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Con vuestras piedras hacen ellas su pared

Esta semana, en uno de los pocos días que se enciende la pequeña televisión de mi piso de estudiantes, comenzó, cuando ya me iba a la cama, un programa cuya tercera entrega se titulaba ‘Viaje a la homofobia’. Tras postergar mi sueño unas dos –cortas– horas que me tuvo pegada a la pantalla, supe que no me había dejado indiferente. Al investigar al día siguiente, descubrí que, contando con tres escasas semanas de vida, este proyecto ha nacido y camina de la mano de la completísima Alejandra Andrade, periodista que no sólo lo presenta, sino que también lo dirige y produce. Hablo de “Fuera de cobertura” que, si tal vez no se encuentra ahora mismo en lo que en publicidad llamaríamos vuestra short list (que sería algo así como vuestra memoria a corto plazo), lo estará pronto, y dará mucho de qué hablar. O eso espero.

Nos muestran Rusia, país al que se trasladó Andrade para mostrar el infierno del colectivo LGBT (Lesbianas, Gays, Bisexuales y personas Transgénero). Y donde ‘infierno’ se queda corto. En primer lugar, yo no podía asimilar que los ciudadanos, la policía e incluso el gobierno defendieran insultos, humillaciones y brutales agresiones de todo tipo contra otra gente, otras PERSONAS sólo por ser homosexuales. ¿Qué puede molestarte de una pareja (mujer-mujer, mujer-hombre, hombre-hombre) que se abraza en la calle? Prometo que llevo desde entonces intentando abrir mi mente, tratando de entender a quienes les afecta tantísimo este “mal antinatural” y responder a la pregunta desde su punto de vista. Pero renuncio. Sólo puedo contestar desde el mío: nada. No puede molestarte absolutamente nada de una inocente muestra de afecto entre dos personas de igual o distinto sexo. Todo el mundo tiene derecho a querer libremente y a quien libremente quiera. O eso pensaba yo antes de conocer que de los 194 estados censados según la ONU, al menos 78 tienen leyes que criminalizan las relaciones homosexuales. Y uno de ellos es Rusia, donde los derechos humanos y civiles son inexistentes para estas PERSONAS.

La periodista se reúne allí con el líder de un grupo que lucha contra la comunidad LGBT y cualquiera que tenga relación con ella. Los considera “pervertidos” y “personas no sanas”, y ha llegado a conseguir 45 despidos de profesores y profesoras porque su vida privada, y cito textualmente: “es incompatible con la educación moral de los niños en Rusia”. Me invade la impotencia cuando afirma ser funcionario público que forma parte del Comité Nacional de Seguridad. ¿De verdad no existen cosas importantes o peligrosas de las que preocuparse? Me parece vergonzante que se utilicen el poder legislativo, ejecutivo y judicial para algo que, seamos sinceros, no hace daño a nadie. Tristemente, este hombre parecía estar hablando de la caza de brujas del siglo XV. Surrealista.

Analizando todo lo anterior, no es de extrañar que tanta gente huya de su país pidiendo asilo en el nuestro, que parece un auténtico paraíso si se observa desde fuera. Por ello, se entrevista también a una pareja de mujeres rusas que viven actualmente en Barcelona, agradecidas de no tener que ocultarse en barrios marginales a las afueras de su antigua ciudad, como tantos años han hecho. Del mismo modo, un joven de Camerún explica cómo saltó la valla de Melilla para librarse de la violencia contra los homosexuales en su país, y no era el único, tenía varios compañeros como él. Y llorando, algunos afirman que aún mantienen la esperanza de ver un cambio en su país, de que algún día serán capaces de amar libremente sin ser condenados por ello, sin perder el contacto con sus familias, sin que éstas sientan vergüenza por ellos, sin sentirse amenazados por la calle y un sinfín de situaciones que, sinceramente, no concibo en el siglo que vivimos, donde presumimos de modernos mientras cerramos los ojos ante esta realidad. Era imposible escuchar estos testimonios sin sentir pena. Pero no por ellos, en mi opinión valientes luchadores e incansables defensores de derechos que, se supone, ya tenemos al nacer. Sino por esas personas –así, en minúsculas– que no lo son tanto, puesto que no aceptan a las demás; que han conseguido que miles de hombres y mujeres abandonen sus países, tras agredirlos durante décadas; que no toleran el amor porque, mientras no lo respeten en todas sus formas, nunca lo entenderán.

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