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Descastellanizando el castellano

Cabe la posibilidad de que esté llegando a sus últimas horas. La posibilidad de que ya no dé más de sí. La posibilidad de que la hegemonía del inglés esté comenzando a hacer mella en el resto de lenguas, invadiéndolas poco a poco pero realmente a una velocidad insospechada, como el cangrejo rojo americano al de nuestros ríos. Es posible que la globalización suponga irremediablemente la homogeneización no solo de aficiones y valores, sino también de rasgos tan característicos como el lenguaje.

Cabe esa posibilidad. O también puede ser que la sociedad, nuestra sociedad concretamente, se deje influenciar cada vez más y a un ritmo preocupante por los medios de comunicación de masas y las redes sociales, a través de los cuales se nos imponen inexorablemente las modas, los criterios desde los que juzgamos los hechos que ocurren y, cómo no, la forma de hablar.

En un mundo en el que la comunicación se ha extendido exponencialmente hasta volverse universal, instantánea y eficaz, los hispanohablantes cada vez nos entendemos menos. Esto es una muestra de que lo importante ya no es la transmisión de información, opinión o emociones, sino la apariencia, el tan a la orden del día “postureo” y el ser cool. Nos encanta ser populares, ganar followers, parecer más modernos (aunque por dentro seamos troncos caídos y marchitos), creernos relevantes para la opinión pública general y sentir que dominamos el inglés de una forma amazing.

Evidentemente, la adopción de vocablos provenientes de otros idiomas no es un acontecimiento extraordinario ni por el cual deban saltar las alarmas. De hecho, en su correcta medida es algo sano y que muestra la constante evolución en la que se encuentra la lengua. No obstante, en los últimos años, el nivel de extranjerismos recogidos (muy especialmente del inglés) ha crecido por encima de sus posibilidades, desde palabras que no es necesario emplear porque hay términos exactamente iguales en español (nótese que el que escribe jamás entrenará su body en el gym), hasta otras de tal nivel técnico y complejidad que, ni sabemos a ciencia cierta lo que significan en su lengua de origen, ni en la nuestra. Ni mucho menos nos interesa.

El idioma de Cervantes es la tercera lengua más hablada del mundo. Cualquiera lo diría. Si el autor del Quijote viese la masacre que estamos haciendo con nuestra lengua, si Góngora supiese en qué se ha convertido la riqueza de sus sonetos, si Unamuno o Baroja leyesen lo que ahora es habitual encontrar incluso en los medios más rigurosos… probablemente incluso ellos se unirían a la causa y comenzarían, de igual manera, a importar términos desmesuradamente y a destrozar nuestro idioma. Porque hasta el más pintado cede ante esta descastellanización que estamos haciendo del castellano.

 

La fotografía que ilustra este artículo es una Viñeta de Forges.

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