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Tristeza mía. / Gin Sánchez
Tristeza mía. / Gin Sánchez

Tristeza mía

Decían que tenía las manos heladas porque nació en una noche de tormenta,
que tenía los ojos tan azules y la mirada tan rota
por los cristales que arrojó algún extraño dios al vacío, muriendo en el mar.
Pensé que era muda hasta que la oí llorar a gritos
amparada por algún rayo negro, en el décimo tercer sueño,
y al despertarla, sin mirarme, susurró “no”.
A la mañana siguiente se había ido,
y nunca más volvió a entrar como lo hacía, sin avisar, como una ráfaga,
sacándose las zapatillas sin desabrocharse los cordones antes.
Decían que era tan fría porque el invierno la había hecho su estrella,
y ahora entiendo que brillase de aquella manera,
que estuviese siempre tan preciosa que hasta dolía.
Me enamoré de ella la primera vez que me cruzó la cara;
esos dos duros zafiros suyos me hicieron entender
que también hay belleza en lo frío y distante.
“No te enamores”, decían, pero vamos; mírala.
Decían que me partiría de mil formas diferentes, que era un poeta;
yo, que le dije princesa azul, versándola a cuentos,
mas en ninguna estrofa se dio la vuelta.
Desde entonces la llamo tristeza.
Ella, que arranca suspiros y a todos conquista, pero nadie lograba cautivar;
pena mía, niña triste, my baby blue,
qué has hecho conmigo.
La hice mía el día en que la cogí del pelo y la ahogué en una botella de whisky
que luego de tirarla al suelo intenté coser
con las cuerdas de una guitarra vieja.
Tenía las manos tan heladas que era tormenta, cristal, vacío, muerte y mar
en mi cama,
nadie jamás se desnudó y anudó a mi cuerpo de aquella forma.
Hace unos días que veo a otra,
me llora vestida de negro y me cuenta que ha besado miles de almas
que la esconden debajo de la cama cuando hay visita.
La llamo soledad para que me haga compañía.
Después de todo, lo cierto es, tristeza mía, que tus manos heladas
solo me hicieron temblar de frío
cuando dejaron de tocarme.

 

Foto: Gin Sánchez

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