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Contra el terror, democracia

Esta semana hemos asistido una vez más a otro acto donde el terror islamista ha sembrado de desolación y lágrimas un país occidental. Esto, que por desgracia no hubiera sido noticia o, por lo menos, no de la relevancia que ha tenido si hubiese sucedido en un país oriental, me ha llevado a la siguiente reflexión: ¿Qué hacer para acabar con esto?

Y es que las medidas tomadas a cabo por las principales potencias occidentales, si bien están haciendo retroceder a las tropas del DAESH en Siria y en los territorios bajo su dominio, no están resultando efectivas a la hora de la lucha contra el terror no solo en Europa o en América, sino en el resto de los países que se ven afectados por esta lacra. Y la demostración palpable de esta realidad son estos atentados que se llevan a cabo día sí y día también. Ante esto cabría preguntarse no ya qué hacer, sino qué estamos haciendo mal. Y es en ese preciso momento cuando nos demos cuenta de lo que realmente pasa. Para acabar con el terrorismo del siglo XXI no vale con acabar con la base territorial de estos grupos terroristas, llámense DAESH o  Boko Haram. Tampoco vale solo con dejar de comprarles petróleo o venderles armas. Estas medidas, si bien son necesarias y deben tomarse a la vez, solo acabarían con una parte del problema. Pero la raíz seguiría ahí. Y es que lo que hace tan potentes a estos grupos terroristas no es ni el territorio ni la gran cantidad de dinero que manejan. Lo que les hace casi invencibles es su poder de captación de los miles de inadaptados que viven sobre todo en Occidente. Esa es su gran baza, la que aprovechan al máximo para cumplir sus objetivos y la que occidente aún no ha combatido.

Así, lo que deberían hacer no solo los gobierno, sino toda la población occidental, es ponerse manos a la obra. Lo primero sería rehacer por completo la forma de recibir a quienes huyen del terror que estos grupos desatan en sus países. No vale con devolverlos a Turquía como si fueran mercancías. Hay que recibirlos, darles cobijo y, sobre todo, integrarlos en la sociedad democrática y en la cultura europea, lo que no significa que pierdan todas sus costumbres, pero sí que se adapten a la forma de vida occidental, ya que solo de esta manera se evitarían los roces que puedan surgir entre dos formas de vida distinta y, lo que sería el siguiente paso, la existencia de personas inadaptadas y rechazas por la sociedad en la que viven y que, como venganza, estarían dispuestas a actuar de la forma más dañina posible en el momento menos esperado. Y, una vez tomadas estas medidas aquí, la actuación debe ser dirigida hacia los países donde actúan estas bandas. Allí no solo vale con enviar ayuda humanitaria o comparecerse de lo que vemos a través de la televisión. Hay que luchar desde occidente para que la democracia se asiente en esos países mediante la educación ciudadana, y que sean estos unos sistemas democráticos fuertes, en los que la propia ciudadanía evite los gobiernos radicales que llevan a la destrucción del sistema (tomemos nota de esto en Europa donde la extrema derecha en países como Austria, Francia o Alemania, y la extrema izquierda en países como España o Grecia cada vez tienen más fuerza).

Solo desarrollando estas medidas seremos capaces de acabar de una vez por todos con esta pesadilla que no para de asestarnos duros golpes cada vez que tiene ocasión. Y, para ello, hay que aplicar contra el odio, la educación;  contra la inadaptación, la integración; y, sobre todo, contra el terror, la democracia.

Un comentario

  1. No ha sido un atentado islamista, ha sido un atentado homófobo. Todos los expertos apuntan a que DAESH simplemente ha aprovechado los «leves» vínculos para autoadjudicarse el ataque.

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