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Los hombres de mi vida

Los hombres de mi vida ya no tienen hambre.
Los conocí por casualidad y, entre rasguño y cicatriz, marcaron en lo más profundo de mí. Los conocí y hubo alguno que quise desconocer, borrar de mí hasta el sabor de su bienvenida. Ahora, cambio con frecuencia mi perfume para olvidar las veces que unimos los pedazos del rompecabezas de este maldito juego. Pero siguen ahí, inmóviles, esperando al acecho. Me enseñaron a mentir, a ocultar, a sufrir y callar. Me enseñaron a reír, a luchar, a querer y gritar. Me enseñaron la historia detrás de los verdes ojos enmarcados en lienzos castaños, la geografía que dibujaban las llanuras y montañas de su cuerpo junto al mío. La música que todos los dioses del Olimpo desearían escuchar, consiguieron hacerme creyente de religiones que escondían más dolor que esperanza. Todos ellos cambiaron el temor de mis pesadillas por el dolor de la realidad. Les supliqué que se quedaran un ratito más, que se fueran cuanto antes, sin avisar. Convertí cada palabra en cuchillo y las lancé tapándome los ojos con una venda. Y ellos, que a veces temían, me gritaban para que me detuviese. Y yo, que a veces obedezco, me detenía. Llenaban sus sonrisas de veneno mientras me drogaba con gas de la risa y, anestesiada, buscaba la salida más cercana de aquel infierno en el que, sin quererlo, me estaba metiendo. Nos devorábamos. Masticaban todo mi ego, trituraban con sus mandíbulas los recuerdos.

Los hombres de mi vida ya no tienen nombre.
No los quise a todos. No me acosté con todos. Unos descubrieron en mí lugares que ni tan si quiera yo conocía. Otros abofetearon mis ilusiones por un poco más de amor, por un poco más de sexo, por un poco más. Salvajes, cautelosos, románticos y estudiosos. Se las sabían todas. Todas las edades y tonalidades. Yo quería más, casi siempre más conocimiento, casi siempre más verdad. Entonces, los arquitectos que conformaron cada imagen que me había enganchado, dejaron el arduo trabajo, pues no hubo tan si quiera uno que vendiera algo cercano a la cruda realidad. Se disuadían con dos caricias y media, para otros bastaba con dejarles dormir la siesta cada tarde, de cuatro a nueve o hasta que nieve. Me llenaba con la incertidumbre, con la curiosidad. Alimentaba los suspiros con trazas de ensoñaciones.
No logro reconocer donde termina el parecer y empieza el ser.
Se desvanecen cuidadosamente.

Los hombres de mi vida ya no tienen sangre.
Eran pocos los que admiraba, esos a los que no me atrevía a acercarme por si se evaporaban.
Los leía,
escuchaba sus voces
o bailaba sus pasos
y sola,
desde la distancia,
imaginaba cómo serían
las mujeres de sus vidas.

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