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El Último Santo

Se abre el telón al ritmo de un Show Must Go On adaptado para la ocasión. Justo en el centro del escenario, el mismísimo rostro de Satán, con una mirada más pícara que amenazante, se nos aparece enmarcado, con una fulgurante luz que lo ilumina. A la izquierda, reposado en un elegante sillón de considerable tamaño, lo hayamos a él mismo. La humareda que surgía de todos lados, los tonos intensos que teñían las paredes del lugar y el candelabro que colgaba del techo habían tornado el aspecto de la sala hasta traernos un trocito de este particular averno a la ciudad de Sevilla. Esta fue la puesta en escena con la que nos recibió Manu Sánchez a todos los que acudimos al Fibes el pasado domingo.

El Último Santo se presentaba como un viaje hacia el Apocalipsis, pero desde el momento en el que este Satanás de chalequillo estampado y pantalones ajustados, de ojos ahumados y sonrisa nívea, de flequillo a un lado y barba puntiaguda comenzó a hablar, todos los allí presentes experimentamos una de las mejores acciones que se puede llevar a cabo en esta vida y una de las principales razones por las que esta merece la pena: la risa. Pocos minutos le bastaron a Manu para arrancar de entre el público las primeras carcajadas y esto continuaría siendo así hasta el final del espectáculo. Mientras nos relataba la historia de nuestra propia religión desde un punto de vista mucho más cotidiano, sacaba a la luz detalles de nuestro día a día que son tan sencillos y a la vez tan difíciles de advertir, tan comunes y tan ignorados, que nos hacía creer firmemente en la omnipresencia de este demonio, que se había colado en las casas de cada uno de nosotros en los momentos en los que, como meros mortales, nos mostrábamos más humanos. La comedia de Manu se expresa a través de un idioma universal, lleno de situaciones a las que todos hemos tenido que hacer frente, lleno de trampas en  las que todos hemos caído, haciendo que nos conozcamos mejor a nosotros mismos. Él coloca a los espectadores ante un espejo y los lleva, no sólo a mirarse detenidamente, sino a algo mucho más importante: a reírse de ellos mismos.

En un mundo en el que absolutamente todo se mueve a la velocidad de la luz, en el que las personas son bombardeadas continuamente con datos, imágenes e información, en una sociedad que existe por y para las redes sociales, Manu ha conseguido que nos separemos durante unas horas de nuestros teléfonos y empleemos parte de nuestro tiempo, por un día, exclusivamente a reírnos, y no sólo eso: lo ha hecho sin que apenas nos demos cuenta, con esa capacidad que posee de convertir las horas en minutos.

Combinando  referencias acerca de nuestra actualidad más reciente con temas de toda la vida, es Satán, por primera vez, el que nos conduce a la salvación y nos indica el camino hacia el Cielo. Corrupción, conflictos, enfermedades, maltrato, asesinato, catástrofes naturales… La vida puede parecernos injusta, cruel, inhumana… y, en ocasiones, lo es. Pero, si hay algo que nos recuerda este espectáculo, es que la vida también es maravillosa. Aunque ignoro las circunstancias personales de cada uno de los espectadores con los que me encontré ayer, estoy segura de que muchos de ellos probablemente no estuvieran atravesando por un buen momento, pues la existencia tiene diversos caminos en los que no siempre es firme la tierra que se pisa. Sin embargo, la cara mala del mundo desapareció durante un momento, se marchó de la sala en el instante en el que comenzó el espectáculo. Si hay algo que nos enseña El Último Santo es que debemos tratar de disfrutar de la vida y, si hay algo que nos regala Manu Sánchez,  es la oportunidad de hacerlo, porque la risa es una de las principales razones por las que merece la pena vivir.

 

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