No te pierdas:
Inicio / Miscelánea / Los caballeros de la mesa dentada IV

Los caballeros de la mesa dentada IV

Ginebra

Ginebra lloraba en su jaula, suspendida de una negra cadena de hierro desde la muralla del castillo mecánico. Una multitud se aglomeraba a sus pies, expectante. Los caballeros la miraban con sorna, desde las alturas.

Las torres de pistones escupían vapor mientras marcaban el tiempo que le quedaba.

Arriba, abajo, arriba, abajo…

El sol se iba tornando rojo, ominoso, conforme se acercaba el crepúsculo. Con una periodicidad inhumana, uno a uno, los eslabones de la cadena que la mantenía lejos de la multitud se iban reduciendo.

Los campesinos enarbolaban ya sus horcas entre manos grasientas. Sus ojos desencajados pedían sangre.

¿Por qué, por todos los dioses que conocía, por qué? El dolor de la traición hacía insoportable cada segundo. Ella había amado a aquel hombre…

Ginebra había llegado a Camelot con tan solo ocho años. Una niña pequeña y asustada prometida a un monarca infante para formalizar un juego político.

Arturo por aquel entonces no le prestaba atención. Era un niño. Ginebra no podía ser siquiera una compañera de juegos: estaba prohibido que los reyes se tocaran el uno al otro antes de yacer en el lecho conyugal. Las visitas que se hacían el uno al otro, infrecuentes por lo aparatoso, eran organizadas con meses de antelación y requerían que ambos llevasen puestos enormes trajes mecánicos que les impedían el contacto.

Aun así Ginebra había comenzado a sentir curiosidad por aquel extraño niño pálido y pelirrojo.

Espiándolo cuando paseaba por palacio, observándolo, intentando entenderlo… poco a poco, ambos fueron entrando en la adolescencia. Llegó incluso a ir de incógnito alguno de sus combates en la arena. Y conforme los años fueron pasando… quedó en claro que Arturo no era un chico normal.

Fuerte, decidido, con un poder que todo el mundo admitía y temía; pero aun así frágil y considerado.

Odió tanto a su padre como él mismo por todas y cada una de las vejaciones a las que sometió al chico. Sufrió con él cada herida producto del entrenamiento. Lloró cuando supo que se sometería, como todos los nobles, a las “mejoras” de Merlín. Deseó con cada fibra de su ser poder acariciar su piel antes de que la recubrieran de metal, antes de que la soldaran a una armadura.

Le envió cartas; pequeñas, perfumadas y llenas de florituras. Le sonrió cuando creía que nadie más podía verlo. Celebró con él cada victoria, encerrada en su cuarto, pensando que las paredes de engranajes del castillo no serían capaces de separarlos para siempre.

Se consumió en un amor de cachorro, en una admiración romántica, platónica… y ese fue su mayor error.

Cumplieron ambos los dieciocho el día en el que Uther fue asesinado.

Nadie supo cómo ocurrió, no al menos hasta mucho tiempo después. Descubrieron el cuerpo por la mañana dos de sus concubinas: le habían arrancado de la carne las placas de metal de la armadura por la noche. Había muerto por la pérdida de sangre. Nadie se explicó como pudieron no escucharlo gritar.

Ginebra tuvo que guardar para sí su alegría ello, no obstante intentó transmitirle a su nuevo rey su apoyo incondicional con la mirada, con los gestos… como pudo.

Algo de aquello debió llegarle a Arturo porque, a pesar de las objeciones de los nobles, su boda se celebró aquel mismo día. El cabello rubio de Ginebra ondeó ese día ante una multitud de muertos de hambre que contemplaron el matrimonio real con devoción. Vestida en blanco y oro, con una corona de flores en el pelo y miles de ojos pendientes de ella, nunca había sido tan feliz.

                —Sí, quiero -Consiguió balbucear cuando Merlín unió sus manos con un gesto paternal. Ambas, la del rey y la suya, tocándose por primera vez dentro del abrazo protector de las piezas de relojería que cubrían los dedos del anciano.

Y la multitud se deshizo en vítores mientras su corazón se deshacía por la sonrisa de Arturo.

Luego una espina de acero le perforó la palma de la mano desde el guantelete metálico de Merlín y perdió el conocimiento.

Despertó a la mañana siguiente, sangrando.

Algo le había sido arrebatado, algo precioso, lo supo mientras lloraba entre sábanas de seda manchadas rojo. Arturo ni siquiera se encontraba en la habitación. Solo el constante Tic Tac de la maquinaria del castillo la escuchó deshacerse en llanto. La primera noche de muchas.

Ginebra encontró su vestido deshecho, su pelo destrozado, sus mejillas cruzadas por cortes… le dolía. Todo le dolía. Las piernas, los omoplatos, los muslos, la cara…

¿Qué había sucedido? ¿Cómo había podido pasar aquello el día de su boda?

