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Recuerdos

¿Acaso el ambiente no subordina al recuerdo? Salir de la ducha una tarde fría de invierno en la que el vapor de agua sea el único amparo que te protege, dejando que la humedad empape los recuerdos de cuando volvías a casa poco antes de entrar en la ducha. El humo del puro; que al igual que se consume él mismo llena la sala de una asqueante gris que paraliza las sensaciones ahogándolas en nicotina desfasada. Di que no, que el ambiente no enturbia los recuerdos, di que son los padres o que es el hambre la que te impide pensar. Hablemos de lo abstracto, de las emociones: miedo, alegría, ira, tristeza, melancolía…. todas ellas musas del recuerdo, las ligaduras que unen la telaraña de la memoria, el hilo del tejido de la vida. Ese cortocircuito que sentimos en la espina dorsal cuando caemos en la cuenta de que nos invade el miedo; o cuando quieres vomitar de los nervios ante una situación peliaguda; o esa sensación en la que te falta el aire cuando piensas que has tocado fondo. Emociones que emocionan, que te hacen revivir exactamente esa sensación cuando caes en el recuerdo. Cuántas veces habremos querido llorar y no hemos podido hasta que caímos en la red de la tristeza y los recuerdos más infames y desdichados salían a la luz para dar cabida al llanto más profundo y descorazonador jamás escuchado. Cuántas veces habrá sonado esa canción que te eriza la piel aunque hayan pasado mil años pero que aún sigue vigente en tu memoria y proyecta en el salón como una peli de cine de verano. Cuántas risas, carcajadas y lágrimas han salido de tu cara en cada tarde de tertulia con vino y tapas con los de siempre. Esas tardes de café y mantita en las que afloran las sensaciones de tiempos pasados que eran buenos y que hoy podrían ser mejores, pero caes en la cuenta de que ya no queda espacio en tu vida para rellenar lo que esa persona dejó.

Antes mencioné la luz pero qué hay de las sombras, esas manchas que oscurecen los rostros del pasado, que obligan al subconsciente a borrar de raíz aquella mala vivencia; la mancha de tinta que oscurece hasta el más mínimo ápice de nuestro ser cuando no nos acordamos del nombre de nuestros muertos. La sombra de la noche cuando no podemos dormir y nuestros ojos se hacen a la oscuridad de la habitación y perciben los movimientos del aire que sale de nuestra nariz y que hace que toda la madera inanimada cobre vida durante unos segundos para hacer acto de presencia chirriando como las cadenas que nos sostienen al mundo mientras intentamos soñar.

Entre la luz y las sombras prometían el equilibrio; la satisfacción sensorial, pero solo hay arena fría, árboles muertos y sensación de limbo. El limbo, el primer círculo del infierno; núcleo de todas las incertidumbres sobre de dónde venimos, a dónde vamos y quién maneja el timón del cosmos. Ahí se hayan los que no recuerdan; viviendo como náufragos en el desierto. ¿Los habéis visto? Están dentro de nosotros en cada mirada perdida en dios sabe qué; ahí se esconden los recuerdos que quieren salir por las pupilas, que necesitan aire para poder consumirse como el fuego, que necesitan liberarse de una vez y volar alto hacia donde quede el olvido.

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