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Sanatorio. Inicia el juego.

El Pozo

Una chica joven le tapó la boca con la mano. La luz se colaba, como las rayas de una cebra, por las rejillas del respiradero.

Art percibió el cuchillo de filo irregular mucho antes de que sus ojos se abrieran completamente, como hielo negro contra la piel de su cuello.

El chico no tuvo ni fuerzas para sorprenderse. Miró a la muchacha de pelo oscuro como los ojos abiertos como platos, igual que un conejo ante los faros de un coche.

-No te muevas- susurró la chica junto a su oído- ni hables ni respires.

El conducto de ventilación era un agujero oscuro, estrecho y húmedo entre paredes de metal. Ambos cabían allí a duras penas y Art sentía que se asfixiaba con aquella muchacha encima suya. Respiró con dificultad y el cuchillo se clavó ligeramente en su tráquea. Art sabía que debía de sentirse aterrorizado pero simplemente no era capaz: la luz era apenas suficiente como para que pudiera percibir los rasgos de la chica y aun así le resultaba tan… ¿Familiar?

-¡No puede haberse ido muy lejos! -una voz de niño, más allá de las paredes, de niño pequeño- Ayer nos echaron los Ángeles, pero recién regresado no ha podido llegar muy lejos ¡Buscadlo! Nos darán Sueño para una temporada si lo atrapamos y ya sabéis lo que eso significa. ¡Vamos, joder!

Insultos jocosos, risas infantiles, piececillos descalzos sobre roca, sobre metal… y algo más. Mientras el sonido se iba dispersando en todas direcciones Art pudo percibir tintineos metálicos, hierro que chocaba contra el hierro de las paredes y del suelo, armas sostenidas por manos pequeñas.

-Ese hijo de puta de Damian ha traído a toda la caballería… -suspiró la chica por lo bajo mientras se asomaba a la rejilla con precaución. El cuchillo nunca abandonó su garganta- tiene que estar muy desesperado para organizar una Razzia así en medio de territorio Ángel.

La chica hablaba para sí, que Art estuviera allí le era totalmente indiferente y el chico lo notaba. Olía a sangre, a hierro y a sudor; y sin embargo no conseguía ser un olor desagradable.

La chica se removió sobre él hasta que quedaron de nuevo cara a cara. El cuchillo seguía posado sobre su nuez, besándole la piel en una fina franja que escocía, pero Art se sentía extrañamente insensibilizado. Tras la noche anterior creía que ya no podría sentir nada nunca más.

Con su rostro a pocos centímetros del de ella Art le devolvió la mirada a la muchacha desapasionadamente. No tenía ni idea de qué estaba ocurriendo, había llegado al límite de su confusión.

-Eres un Regresado ¿Verdad? -preguntaron, finalmente, aquellos ojos verdes como el moho viejo- ¿Te despertaste ayer?

El chico tragó saliva con lentitud. Seguía con la boca tapada por una de las manos de aquella muchacha. Sentía los callos y los cortes contra los labios, así como el olor a mugre ¿Cómo pretendía que contestara? Le lanzó una mirada que pretendía ser elocuente.

-El cuchillo se queda dónde está. -le advirtió finalmente la chica cuando comprendió lo que Art estaba intentando decirle- Voy a quitarte la mano de la boca lentamente. Si tratas de hacer algo raro, lo que sea, no vas a tener tiempo de gritar antes de que te abra una segunda sonrisa.

El chico asintió lentamente y la mano en su boca se retiró dejándole una sensación como de abandono en los labios.

– ¿Te repito las preguntas? -inquirió la chica, con un brillo peligroso en la mirada- ¿O vas a contestar sin intentar ganar tiempo?

-No tengo ni idea de qué es un Regresado -soltó el chico, tan bajo como pudo- pero sí: me desperté ayer aquí, en una habitación a oscuras llena de niños.

Tan pronto como terminó de hablar la muchacha le clavó la rodilla en el costado con fuerza y Art tuvo que reprimir un grito por el dolor.

-¡Hijo de puta! ¡Por tu culpa está el niñato Psicópata de Damien dándonos por culo a todos! -casi gritó la chica- debería de sacarte ahí afuera ahora mismo para que te lleven al primer Pozo que vean y así nos dejen a los demás tranquilos.

La mano que la chica había quitado de su boca volvió a su cara, esta vez para agarrarle la barbilla con fiereza mientras él gemía de dolor.

-Da gracias a que me tienen tan atrapada aquí abajo como a ti, subnormal -le susurró, mirándolo a los ojos con odio.

-Pero… ¿por el amor de dios qué coño…? -gimió el chico, boqueando en el estrecho espacio- ¿Qué está pasando? ¡Joder! ¡¿Qué está…?!

La desesperación lo hizo avanzar hacia adelante y el cuchillo se le clavó en la garganta con un desgarro irregular que sintió como a cámara lenta.

-¡Joder!

-¡Shhhh, Tigre! ¡Relájate!

-¡Vete a la mierda!

-¡Cállate ya! ¡Cállate o juro que…!

-¡¿Que qué?! ¡Mátame ya, ostias! No tengo ni idea de qué está pasando. Ayer me perseguía un Zombie con una puta aureola y hoy me ataca una niñata antes de que me pueda despertar. ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?

