor inconfundible a moho. El hedor de los tocados por la Dama.

—¡Apartad, gallinas, quitaos de en medio!

Él y un joven de pelo largo y rubio se abrieron paso hacia el frente. Uno a su izquierda y otro a su derecha. En poco tiempo el semicírculo se había espaciado aún más para dejarlos solos ante ella.

—Señora -comentó el muchacho rubio cuando, finalmente, se encontraron cara a cara- espero que sepa disculpar a mis compañeros por su trato rudo. Mi compañero Gawain y yo mismo sabemos mejor que estos brutos como tratar a una dama.

Morgana los miró a ambos con desprecio. Podía imaginar a lo que se referían sin necesidad de la sonrisa aviesa que apareció en el rostro de ambos. La bruja hizo un gesto rápido con una de sus manos que imprimió de su poder mágico. Un torrente de aire, como mil huracanes, chocó contra las armaduras relucientes de ambos nobles… y se deshizo en hilos de neblina.

Morgana contuvo una exclamación de asombro.

—Por favor -comentó el tal Gawain con desprecio- compórtese. No queremos causarle más daños de los estrictamente necesarios.

El poder oscuro de la Dama se arremolinó entorno a aquellos dos caballeros. Exudaban una malicia como la que Morgana no había conocido nunca.

 

Mordred recibió una estocada en el hombro que le obligó a soltar su arma.

Bajo él se hacinaba una multitud cada vez más grande y silenciosa.

La pérdida de sangre lo hizo caer de rodilla.

Arturo lanzó una carcajada mientras preparaba el golpe final.

 

Había cosas oscuras que pasaban entorno a ella.

Entorno a sus pies. A sus manos. A sus senos. A sus piernas…

Seres viscosos con púas afiladas. Con dientes afilados.

Había sangre, su sangre, en el agua.

Las olas negras le arrebataban la vida con cada brazada. Podía sentirlo.

El pánico solo le permitía seguir adelanta.

Había una risa en el aire que se hacía cada vez más estridente, cada vez más oscura.

Nadar se iba volviendo imposible…

 

Todo lo que les lanzaba parecía rebotarles. Morgana no podía creerse que aquello estuviera pasando.

Los dos caballeros avanzaban lentamente hacia ella. Podía imaginar sus sonrisas: las mismas que tendrían los brutos que entraron a su casa y mataron a su madre hacía tanto tiempo…

 

La espada voló hacia el cuello de Mordred en un único tajo rápido.

El chico estaba demasiado débil como para poder esquivarla.

 

Ginebra tocó tierra con el brazo mientras iba perdiendo el conocimiento.

 

Una mano marcada de venas verdes agarró con fuerza la muñeca de Morgana.

 

 

 

Mordred se volvió en el último momento. La espada chocó contra su hombro derecho y atravesó la armadura, la piel y el hueso… pero se quedó allí.

El chico gritó de dolor mientras agarraba al desconcertado Rey por la pechera y lo atraía hacia sí. Arturo se creía vencedor y había bajado la guardia.

Un error fatal.

Con sus últimas fuerzas, con su último aliento, Mordred agarró la lanza del suelo y atravesó el pecho de Arturo de parte a parte.

-Siempre has sido mejor que yo -consiguió toser, mientras la boca se le anegaba en sangre y su cuerpo iba perdiendo todo rastro de vida- pero también más orgulloso.

 

Mientras los dedos de la dama, cubiertos de telarañas y moho, se iban enroscando por sus piernas, como serpientes, Ginebra consiguió alcanzar el cáliz que descansaba en el centro de la isla.

El resplandor verde se intensificó mientras la muchacha escuchaba un grito de alarma que resonaba por toda la caverna.

Sentía frío, mucho frío, el entumecimiento le había llegado casi hasta los pulmones; pero aun así, mientras la dama trataba de tirar desesperadamente de ella hacia las profundidades del lago, consiguió reunir las fuerzas necesarias para hacer lo que tenía que hacer.

Con fuerza, con furia, como si con ello rompiera con todo su pasado, con toda su historia, Ginebra chocó aquél cáliz maldito contra la tierra cuajada de huesos. Una y otra vez. Una y otra vez.

Y cada golpe era un grito. Un grito de terror y de rabia que no provenía de sus labios.

Cuando el Grial se desmigajó en esquirlas de metal negro La Dama y todas sus negras y malignas hadas lanzaron al unísono un último grito de muerte tan terrible, tal oscuro, que en los pisos superiores a Morgana se le heló la sangre.

Ginebra, sin embargo, ya había perdido el conocimiento.

 

 

 

 

 

 

Aquel día el castillo de Camelot se derrumbó lentamente ante la mirada de cientos de curiosos que se reunían junto a sus murallas a escuchar el discurso del Rey.

Los nobles y los tecno-magos que vivían en la enorme fortaleza mecanizada no consiguieron salir a tiempo de los muros de engranajes, nadie supo nunca por qué.

Durante años se habló de un caballero que, al parecer, luchó contra el rey aquel día en el palco, de una joven reina que entró en el castillo disfrazada de sirvienta y de una mujer, bruja pelirroja, que hizo posible todo aquello; pero nadie consiguió nunca probar nada de eso.

La gente olvidó lentamente. Los conocimientos se perdieron. La magia dejó de existir. La historia pasó a ser leyenda… y, lentamente, el país sanó de sus heridas.

Nunca más se supo nada de Morgana, quedó en algún lugar de la memoria colectiva de Ávalon como una advertencia: si volvía la injusticia, si volvía la maldad… ella también lo haría.

11 comentarios

  1. Tan épico como tú, enhorabuena, Cipri!!!!

  2. Consigues mantener la tension y que vivamos la historia en primera persona, genial!, Nos dejas con las ganas de mas!!!! Oooootra ooootra!!!

    • Gracias!! ^^ la verdad es que quería que fuese un final trepidante y… no sé por lo que parece lo he conseguido. Estoy muy contento de que os haya gustado tanto.

  3. Hola Cipri, ha sido un gran relato porque grande es lo que grande acaba. Me ha gustado mucho la tensión del último capítulo y cómo has aplicado tan bien varios estilos épicos en uno solo a lo largo de la saga. En el futuro, espero que podamos cocer en un guiso puerros y otras verduras a modo de celebración.

    • Gracias! me alegro mucho de que te haya gustado, echaba de menos que me comentaras qué tal te estaba pareciendo 🙂
      Apruebo esa celebración si no invitas a nadie que haya robado el color negro en las últimas dos semanas, eso sería claramente demasiado.

    • Pues eso es un problema, porque esta misma mañana estaba conspirando repetidamente para robar el morado borgoña oscuro casi negro, ¿Cuenta como negro? ¡Eso nos condenaría a la disputa eterna!

  4. Magnífica historia, Cipri. Que pena que sea el final. Espero con ansias tu próximo proyecto 😊

  5. ¡Impresionante! Me ha encantado, un enfoque muy original y siniestro…

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