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Foto: © José Granero

Un náufrago en el bar

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Foto: “Un mundo paralelo” © José Granero

Estaba en un rincón de la barra de aquel turbio bar. El tiempo que llevaba allí sentado se reflejaba en la expresión de su cara apagada. No parecía percatarse demasiado del resto del mundo, absorto en su copa y su cigarro, y aunque parecía ajeno a ese lugar, encajaba extrañamente. A medida que avanzaba la noche, las caladas se volvían más lentas y espesas, pero el cigarro se consumía cada vez menos, tendiendo a la eternidad. La atmósfera que se respiraba era oscura y la densidad del ambiente era casi acuática. Pero él no se fijaba en nada, ni siquiera en el camarero, que en ese momento acataba la orden de rellenar de nuevo su copa. Sólo veía oscuras siluetas que se movían de vez en cuando de un lado hacia otro, como si al otro lado de un cristal se encontraran. Poco a poco, comenzó a levantar la vista torpemente, con una dejadez que rozaba lo histriónico.

A su lado se formaba una figura que le pareció etérea a primera vista, para después asegurarse de que la evanescencia la conformaban sus propios ojos, empañados por el alcohol y el cansancio. Se parecía a él, pensó. Era como él, pero con un aspecto más joven y sano. Miró a la figura con extrañeza, que le devolvió la mirada con una sonrisa de superioridad altiva, que acogía en su seno una profunda arrogancia. Sostuvieron la línea imaginaria que los unía durante un instante que se hizo eterno. Estaba cansado y se sentía retado. No tenía miedo, era mucho mejor que él y lo sabía. Llegado el caso no se rendiría y se dejaría llevar, moriría con honor. Sabía que con el tiempo se le echaría en falta.

Antes de que se convirtiese en esa forma encorvada sobre la barra de un sucio y oscuro bar, desesperanzado y agónico, había sentido como irradiaba luz a su alrededor, iluminando el camino a su paso. Le habían hecho parecer inútil, una carga innecesaria que cualquier otro podía cubrir. Se acordaba de los buenos tiempos en que era un ser respetado y fundamentalmente necesario. Ya no le importaba la figura que se había colocado a su lado esperando su muerte, pues nunca llegaría a ser tan odiado como él, y eso le restaba un valor que nunca llegaría a apreciar. Ganarse tantos odios tenía el mérito del que hace el trabajo correctamente, sin dejarse influenciar o desmotivar. Antes de irse pensó en su epitafio: “Aquí yace un hombre que nunca negoció con la verdad”.

Y como si fuera un caminante sobre un mar de nubes, observó el lugar durante un último instante… y se apagó.

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