La chica apretó el cuchillo contra le herida del cuello por toda respuesta, pero él percibió duda en su mirada. Art acercó más su cara a la de ella, retándola, pero la chica pudo ver el miedo pintado en su rostro.

Los dos intercambiaron miradas oscuras por un segundo. Los nudillos de ella se pusieron blancos contra el mango de aquel pincho afilado. El chico le escupió a la cara y…

-¡Está aquí, Damien, está aquí! -la voz chillona de un niño- Los he localizado ¡Está aquí y tiene compañía! ¡Merezco Sueño cuando lo atrapemos!

Un escalofrío paralizó a Art tras la risa macabra que siguió a aquél grito. El cuchillo de la chica se aflojó sobre su garganta, pero no la mirada de la chica.

-La madre que… -masculló la muchacha mientras se limpiaba de la cara el salivazo de Art. Su mirada era de odio puro pero… había algo tras ella. Algo había cambiado- debería de matarte ahora mismo.

Los pasos y los gritos avanzaron hacia ellos desde todas direcciones. Había risas extrañas, risas maníacas, y el repiqueteo del metal contra el metal se hizo ensordecedor. La chica maldijo por lo bajo tras mantenerle la mirada unos segundos más y luego apartó el cuchillo de su garganta.

-Eso que has dicho de que te has escapado de un Ángel… -masculló la chica mientras le daba la espalda y comenzaba a desatornillar un panel metálico de uno de los laterales del túnel con el cuchillo- estás demasiado nuevo para haber mentido ¿Verdad?

El chico optó por el silencio, estaba demasiado confuso como para otra cosa. Se llevó una mano al cuello, pero se arrepintió al instante. Imaginaba lo que iba a encontrar. Los gritos y los golpes se escuchaban ya cerca.

-Ya… me lo imaginaba -gruñó la chica, dándole una patada final a la plancha de metal y dejando con ello al descubierto un segundo túnel. Luego se giró hacia él y le señaló el túnel con la mano del cuchillo- Tienes dos opciones: o entras por ese túnel y me haces caso en todo lo que te diga o dejas que te metan en un pozo. Sé que no sabes lo que es un pozo y que no tienes ni puta idea de lo malo que es, pero créeme: es malo. Preferirías que te despellejaran los niños psicópatas de Damien, cosa que por otra parte harán antes de echarte al Pozo.

La chica se cruzó de brazos, en cuclillas en el estrecho espacio, mientras los ruidos, las risas y los gritos se escuchaban ya al otro lado de la pared.

-¡Lo quiero vivo! ¡Lo quiero vivo! -gritaba la voz chillona de aquel niño llamado Damien- ¡Podéis sacarle los ojos y hacer que se mire el culo por dentro, pero lo quiero vivo!

La chica enarcó una ceja.

-Imaginativo, muy imaginativo -El rostro de la chica se ensombreció aún más y volvió a señalarle el túnel con el cuchillo- elije ya.

Art comprendió que realmente no tenía mucho que elegir.

-¿Cómo te llamas? -masculló mientras colaba su cuerpo por la claustrofóbica abertura- al menos me podrías decir eso.

-Nana -respondió llanamente la chica mientras recolocaba tras ambos la placa de metal. Sorprendentemente, a pesar de los gritos de los niños, sus gestos parecían calmados- me llamo Nana. Te queda mucho que aprender, Tigre, y no tengo mucho tiempo para enseñártelo. Te voy a responder solo a dos cosas y luego no vuelvas a hablarme hasta que estemos en la guarida, voy a necesitar concentrarme.

Art asintió, mudo. El conducto era algo más pequeño que aquel donde había dormido y el suelo estaba húmedo. Olía de forma nauseabunda pero aun así no se quejó.

Comenzaba a entender las nuevas reglas del juego.

-Estás en Sanatorio. Probablemente no te acuerdes de cómo has llegado aquí pero créeme, pronto te acordarás -comentó la chica mientras iba reptando por el estrecho túnel- si tienes recuerdos de algún tipo olvídate de ellos: pronto serán sustituidos por otros, otros que preferirías olvidar.

» Probablemente justo por eso estabas conectado a aquel cacharro. Bienvenido al mundo real, Regresado. Que no se te atragante.

Fairchild sonrió mientras la máquina le recolocaba los vendajes lentamente. Los brazos mecánicos hacían el trabajo con cuidada diligencia, dejando siempre al aire su único ojo bueno para que pudiera contemplar los monitores.

La sala a oscuras olía a quirófano.  La luz azulada de los monitores era lo único que alumbraba la extraña escena. El frío metal cosiendo pústulas y desgarros de carne, las vendas nuevas sustituyendo a las sucias, la silla de ruedas vibrando con el fuelle de respiración asistida que incorporaba.

-Parece que por fin ha emergido el primer alfil -comentó el hombre, hablando para sí como llevaba haciendo desde hacía más de doscientos años- el juego del fin del mundo vuelve a comenzar.

Los ángeles a su espalda, con las aureolas apagadas y las miradas vacías, lanzaron un sonido chirriante de aceptación mientras se activaban uno a uno y se ponían en marcha. Metal y hueso latiendo sobre suelo frío de piedra.

 

2 comentarios

    • Cipriano Caceres Mestre

      Creo que este da menos miedo que el anterior… pero aún así me lo pasé muy bien escribiéndolo. Espero que te gusten las siguientes ^^

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