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Sanatorio. Primer contacto.

En mitad de la noche.

Un jadeo angustiado, estrangulado como el llanto de un bebé recién nacido, rompió el silencio de la noche.

Art se despertó empapado en sudor, con la boca llena de un malsano sabor a hierro y a químicos. Había algo en la habitación junto a él… había algo… ¡Algo!

Trató de incorporarse en la cama mientras escrutaba la infinita oscuridad de la habitación con creciente angustia.

¿Dónde estaba? ¿Qué recordaba? ¿Cómo…?

Algo se tensó en su brazo y un dolor agudo y penetrante lo recorrió como un calambre. Soltó un grito de angustia y dolor. No entendía nada.

-Joder, no, por dios ¡Cállate! Como te oigan van a venir…

Una voz aguda a su lado. Un niño. Terror en sus palabras.

-¡Shhhhhh! ¡Callaos los dos! -Un susurro apremiante. Una voz de mujer joven- que alguien le tape la boca al Regresado. ¡Ya!

Intentó hacer preguntas, pero una almohada empapada le tapó la boca. La bilis le subió a los labios mientras el olor a moho y a sangre le llenaba las vías respiratorias. El aire en sus pulmones se convirtió rápidamente en fuego. Trató de debatirse contra los brazos que empujaban aquel bulto mojado y pestilente contra su cara, pero estaba demasiado desorientado incluso para eso…

Repentinamente un rectángulo de luz roja se abrió en la distancia cegándolo. Un grito de terror se extendió por la habitación coreado por múltiples voces infantiles. La almohada resbaló de su cara, dejando un reguero húmedo, y Art intentó recuperar el aliento entre toses.

La habitación se llenó repentinamente de movimiento.

La oscuridad se llenó de piececillos que corrían. De empujones. De voces. De cuerpos que se apretujaban unos contra otros. Una puerta de pesado metal se abrió con un largo chirrido aterrador y niños huyeron por ella. Una rejilla fue apartada de un conducto de ventilación y cuerpos menudos comenzaron a adentrarse en la boca de lobo que dejó abierta.

Todo lo iluminaba aquella luz rojiza. Todo puntualizado por una cadencia metálica. Lenta. Como el latido de un corazón de hierro negro.

*Dong, Dong*

Art no entendía nada, pero aquella desbandada le atenazó el corazón.

-¡Por dios! ¿¡Qué está pasando!? Que alguien me diga…

Intentó volver a incorporarse. De nuevo aquel dolor agudo y metálico en el brazo, en la cuenca de un ojo… lo hicieron jadear y gritar. El ramalazo fue tan fuerte que lo sintió como un golpe físico.

-Lo siento -una chica se paró a su lado, solo un segundo. En sus facciones se adivinaba algo… extraño; pero Art no llegó a distinguirlo en la rojiza oscuridad- Espero que consigas quitártelos a tiempo.

Luego salió corriendo.

*Dong, Dong*

La luz roja se incrementaba con cada uno de aquellos latidos extraños. Ya no quedaba nadie en la habitación. Los niños habían huido como pequeñas ratas asustadas. Las camas vacías se extendían por una amplia y diáfana sala de enlosado descascarillado. Camas mojadas, sucias y cubiertas de escombros. Había maquinaria empotrada en las paredes, bombas de vacío y goteros diseminados como cadáveres muertos.

¿Dónde se encontraba? ¿Qué era todo aquello? ¿Por qué estaba todo tan oscuro? ¿Por qué no había ventanas? Estaba conectado a… algo. Lo comprendió con horror mientras, al fondo de la habitación, la luz rojiza se acercaba y le dejaba ver con mayor claridad.

Tenía una serie de agujas oxidadas clavadas por todo el brazo derecho. Había cables de metal enrollados con tubos mohosos saliendo de ellas, saliendo de su piel. El olor a carne putrefacta le azotó las fosas nasales. Tuvo que reprimir las arcadas y el miedo. Aquel amasijo de cosas en su brazo le dolía, no sabía cómo no se había dado cuenta hasta ahora de que estaban allí.

*Don, Dong*

Una cabeza pelada de carne atravesó el quicio de la puerta que se adivinaba en la lejanía. Una calavera humana de dientes alargados, cruzada de cables pelados, con tiras de carne podrida colgando donde antaño debería haber habido músculos.

