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Nunca la vi más humana y a la vez más distinta

foto articulo marzo

Nunca la vi más humana y a la vez más distinta. No la vi camino de la campana cubierta por el palio de Juan Manuel y acompañada del discípulo amado. No iba precedida por largas filas de nazarenos revestidos con la túnica blanca de los de San Juan de la Palma ni sonaba Amarguras de fondo. Era domingo, pero no ese que se apellida de Ramos. No había un sol radiante de esos que te hacen volver al tiempo sin tiempo, a la más tierna infancia. No había una candelería encendida al completo que iluminara su rostro, ni había flores que perfumaran su caminar, lento pero firme, al encuentro de su hijo. Su tez no se había vuelto morena por el humo de las velas que, ascendiendo hasta el mismo cielo, elevaban las oraciones, los miedos y las esperanzas de todo el que ante su mirada se postraba. No estaba en Sevilla, no era aquello San Juan de la Palma y ni siquiera era Domingo de Ramos. Pero allí estaba Ella, frente a frente. Su mirada la delataba. Nunca la madera fue más humana que en el preciso instante en el que el fotógrafo apretó el botón y recogió el momento. Fue allí, ante aquella valla levantada para aislarnos del terror que la barbarie produce más allá de la frontera que marcan nuestros televisores, donde dos lágrimas delataban el dolor que solo la desesperación más profunda de todas puede producir. Allí, en aquel campamento en medio de la nada, perdido de la mano de Dios, fue donde, en la piel de ébano de aquella madre que acaba de ver como la vida escaba del escuálido cuerpo de su pequeño, se encarnó todo el dolor de San Juan de la Palma. Fue sin quererlo, sin ser consciente de ello. En un abrir y cerrar de ojos lo comprendí todo. La Amargura no solo sale a la calle el Domingo de Ramos, su mirada cansada no solo busca consuelo en el crepúsculo del que, para muchos como yo, es el primer día del año. La Amargura se hace presente en cada una de las miradas de las madres sirias que, huyendo de las atrocidades que bestias inhumanas hacen ensuciando el nombre de Dios, no tienen más remedio que embarcarse en una barca hinchable con un destino incierto en busca de una oportunidad. La Amargura se muestra en las manos cansadas de las madres coraje que luchan contra viento y marea, contra la desesperanza de verse cada día más faltas de fuerza para cargar con la cruz de ver a sus hijos rodeados de la más absoluta de las miserias por culpa de la droga, y en las lágrimas de esas madres que no tienen qué darles de comer a sus hijos ni pueden ofrecerle un futuro mejor que el hambre y la miseria.
Por eso no debemos dar de lado nunca a quienes nos necesitan. De nada valdrían las flores, las velas ni las lágrimas si después volvemos la cara ante los que sufren. Las cosas no se arreglan apagando el televisor y mirando para otro lado. Que no lo veamos no significa que no esté ahí. Que todos aquellos que, como el que les escribe, haga estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral, lo reflexione durante la misma. Como dicen los nazarenos de la archicofradía del Amor al pedir la venia en campana, a Dios por el Amor. Abramos pues no solo nuestros ojos, sino nuestros corazones. Que la televisión no se convierta en un nuevo muro de Berlín que nos separe de la cruda realidad de nuestros semejantes, sino que se erija en puente que nos permita ser conscientes de la realidad que nos rodea y que el pensar que no podemos hacer nada no nos deje sentados en el sofá. Seamos conscientes de que dar un kilo de alimentos, el compartir no ya lo que tenemos, sino lo mucho que nos sobra, y el dar un abrazo a quien lo necesita es algo que todo aquel que se sienta cristiano debe hacer, y de que una estación de penitencia que no conlleve un cambio a mejor en nosotros no vale para nada.
Esta semana santa no nos quedemos solo en las formas. Convirtamos las lágrimas de Amargura de nuestros semejantes en sonrisas como la de la Esperanza y que la penitencia de estos días sacros nos hagan conscientes de que a nuestros sagrados titulares nunca los veremos más humanos y, a la vez, más distintos…

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