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La soledad de las piedras

La soledad se está convirtiendo en una epidemia mundial. Nunca antes habíamos estado tan conectados con tanta facilidad y rapidez, ni así de comunicados con la mayor parte del mundo, pero tampoco tan absortos. ¿Utilizamos estos medios como es debido, o realmente, solo estamos comunicados superficialmente con los demás?

Aunque hoy en día, nadie duda de la utilidad de los avances tecnológicos, se podría decir que estos nos han llevado a engordar nuestra barrera emocional, al crear a través de Internet la vida que queremos tener y no tenemos para recibir del resto una falsa aprobación, una competición por ver quién disfruta más, fingiendo mejor; o una vida que tenemos, pero que no sabemos disfrutar sin hacerla pública, ni siquiera el amor, sea del tipo que sea. Aun con todo, esta ilusión imaginaria de nuestra propia realidad podría ser bonita, si no tuviera consecuencias negativas detrás que hundieran por completo su parte positiva, y estas son: nos creemos en serio esa verdad a medias, y no solo la nuestra, sino también la de las demás personas, estén más o menos hiperconectados, o incluso nada.piedras

Hemos asentado en nuestra cabeza el pensamiento de que somos los únicos que fingimos, lo que por una parte nos hace sentirnos más solos e incomprendidos, y por otra, nos lleva a pensar que los demás son de piedra y nos lo deben todo a nosotros, que a su vez, hace que los demás se sientan más solos también. Es una retroalimentación continua que nos convierte en seres aparentemente inertes y solitarios.

«Cuando más desconectados estamos, más conectados nos sentimos»

Nada más cierto que el dicho de que «cuando más desconectados estamos, más conectados nos sentimos.»¿Cómo volver atrás? ¿Cómo crear un movimiento de concienciación por la empatía hacia todo ser sintiente? ¿Es ya imposible? ¿Hemos llegado al punto en el que ya confundimos hasta quiénes somos, hasta a quiénes queremos?

La soledad de las piedras, es una definición de la sociedad tan real como aterradora, y tan frustante como pensar que ya no habrá retorno.

Fotografía: Fernando Pino.

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