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Consecuencias

Me gusta -y me asusta- pensar que cada decisión que tomamos tiene su consecuencia. Que existe una la ley de causa-efecto. Que lo que hacemos en vida tiene su eco en la eternidad y tal. Me imagino al consejero de Ramsés, momentos antes de que éste se fuera a perseguir a los israelitas: “Déjalos ir, todavía tengo ranas en los calzoncillos.” Asumió riesgos y perdió, pero fue capaz -supongo- de aceptarlo. O al hombre de confianza de Luis XVI en plena Revolución Francesa: “Con la que has liado, no huyas hombre, que va a ser peor.” Y ya se sabe como acabó. Así funciona, cargamos con nuestras decisiones. Cada uno a su casa y Dios a la de todos, bromas aparte, creo sinceramente que aceptar las consecuencias de nuestros actos, saber que las habrá al menos, ya sean grandes o pequeñas, nos hace ser mejores personas. Al final del día todos hemos luchado por algo. Nuestras batallas suelen ser fruto de nuestras decisiones.

Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones nos tenemos que conformar con aceptar las consecuencias de los actos de otras personas. Lo hacemos a diario, sin darnos cuenta. Por decirlo de alguna manera, somos algo así como el producto de miles de consecuencias de conocidos y anónimos que, sin quererlo, influyen, a veces, de manera decisiva en nosotros. Ni bueno ni malo, sino todo lo contrario. Para bien o para mal, como todo en la vida, y muchas veces viene determinado por el color de los ojos con que miremos. Pero las que me preocupan, sin dejar de ser de esta naturaleza, son bastante diferentes. Me explico: ayer en el telediario escuchaba una noticia de esas que dejan horrorizado, de esas que nos hace preguntarnos sobre lo insignificantes que somos, sobre todo lo que escapa a nuestro control: un animal (no tiene otro nombre) de 17 años arrollaba y mataba con su coche a un policía cuando éste se disponía a realizarle un control de alcoholemia. Una familia perdía inesperadamente y sin poder hacer nada a un hijo, a un padre, a un hermano, por culpa de la imprudencia de otro alguien. Esas consecuencias fatales, ese tipo de consecuencias, son esas a las que me refiero. Son esas las que me niego a aceptar. Y da rabia, mucha, saber que el mundo no es bueno con los que sí lo son y que probablemente las malas personas nunca reparen el daño que causan. Lo único que nos queda es aprender a ser consecuentes.

Photo by Salvador Alda

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