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Invierno.
Invierno.

Precioso Invierno

Te contaría un breve cuento que va desde diciembre hasta enero, dónde el frío, la nieve y la lluvia son los personajes principales; y tú y yo solo unos simples espectadores.

En este cuento te contaría lo mucho que me gusta el invierno y  como espero con ansías a que  bajen al fin las temperaturas después de un caluroso verano, aunque después lo critique cuando se me congelen los pies y las manos. Te narraría el espectáculo que hago en mi habitación cuando intento ponerme los fríos pantalones o el aire gélido que me  golpea en la cara cuando entro en mi coche a primera hora de la mañana. Pero todo eso no significa nada cuando cuento las nubes  grises de un día lluvioso desde tu cama. Que las tardes escuchando la lluvia estrellarse sobre el frío vidrio de mi ventana son mis preferidas. Después, el cristal se empaña y aparece un corazón con nuestras iniciales. Ahora entiendo porque mi madre me regañaba cuando era pequeña y los pintaba. Te hablaría sobre el chocolate caliente que  choca contra mi lengua impaciente mientras en mis ojos se reflejan las llamas de la chimenea. Y de mis tardes de películas que llevan de apellido ‘come todas las palomitas y chocolatinas que puedas masticar’. Esa noche me prometeré mil veces mientras me como el tercer polvorón que me  pondré a dieta después de Navidad. Pero ahora qué más da, ¿verdad? También de como disfruto del agua caliente y lo rápido que se me pasan las horas cuando solo me cubre el agua.

Llegados a este punto me apetecería contarte como el frío invierno también acerca corazones. Tú te reirías y me dirías que el amor se  cuece mejor en verano. Que sabe mejor mientras llevas el bañador puesto. Y ese sería  el culmen  para que yo iniciase el mítico debate entre verano e invierno y a pesar de mis argumentos no me entenderías.

Ir por la calle, y que el frío se cuele por dentro de mi ropa  y me haga tiritar. Créeme,  me hace un favor porque me miras, sonríes y me ofreces tu  chaqueta. Esa misma noche duermo con tu  olor incrustado en mi piel. No te das cuenta que en el  frío invierno, tu calor es mi verano. Que aquella bufanda que me regalaste es mi favorita y que nuestro paraguas ha visto más besos bajo la lluvia que cualquier calle de Roma o París. Qué tus ojos son color Navidad y tu besos vienen envueltos en abrazos.  Y que cuando sientes  que mis manos arden de frío, las coges,  las pones entre las tuyas  e intentas hacer un fuego sobre ellas.

Y cuando llegó a este punto, enmudezco y lo entiendo todo. Comprendo porque me gusta tanto esta estación.

‘Ningún calor de verano me dará el calor que tú me das en invierno’ dijo un músico una vez.

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