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El Último Día de un Viaje

 

Me desperté en la oscuridad un poco desorientada. No recordaba bien cuando me dormí, pero seguramente fue tarde. Busqué a tientas mis gafas, que estaban tras la almohada, salí de mi saco de dormir y bajé de mi litera lo más silenciosa que pude para no despertar a todo el cuarto. Toqué el suelo de madera descalza y, sin preocuparme de ponerme los zapatos, salí de la habitación.

Recorrí el pasillo y bajé las escaleras en completo silencio. No me extrañó no ver a nadie, pues la radio que ponían todas las mañanas aún no había sonado. Al llegar a la planta baja, la fría piedra me hizo arrepentirme de no calzarme, pero me senté en el último escalón sin plantearme volver a mi cuarto.

Miré a mi alrededor observando aquel enorme recibidor que en una semana se me había hecho familiar, cuya chimenea nunca vería encendida. Me vino a la mente la bonita idea de ver el pueblo nevado, pero rápidamente la desestimé. Aquel lugar de arquitectura negra, al estar perdido en las montañas, seguramente quedaría inaccesible en invierno. En otras palabras, era imposible que algún día captara con mi objetivo dicha postal. Suspiré para mis adentros sin saber que hacer. Volví a pasear mi mirada por la sala, pero en esa ocasión algo llamó mi atención. Por el rabillo del ojo me percaté de que la contraventana estaba abierta, pues se colaba tímidamente un poco de luz natural. Espera, ¿luz natural?

Me levanté de un salto y salí corriendo hacia la entrada, donde casi tropecé con las garrafas de agua. La puerta era de madera, pesada, pero no tuve ningún problema para abrirla. El frío de madrugada me golpeó con fuerza, terminando de despertarme. Sin molestarme en cerrar me dirigí hacia la plaza de la hoguera.

El cielo presidido por los árboles y el campanario de una iglesia abandonada clareaba al tiempo que las nubes se teñían de rosa pastel. En el horizonte, recortando la silueta de las montaña el sol hacía su entrada iniciando un nuevo día.  Simplemente no pude evitar sonreír. Esperé a que el sol terminara de aparecer, disfrutando de aquellos minutos de paz, tranquilidad y silencio.

Me dispuse a volver al interior de la casa antes de que nadie notara mi ausencia. Entonces la radio sonó, eran 7:15. Maldije hacia mis adentros, molesta por como la música de reggaeton se había cargado el ambiente. La paz que había unos minutos antes se había esfumado como si ese momento nunca hubiese existido.

Corrí hacia mi habitación para prepararme, coger mis maletas y bajar a desayunar. Ya no había tiempo para estar molesta por algo tan insignificante la música de la radio. Tenía tanto que hacer en tan poco tiempo… Quería grabar cada detalle, cada risa, cada canción, para así poder seguir recordando, aun con el paso de los años, todo lo que allí viví. Porque aunque se trate de una nota confusa, una firma dudosa o una página perdida de un diario olvidado, quiero que esa prueba sea capaz de regresar aunque solo sea por unos segundos los momentos y experiencias que a la hora de partir todos dijimos que jamás olvidaríamos. Todo por la misma razón por la cual no dijimos adiós, sino un sincero “nos vemos”.

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