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Memoria

En primer plano se encuentra una mujer. Podría describir los colores del pañuelo que envuelve su cabeza, mencionar que no solo aparece ella en la fotografía, que a su espalda son muchos los que permanecen de pie y que incluso una de esas personas la rodea con su brazo y apoya la cabeza en su hombro, tapándose el rostro y lamentándose. Podría describir todo eso, pero la realidad es que estos detalles quedan en un segundo plano ante la trágica belleza de nuestra protagonista. Sus ojos azulinos, clavados en el cielo, están envueltos en una fina capa, cristalina, formada por lágrimas que se encuentran a punto de caer. Las facciones de su rostro no pueden expresar con más claridad el dolor sufrido y su mirada llena de súplica  se nos clava en el alma y revuelve nuestras conciencias.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras y, mientras escribo esto, me doy cuenta de cuánta razón tiene esa afirmación. La escena que acabo de describir no pertenece a ningún pasaje bíblico, ni se trata de un extracto de la obra de cierto esperpéntico dramaturgo español. Esta descripción pertenece a una instantánea tomada por un fotógrafo sirio. Ninguna de las palabras que he empleado anteriormente han sido capaces de transmitir la crudeza de esa estampa. Solo al contemplar la imagen con tus propios ojos puedes hacerte una idea del desgarro que irradia esta mujer. No sé si esa fotografía fue tomada hace días, semanas o meses. No conozco el paradero de su protagonista ni los acontecimientos a los que tuvo que hacer frente tras retirar su mirada del cielo. Sin embargo, sí sé que no ha sido la única persona que ha tenido que vérselas con el horror cara a cara y que, por desgracia, tampoco será la última.

Hoy hace poco más de un mes que Salvados nos acercó, a través de  las pantallas de nuestros televisores, al drama que se estaba viviendo en las aguas del Mediterráneo. Astral contó con una admirable audiencia en cines y también experimentó un gran éxito en la pequeña pantalla. Esta fue la última sacudida de realidad que recibió nuestra sociedad en lo referente a los refugiados. Tras la emisión del programa, muchos fueron los indignados y escandalizados que, a través de las redes sociales, se abalanzaron sobre nuestros dirigentes por permitir tal barbarie. Sin embargo, ese malestar ya parece estar apaciguado. Consecuencias que implica, supongo, el vivir en una sociedad con memoria de pez. Y es que, actualmente, el efecto que dejan dichas atrocidades en nuestras conciencias dura poco más de un día. Las noticias nos hieren, nos agravian y nos avergüenzan mientras las contemplamos, pero, posteriormente, estos sentimientos vuelven al lugar donde permanecían escondidos a esperar, de nuevo, que otra sacudida de realidad nos agite. A esperar que las olas del mar arrastren hasta nuestras orillas algún cadáver de una infancia que nunca podrá dejar de serlo. A esperar que la imagen inmortalizada por un fotógrafo sirio aparezca adjunta a 140 caracteres. Solo en esos momentos volvemos a ser conscientes de la tragedia que nos rodea y de que, inevitablemente, somos partícipes de ella, a través de nuestra pasividad.

Por eso, debemos tener siempre presente que, el que en un medio de comunicación no se dé cabida diariamente a un conflicto no quiere decir que este no siga estando ahí. Miles de personas luchaban por sus vidas hace unos meses en nuestras aguas y lo siguen haciendo hoy. Seamos conscientes de esta situación, exijamos a nuestros políticos una solución. Hagámoslo ya. Hagámoslo ahora. No vaya a ser que se nos haga tarde. No vaya a ser que se nos olvide, de nuevo.

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