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colas en los cines yelmo en gijon-xixon. 15 01 2014. foto joaquin pañeda.

Excepción cultural: ¿Una quimera, un problema o una cuestión necesaria?

Con respecto a la cuestión“excepción cultural” me posiciono a favor de la misma, si bien creo que acarrea varios problemas sobre los que conviene reflexionar.

Fuente: Cinemanía.

Para los que no conocen este concepto, básicamente, consiste en una herramienta que multitud de países (como Canadá o varios de la Unión Europea) deciden adoptar con la intención de preservar sus raíces culturales. Para ello, se aplican  una serie de medidas (como las ayudas y subvenciones o las restricciones a productos culturales extranjeros). En definitiva, consiste en tratar a los productos culturales de todo tipo como “especiales” y no someterlos tal cual a las leyes del mercado libre y el comercio internacional. Aclarado esto, pasamos a mi opinión (estrictamente personal) del asunto…

Por una parte, la excepción cultural tiene indudables ventajas.Tenemos que tener en cuenta que si siguiéramos las leyes del mercado en este caso, las pérdidas no se traducirían únicamente en la desaparición de una empresa, sino en la identidad cultural de un país. La cultura debe estar “viva”, y para ello, necesita de una producción constante.Teniendo en cuenta los altos costes de producción y los elevados riesgos, cualquier aliciente económico  en forma de ayuda o subvención es siempre de agradecer para incentivar a un continuo productivo, así como a nuevos creadores y emprendedores.

Sin embargo, no  coincido con la idea de establecer restricciones a los productos audiovisuales competidores. Por un lado, supone un ejercicio que desincentiva a los productos propios, ya que al restringir el visionado de la competencia (llevado a un extremo, incluso su prohibición) la producción nacional puede “dormirse en los laureles” y llevar a cabo obras poco competitivas. Además, parece no querer resolver el problema de fondo: la baja competitividad de los productos audiovisuales bajo un determinado patrón cultural.

Precisamente recalco este problema porque se ha demostrado en el pasado que determinadas obras españolas  han funcionado excepcionalmente bien en el extranjero. Tan solo habría que comprobar las cifras en taquilla de la película Durante la tormenta de Oriol Paulo. Estrenada en España en 2018, pasó sin pena ni gloria, con una recaudación bastante discreta. Sin embargo, en China lleva ya 11,2 millones de dólares  recaudados. Esto mismo ya pasó con la anterior cinta del director Contratiempo, que recaudó 30 millones de dólares en el país asiático. Fuente:https://www.elespanol.com/cultura/cine/20190403/pelicula-espanola-arrasa-taquilla-china-fracaso/387962030_0.html

Durante la tormenta (2018), el éxito de viajes temporales que no terminó de funcionar en nuestras pantallas. Fuente de la imagen: Netflix

Parece difícil de explicar, pero me permito el lujo de teorizar respecto a su triunfo en tierras extranjeras. Vista la película, Paulo cuenta una historia atemporal y sin fronteras. Si bien el lenguaje hablado es el castellano y la película cuenta con reparto y ambientación patrios, las claves del guion pueden ser entendidas por espectadores de cualquier parte del mundo: una historia de viajes en el tiempo, con giros sorpresivos, un asesinato y una historia de amor como condimentos a la mezcla. Es una historia con la que cualquiera puede conectar, sin tener idea alguna del patrón cultural de España. No digo que no tengamos que contar nuestras historias más personales (propias de nuestra cultura y folclore), pero sí que es cierto que también debemos de parar a pensar en términos globales (sobre todo teniendo en cuenta el actual mercado audiovisual y la influencia del fenómeno de la globalización). Por tanto, considero que la producción en España debería buscar un equilibrio entre producciones marcadas por nuestra cultura e historia y producciones con aspiraciones internacionales.

Además, pese a que es cierto que los productos audiovisuales estadounidenses son tremendamente competitivos y fácilmente vendibles en cualquier país extranjero, en España se ha demostrado varias veces que algunas cintas con sello patrio triunfan por encima de la competencia yanki. Un ejemplo claro y reciente es la taquilla de estas últimas vacaciones de  Semana Santa. Estrenos tan potentes como Shazam! o After han sido destronados de la taquilla con el estreno de la nueva comedia de Mediaset: Lo dejo cuando quiera, que reacudós 1,5 millones de euros en su primera semana. Otro ejemplo más fue el estreno del último film de Almodóvar, que desbancó al último titán cinematográfico de Marvel Studios Capitana Marvel. Fuente:https://www.abc.es/play/cine/noticias/abci-comedia-ernesto-sevilla-arrebata-pedro-almodovar-record-taquilla-espanola-2019-201904151254_noticia.html

Lo dejo cuando quiera (2019),el nuevo éxito de Mediaset que está arrasando en la taquilla española. Fuente: Telecinco.

