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¿Conciencia suicida?

El mando de la televisión. El smartphone. El libro comercial expuesto en la tienda con la mejor ornamentación del momento. El coche. Internet. Un mundo material repleto de avances cuya asimilación no ha perpetuado en la conciencia del ser humano. La persona y su respectiva noción del yo (la conciencia), en lugar de buscar su identidad a fondo, esta corre tras la masa dejando atrás el afán de encontrarse que le inquieta al nacer. Anda de tienda en tienda, creyendo en el avance del neuromarketing y en la contribución en el sistema, mientras la incomunicación gobierna. Se corre así tras el voto sin tener ni idea de dónde se viene, de quién se es, y hacia dónde se va. Parece todo muy irónico, como en Romeo y Julieta, obra de Shakespeare (1564-1616), en la que la ironía trágica de los personajes es producto de su visión inmadura e irresponsable del futuro.

La noción del yo decide intentar ganar con el resultado más alto sin ser consciente de lo que se hace, y sin importar a quién afecta ello a su paso. Deambulamos de librería en librería comprando los libros que nos alienan, debido a la relatividad del tiempo que el sistema impone, impidiendo dedicar así lo que querríamos a la lectura. Por otro lado, alguien más espabilado que tú,  ya ha robado el libro en una librería de un humilde ser, y la corrupción ha vuelto a debilitar la justicia. Mi conciencia se abruma con los valores que se inculcan desde la televisión (entre los demás factores de socialización), y como estos configuran nuestro comportamiento adulto.  Y así morimos, ofreciendo algo que podría ser pero no lo es, puesto que no nos preparan para descubrir nuestro potencial. O mejor dicho, no les conviene. La infancia, el hogar donde se desarrollan nuestras capacidades, se convierte en el bodrio del mañana venidero, pues la hoguera que prendieron los valores sexistas, egoístas e individualistas, han dejado las cenizas justo al lado de “la salida de la caverna”.

En el ámbito político y social, vivimos en un mundo repleto de instituciones manipuladas, al servicio de las políticas sociales que convencen a los ciudadanos de un “Estado de Bienestar” satisfactorio para todos. Rajoy también ha elegido el lema de “unidad” para, como en el régimen franquista, obtener consenso por la población y reforzar los apoyos populares seduciendo a los trabajadores. El sistema crea masoquistas inconscientes para así justificar los problemas personales con características innatas y no culpar al propio sistema que, indefectiblemente, hace que impere la corrupción por encima de todo. En el ámbito científico, vivimos en un mundo en el que las neurociencias se utilizan para saber vendernos productos, en lugar de utilizar la inteligencia para mejorar la especie misma y poner solución a muchas de las cuestiones que nos hacemos día a día.  A pesar del mundo de color de rosa que pinta la sociedad, muchos seres humanos están despojados de los bienes materiales que proveen el trabajo, el talento y la energía humana. Para que haya evolución, ¿no ha de alimentarse a todos los miembros del planeta?  Ya se preocupaba  Fiódor Dostoyevski  (1821-1881) por la posición de los marginados, por la figura del hombre del mañana y, además, valoró a la sociedad burguesa europea como una nueva esclavitud del pueblo, producto de un sistema pre-capitalista, basado en una armonía ideal entre nobleza y pueblo. ¿Es biológico llegar a la corrupción, en todos sus ámbitos, que la humanidad está alcanzando? ¿Y las bases de la bondad?

Érase así otra teoría utópica más, formulada por alguien, en un rinconcito más, que elucubraba sobre cultura, sociedad y naturaleza.  Mas no es una utopía romántica como lo que caracterizaba a las preocupaciones de Goethe (1749, 1828), el famoso escritor que despreciaba a la Razón, y se evadía del mundo centrándose en las pasiones humanas, incluso pensando en el suicidio. ¿Estábamos entonces ante un caso de conciencia suicida?

Mientras tanto, mi conciencia, tras haber centrado la atención en el momento y haber puesto a pie de cañón la sensibilidad, la creatividad, y haber formulado preguntas al aire para propiciar un final abierto a esta insólita existencia, tecleando en un ordenador, va a asimilar ahora la sensación de formular una conclusión. Es cierto que las prisas dañan, pero no tanto como el no darse cuenta que hay que saber administrarlas cuanto antes. Esta “meditación” basada en la experiencia tiene su inicio en la curiosidad del ser social que, busca constantemente la verdad, o lo más cercano a ella. Y esa búsqueda, es fascinante. Quizá dentro de un tiempo, nos parezcan kafkianos los análisis de hogaño, como a nosotros nos lo parecen las ideas de destacados filósofos y que, quedaron en el exilio. Las susodichas, de hecho, no eran nada científicas y algunas, muy irracionales. Pero es cierto, sus pensamientos eran un producto del contexto de su tiempo, y en eso sí coincidimos; somos el resultado de la sociedad en la que medramos, y junto con esto, de la base económica preponderante. La vida es una literatura que, si se utiliza como efecto terapéutico y curativo y no como una lección, dejamos de lado la realidad del contexto donde se desarrolla para ver el mundo de forma romántica y con conciencia suicida.  Siempre podremos esbozar cierta sonrisa recordando a  figuras que, como la de Boccaccio (1313-1375), mostraron una gran conexión con el pensamiento feminista, rechazando las convenciones sociales con las que no sintonizaban.

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