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El Espejo

Es el cristal en el que millones de rostros se miran cada día. El lugar en el que los metrosexuales más esmerados pueden mostrar los frutos de largas jornadas de esfuerzo en el gimnasio. Donde los más presumidos depositan horas y horas buscando su mejor perfil. Un lugar por el que los más tímidos pasan de puntillas, dejando ver sus rasgos solo parcialmente o incluso ocultándolos totalmente. Un lugar en el que las personas disfrutan de ver y ser vistas, donde los más exhibicionistas encuentran la materialización del mismísimo Edén. Un espacio en el cual algunos diseñan máscaras tras las que ocultarse día tras día, al mismo tiempo que otros deciden desnudarse, muchas veces más en cuerpo que en alma. Aunque existen personas que no encuentran especial disfrute en transitar por este rincón, raro es el reflejo que este no contenga, los momentos que no guarde, las miradas que no capte y los nombres que no recuerde. La RAE lo define como una “tabla de cristal azogado por la parte posterior, y también de acero u otro material bruñido, para que se reflejen en él los objetos que tenga delante.”. Sin embargo, si le preguntas a determinadas personas podrían decirte que para ellas, un espejo se parece más a una cárcel, a una tortura, a un individuo cruel y despiadado que no tiene reparo en castigarte una y otra vez.

Muchas veces me paro a pensar en lo que podría suponer para alguna de estas personas plantarse frente al espejo. Imagino lo que supondría mirarse directamente a los ojos, reflejados en él, intuyendo lo que pasará cuando tu mirada comience a recorrer tu cuerpo, del mismo modo en que la víctima observa desde la playa con pesar cómo se aproxima la silueta de lo que será la ola de un tsunami. Este único pensamiento me entristece, pero mi consternación aumenta cuando pienso que mirarse en el espejo no es el único obstáculo  al que estos individuos tienen que hacer frente. Me imagino a esta misma persona, pongamos que es una mujer, yendo a comprarse algún pantalón y comprobando, como lo he hecho yo en demasiadas ocasiones, que la máxima talla que hay es una 36. La puedo ver, caminando por la calle, viendo cómo en los anuncios de las diferentes marcas aparecen modelos perfectas, diosas caídas del cielo. Puedo percibir el anhelo que siente de ser como ellas y la comparativa que hace en su mente entre estas fotografías que aparecen en grandes carteles y la imagen de su propio cuerpo desnudo ante el espejo. Si quiero, puedo imaginar a esta persona escuchando una y otra vez anuncios en la radio y en la televisión que te invitan a adelgazar e incluso la puedo observar buscando en alguna página de internet consejos acerca de cómo hacerlo. Pero, sobre todo, lo que más me duele, es que puedo imaginarme perfectamente cómo ella recibe estos mensajes de la propia sociedad, que la juzga, que le exige que sea esbelta y delgada y bella y delicada y…

Puedo imaginar todas estas cosas, pero lo cierto es que no hace falta. Existen, son reales, ocurren constantemente a nuestro alrededor. El otro día recibí estupefacta un enlace para que firmara una petición que tenía como objetivo acabar con una página. Esta página daba consejos para adelgazar, llegando a poner en peligro la salud de las personas que los siguieran. Somos nosotros mismos, a través de los cánones imposibles de belleza que creamos, los que generamos estas situaciones, pero también somos nosotros los que podemos remediarlas. Es el momento de mirarnos con sinceridad ante el espejo y preguntarnos ¿es esta realmente la sociedad que queremos?

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