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A todos y cada uno de nosotros

El Gran Poder los amparaba a todos. A los que se marchaban a las Américas buscando un futuro mejor, a los que se trasladaban a la Corte para posteriormente convertirse en pintores de cámara del mismísimo Felipe IV, a los artistas que encumbrarían la talla barroca andaluza antes de marcharse al olvido hasta cientos de años después, y a los que se quedaban cerca de su efigie. Y con el paso de los siglos, generaciones y generaciones de sevillanos, tan diferentes y a la vez tan similares, pasaron por delante de Él.

El Gran Poder los ampara a todos. A sus más ilustres y adinerados devotos y a los que, abandonados como en su día lo estuvo Él, no tienen techo ni alimento que meterse en el cuerpo. A los que cada viernes (o cualquier otro día de la semana) acuden puntuales como agujas del reloj del sentimiento a su casa a darle las gracias o pedirle por algo que les quita el sueño, y también a los que esos viernes (o cualquier otro día de la semana), prefieren quedarse unos metros más allá y llenar el estómago en El Sardinero (¿acaso no es compatible una cosa con la otra?).

Por eso mismo, cuando estos días salió a visitarlos, no olvidó a ninguno de ellos, y a todos por igual miró con la misma misericordia, con el afecto con el que un soberano justo se dirige a su pueblo, con la cercanía de un padre con sus hijos. A aquellos que esperaron y buscaron el candor de su mirada con impaciencia desde hacía tiempo, con especial desazón en las jornadas previas al encuentro, en las que la incertidumbre de la caprichosa meteorología nos hizo dudar sobre si se obraría el milagro; pero también a esos otros que, con indiferencia, fueron arrancando las hojas del calendario hasta llegar a ese día, ajenos al acontecimiento que se advenía. Tanto para unos como para otros llegó el momento, y a todos ellos los buscó y encontró el Señor.

Porque a todos ellos quería ver y confortar. Incluso a los que ya no están, cuyo recuerdo y almas vuelven a encontrarse más cerca que nunca de Él en este mes de noviembre. A los más jóvenes y mayores. A los que le rezan en silencio y a los que lo hacen con mayor algarabía, algunos hasta llegar a límites insospechados y a los que no le rezan. A los de Sevilla y tanto o más a los de fuera, que aquí no sobra nadie (a pesar de lo que muchos quieran hacer creer). A los que lo ansiaban con un selecto acompañamiento musical y a los que consideran que a Él la palabra del silencio le basta. A los que lo prefieren con rica túnica bordada y a los que abogan por el movimiento de su túnica lisa. A aquellos cuyos ojos se humedecen cuando pasa y a los que jamás se fijaron en su portentosa zancada.

A los que estábamos, a los que se dedicaron a otros menesteres, a los que no pudieron asistir a la cita y a aquellos que en otro tiempo jamás se apartaron de su lado. El Señor quería vernos a todos y cada uno de nosotros, y lo hizo. El Gran Poder nos ampara a todos.

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