Una aureola roja sangre, cegadoramente brillante, coronaba aquella cabeza de pesadilla.

Art chilló. Aquella cosa volvió hacia él cuencas vacías tras las que ardía un fuego negro. El cuerpo del engendro terminó de traspasar la puerta y dejó a la vista hueso descarnado, cables, tubos de plástico sucio que latían como serpientes y metal negro que se movían con desgarbada y maligna lentitud. Una especie de bomba de presión, de metal negro, latía y silbaba como una joroba monstruosa en su espalda.

El terror invadió al chico como una enfermedad cuando aquel ser abría su boca sin labios, hueca como un agujero en la noche, y lanzaba una especie de siseante aullido. Un dedo, todo hueso, tendones y metal, lo señaló en la estancia iluminada por la aureola roja.

Art comenzó a darle tirones a aquellos cables y tubos que lo mantenían sujeto a la pared, con desesperación, mientras aquello avanzaba torpemente hacia él. Las agujas comenzaron a salir lentamente de su brazo con un dolor eléctrico y pulsante, y gotitas de sangre cien veces rojas más rojas por la luz que las iluminaba emergían en su camino a través de su piel.

El chico sollozó. El ser extendió una mano cada vez más cerca de él. Las agujas salían de su piel con un desagradable ruido de succión. La cama se estremecía con su miedo. El ruido de metal y hueso raspándose el uno al otro que producía aquella cosa rivalizaba con el sonido del corazón del chico.

Con un último tirón y un grito que emergió de sus mismas entrañas aquel aparataje que lo conectaba a la pared rasgó su carne y lo dejó libre. La mano de hueso y bisagras, de tendón y cable de aquel ser se cerró en el aire cuando Art se lanzó fuera de la cama y chocó contra el suelo.

Aquella cosa reaccionaba lento, y aunque el chico se sentía débil y a punto de vomitar hizo acopio de la inmensa cantidad de energía que le suministraba el terror y gateó a toda velocidad lejos de la cama. Las venas abiertas de su brazo sangraban y le dolían, pero no podía pensar en aquello, no mientras estaba inmerso en semejante pesadilla.

La cosa de la aureola roja lanzó un aullido que sonó como clavos arañando una pizarra. Sus manos huesudas se abalanzaron hacia él y el empellón hizo volar por los aires la pesada cama de hierro. Art vio como el armatoste de metal en el que había estado segundos antes chocaba contra el techo, ingrávido, como si no pesara nada, mientras aquél ser lo perseguía…
Y se meó encima.

Buscó una salida a aquella locura, lo que fuera, cualquier cosa que lo alejara de aquel agujero de pesadilla, mientras continuaba arrastrándose por el suelo.

Sus ojos se toparon con la entrada de ventilación que habían usado aquellos niños para huir. Era demasiado pequeña para que aquel ser enorme entrara por ella, pero él aún cabía por aquel pequeño espacio; tenía que caber.

Se lanzó contra ella con desesperación, ignorando el dolor y los ruidos que aquella cosa hacía a su espalda, como un condenado que se lanza hacia la última tabla de salvamento del buque que se hunde. Una cama cayó muy cerca suyo. Los cascotes le arañaron las manos, las rodillas, los costados… Pero consiguió adentrarse por aquel conducto estrecho y oscuro justo a tiempo. Manos alargadas, afiladas, se cerraron tras sus piernas, agarrando aire por segunda vez aquella noche, y el grito de la criatura lo sacudió por dentro, como si arañara sus huesos.

Aquella noche durmió en un espacio profundo y estrecho entre los muros del Sanatorio, llorando a sus veinte años, preguntándose qué cojones era todo aquellos, preguntándose en qué clase de pesadilla oscura había caído; pero sin recibir respuesta.

No sabría aquél día qué había sido de su vida en Sevilla, de sus amigos, de su hermana, de su madre. No sabría aquél día que lo había perdido todo mucho antes haber despertado.

 

Pero lo intuía.

 

2 comentarios

  1. Escalofriante y angustioso, deja con muchas ganas de saber qué está ocurriendo.

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