Salió finalmente de la habitación, tras horas intentando buscando algo de ropa, cubriéndose como pudo con las sábanas ensangrentadas de la cama.

En cuanto salió por la puerta dos caballeros lo recibieron.

           —¡Mi reina! -exclamó uno de ellos, de pelo verde, con una mano cubriéndole los labios y los ojos desencajados- ¿Cómo podéis salir de esa guisa de vuestros aposentos?

Las lágrimas volvieron a asomar a los ojos de Ginebra mientras los dos caballeros le cortaban el paso. Trató de taparse como pudo, demasiado avergonzada para responder.

            —¡Gawain, por favor! -exclamó el otro, su armadura reluciente cortándole toda huida a Ginebra- ¿Dónde están tus modales? ¡Es tu reina y le debes respeto!

Ginebra fue a agradecer aquel gesto… y se encontró con un rostro repleto de burla.

            —Especialmente tras el favor que nos hizo a todos anoche… -continuó rubio noble, lamiéndose la comisura del labio superior.

Ginebra se quedó paralizada de horror.

Aquel caballero no podía estar insinuando lo que ella creía…

Gawain rió de forma queda ante la parálisis de Ginebra. Venas verdes se le marcaron en su enorme cuello y la chica fue consciente por primera vez de la envergadura de ambos hombres. El miedo comenzó a hacer mella en ella.

            —¿A lo mejor mi reina no ha tenido suficiente? ¿A lo mejor necesita nuestros servicios más tiempo? -preguntó, con falsa incertidumbre, mientras los engranajes de su armadura crujían de forma ominosa.

Ginebra salió corriendo como pudo por entre los dos hombretones con un grito y dejó atrás sus carcajadas y sus imprecaciones lascivas. Herida en su orgullo, aterrorizada e incapaz de entender nada corrió por los pasillos sin importarle ya la sangre, los cortes, su pelo o su dolor. Sin importarle las miradas de los nobles delante de los cuales iba pasando.

Llegó a la sala del trono sin poder creerse lo que le estaba sucediendo, sintiéndose sucia, sintiéndose herida…

Arturo la recibió con una sonrisa amplia y los brazos abiertos, aunque la sonrisa se le congeló en el rostro cuando vio sus lágrimas y su aspecto.

“Gracias a los cielos” pensó ginebra, deshaciéndose en lágrimas mientras se echaba a los brazos de su marido “gracias a los cielos, al menos él no ha perdido la cabeza”

            —Mi reina… pero ¿Qué…? -consiguió articular el chico mientras ella se agarraba con fuerza a las placas de su armadura, como un náufrago en una tempestad- Pensé que aún tardaríais en despertar… ¿Estáis bien?

La chica no supo si reír o llorar ante aquello ¿Cómo iba a estar bien? ¿Cómo podía pensar él siquiera que…?

            —Estás demasiado alterada Ginebra, necesitas calmarte -le susurró Arturo al oído tras unos segundos de llanto. El chico le levantó la barbilla de su pecho con una mano y posó en sus labios una copa fría y metálica con la otra- bebe, te hará bien, necesitar estar serena para poder contarme qué te pasa.

Ginebra miró su reflejo en el líquido negro que ya le manchaba los labios y sintió un susurro oscuro en algún lugar de su mente, una advertencia. Pero estaba asustada, dolorida y necesitaba confiar en alguien, en algo, en lo que fuera.

Bebió.

Y mientras Arturo le susurraba palabras tranquilizadoras al oído la sangre de la dama le hizo revivir una y otra vez lo que había ocurrido la noche anterior. Paralizada. Sin opción a cerrar los ojos. Sin opción a intervenir. Una. Y otra. Y otra vez.

La violación grupal que había sido su noche de bodas.

Ginebra nunca más volvió a ser la misma después de aquello.

¿Por qué había decidido Arturo hacerle aquello?

Nunca lo sabría. A partir de entonces permaneció en sus aposentos día y noche, atemorizada de lo que pudiera ocurrirle en los pasillos del castillo. Cuando Arturo la acusó de adulterio y la sentenció a descender de Camelot, al exilio fuera del castillo mecanizado, no se sorprendió.

Ahora, mientras la cadena la bajaba lentamente, solo pedía una muerte rápida. Quizás a manos de aquella mujer de pelo rojo y rizado. Parecía apropiado: tenía los mismos ojos que Arturo.

2 comentarios

  1. Escalofriante. Deseosa de la siguiente entrega.

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

x

Te puede interesar

Los caballeros de la mesa dentada III

Mordred observó su nueva pierna mecánica con repulsión. «Has hecho un gran servicio a tu país niño» Le mintieron. «Gracias a ...

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Ir a la barra de herramientas