Es cierto que en el mercado audiovisual internacional existe una concentración por parte de las productoras estadounidenses, que ponen en práctica tácticas de competencia desleal; pero industrias como la francesa o la española aún siguen siendo lo suficientemente potentes como para hacerles frente tanto en el mercado doméstico (como los ejemplos que ya he citado) como en otros mercados, destacando China como uno de los principales objetivos a conquistar. Fuente:https://elpais.com/cultura/2019/04/17/actualidad/1555507071_675814.html

Así mismo, creo que la mera idea de la “identidad cultural” de un país es un concepto confuso y que busca simplificar algo mucho más complejo. La cultura de un país es difícil de definir, incluso hay autores como Vargas Llosa que niegan su existencia. Tan solo hay que comprobar la enorme diversidad cultural que existe dentro de España para poder afirmar que la “cultura” española es difícil de esbozar bajo un único patrón. El flamenco es concebido en una clave cultural completamente distinta a  la de la jota aragonesa o las fallas valencianas, por poner algunos ejemplos. Como podemos deducir, en España no existe una única cultura, sino varias que coexisten y se retroalimentan entre sí. En esta línea, el archiconocido autor comenta lo siguiente en su ya citado artículo:

“(…)Porque la cultura de verdad no es nunca nacional sino universal, y las culturas, para serlo, necesitan estar continuamente en cotejo, pugna y mestizaje con las otras culturas del mundo. Ésa es la única manera de que se renueven sin cesar. La idea de «proteger» a la cultura es ya peligrosa. Las culturas se defienden solas, no necesitan para eso a los funcionarios, por más que éstos sean cultos y bienintencionados”.  

Fuente: El País. (https://elpais.com/diario/2004/07/25/opinion/1090706405_850215.html)

Por ello, podemos deducir que la existencia de productos extranjeros no solo enriquece la experiencia de las audiencias, sino también a los creadores nacionales (para aprender de sus claves, sus patrones culturales, sus historias que conectan con determinados públicos…).

Y de nuevo, me remito al artículo del escritor peruano para expresar mi escepticismo hacia aquellos que parecen determinar qué es cultura propia y qué no:

“¿Y quiénes serán los encargados de llevar a cabo ese delicadísimo discrimen entre el arte integérrimo y la basura? ¿Los burócratas? ¿Los parlamentos? ¿Comisiones de artistas eximios designadas por los ministerios? El despotismo ilustrado versión siglo veintiuno, pues”.


Fuente: El País. (https://elpais.com/diario/2004/07/25/opinion/1090706405_850215.html)

En definitiva, considero capital la existencia de la excepción cultural como instrumento de apoyo y ayuda a la financiación de los productos nacionales, pero no estoy a favor de las trabas hacia productos extranjeros. Por un lado, la creación nacional ya ha demostrado en varias ocasiones que puede competir tanto dentro de su propio mercado como en otros ajenos (y lograr resultados incluso mejores en el extranjero). Con lo cual, resultaría contraproducente que se tomasen medidas restrictivas en esos otros mercados que dificultasen la entrada de nuestras exportaciones. Así pues, por pura coherencia y por las enormes posibilidades de expansión en otros mercados, no creo en las restricciones dentro del mercado audiovisual (de ahí que crea en la “excepción cultural” con ciertos matices). Por otro lado, la existencia de competencia extranjera siempre servirá como incentivo para que los productos bajo el sello nacional mejoren y luchen por ser más competitivos. Y también conviene resaltar que la presencia de esos productos con patrones culturales ajenos aportan a la cultura propia elementos de los que aprender (como el avispado humor inglés o los thrillers procedentes de países escandinavos), sin la necesidad de renunciar a las historias más tradicionales , costumbristas o “autóctonas” que caracterizan a nuestra nación (son claves e indicativos de lo que funciona en otros nichos de mercado, que podrían servir a nuestros autores para entender qué triunfa más allá de sus propias fronteras). La excepción cultural debe ser una medida de apoyo (dadas las características del producto audiovisual), especialmente para la gente que comienza a dar sus primeros pasos en la industria audiovisual, y no un obstáculo que desincentive el esfuerzo o la competencia.

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