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Foto: José Mariano González Romano

Avanzando hacia… ¿el futuro?

Son las dos de la tarde en un atestado tren de cercanías dirección Sevilla un día cualquiera. Como cada semana, me dirijo a la facultad a una hora más propicia para echar la siesta después de un buen almuerzo que para dar clases y, de nuevo, empieza a aparecer en el horizonte, junto a los árboles y a algunas casas, una torre de hierro que se eleva sobre las demás edificaciones de la ciudad que cuenta los años por siglos. Y entonces, con la guasa que le caracteriza, mi amigo José Luis sonríe, me mira de reojo y me dice: mírala, y anda que es fea. Y yo, con una sonrisilla irónica, miro para otro lado.

No, no es que, como él me dice más de una vez, sea un antiguo, un rancio o esté en contra de cualquier modernización de Sevilla. Todo aquello que contribuya a una verdadera modernización de nuestra ciudad y que consiga que seamos un referente en España y en Europa en algo menos vergonzoso que en los índices de paro o de fracaso escolar, es bienvenido. Pero nunca serán bienvenidas esas obras que, usando como excusa la modernización, se convierten en verdaderos pegotes (por no decir otra cosa) en uno de los cascos históricos más grandes e importantes de Europa, cuando no implican la destrucción del patrimonio material de la ciudad.

Y no son solo razones patrimoniales o de estética las que provocan el rechazo que siento cada vez que veo el resultado final de estas obras que siempre se proyectan para ser el definitivo revulsivo que tanto necesita Sevilla. Es que, además de dañar la vista, al final siempre acaban repercutiendo en el bolsillo del sevillano de a pie. Ahí está el Metropol Parasol, alias las Setas. Unos 102 millones de euros, más del doble del previsto inicialmente, ha costado su construcción, unos 145 euros por sevillano aproximadamente. Además, debido a que el principal material usado ha sido la madera, hay que realizar revisiones anualmente, amén de que la misma tiene una vida útil de unos 100, 150 años. Desde luego habrá quien las defienda alegando que gracias a este «monumento al despilfarro», la zona de la plaza de la Encarnación ha ganado mucha vida. Y no van faltos de razón en este punto, claro que si tenemos en cuenta que lo que había antes era un solar tampoco es esto un logro muy loable.

Lo peor no es esto. No es ya solo que se lleven a cabo proyectos que parecen más una broma de mal gusto. Lo peor es que, cuando se lleva a cabo un proyecto que verdaderamente vale la pena, que sí que puede convertirse en ese impulso que necesita la ciudad, este acaba sufriendo el abandono municipal. Que se pasee quien quiera por la isla de la Cartuja, sede del Parque Tecnológico Cartuja 93, y observe el estado de los acerados de algunas de las principales calles, totalmente levantados, los pabellones sin uso y que han sido víctimas del vandalismo y de robos como el de Cruzcampo o el estado de algunas de las plazas del recinto.

Cuando los intereses económicos y el afán de protagonismo del político de turno se juntan pasan estas cosas. Mientras, la gran oportunidad de nuestra ciudad para entrar de lleno en el siglo XXI languidece esperando la más que necesaria recuperación de algunos de sus edificios y la reparación de varias de sus vías y plazas, millones de euros se gastan en «monumentos al despilfarro» que o bien ponen en peligro la declaración de Patrimonio de la Humanidad de la Catedral, el Archivo de Indias y el Alcázar o bien tienen una fecha de caducidad no muy lejana.

Pero, como de todas las experiencias, podemos sacar una conclusión: será solo cuando Sevilla se mire a sí misma para descubrir qué es lo que necesita y qué puede darle al mundo distinto a lo que ninguna otra ciudad pueda ofrecer cuando vuelva a ser un verdadero referente de ciudad moderna a nivel mundial. Mientras, seguiremos viendo como en nuestros horizontes crecen torres con aspectos de ventiladores verticales y del suelo nacen setas de 100 millones de euros.

Foto: José Mariano González Romano

Un comentario

  1. «Cuando Sevilla se mire a sí misma para descubrir qué es lo que necesita y qué puede darle al mundo».
    Cuanta razón.

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