No te pierdas:
Inicio / Opinión / ¡Qué no se acabe el Carnaval!

¡Qué no se acabe el Carnaval!

Poco más de dos semanas han pasado desde que febrero se despidió. Poco más de dos semanas, desde que sacudimos de nuestras calles un polvo irisado que aún luchaba por mantenerse pegado al pavimento. Los disfraces pintorescos, atrevidos y canallas ya no habitan las calles, ya no se lucen en el Falla, ya no se transportan a la casa de todos los andaluces que encienden la tele en estas fechas. Las manos milagrosas que pasaban las horas y las horas cubiertas de maquillaje, trazando nuevas pieles, han escondido de nuevo su talento y dedican su tiempo a tareas cotidianas, menos bulliciosas, pero también menos estimulantes. Ya pasó el Carnaval, la fiesta en la que los esclavos romanos se convertían, por un día, en los amos que nunca serían, disfrutando de todos los lujos, siendo por una vez ellos los servidos. Ya pasó el Carnaval, la fiesta en la que Andalucía deja ese espíritu servil que en apariencia tanto le acompaña y, más que en ningún otro momento, habla alto y claro y protesta y reclama y exige y se transforma, febrero tras febrero, en una voz crítica que se hace escuchar en el resto de España; en un esclavo que decide, por fin, ser su propio amo.

Para miles de personas, estas fiestas son un refugio donde encontrarse siempre arropado por el calor de la risa, donde poder esconderse de políticos corruptos, de nobles deshonestos, de bancos asediantes, de “gente sin casa y de casas sin gente”. Un espejo en el que vernos reflejados en nuestras situaciones más habituales. Un lugar en el que hay cabida para lo considerado por algunos “vulgar”; en el que lo soez no sólo está bien visto, sino que, además, se planta en medio de un escenario para sacarnos la más profunda de las carcajadas. Sin embargo, no son sólo chistes lo que se escucha a través las voces de los valientes que deciden actuar en el Falla. Cádiz en Carnaval grita cantando en sus pasodobles y sus popurrís. Cádiz, y toda Andalucía en ese momento, se vale de la más afilada, atrevida e inteligente de las sátiras para plantarse ante nuestros dirigentes y dejarles bien claro que nosotros, sus ciudadanos, no somos una masa indiferente que se deja arrastrar, que sus fechorías y abusos no han pasado desapercibido, que nosotros hemos estado ahí en todo momento y que, por unos días, van a ser ellos el objeto de nuestra burla y vamos a ser nosotros los que riamos los últimos.

Una pobre niña de apenas un año llamada Andalucía es abandonada por su madre Susana,  que ha decidido que se marcha a Madrid, ¡¡y sin remordimientos!! Una chirigota que cae bien, muy bien, excepto al rey emérito, acostumbrado a caer de otras formas; Un muerto que está muy vivo y que no duda en reírse de la muerte; Un pasodoble reivindicando la igualdad en una fiesta en la que todavía hay ojos que prefieren no ver a la mujer. Todo esto ha tenido lugar este año en Cádiz, todo esto ha ocurrido en Andalucía. Sí, en Andalucía. En esa comunidad que no opone resistencia cuando ciertos políticos la emplean únicamente como lanzadera hacia la capital; esa cuyos habitantes manifiestan constantemente su amor por la tierra en la que han nacido, mientras fingen otro acento para ocultar cualquier rasgo que los identifique al viajar a otras tierras más lejanas; esa que no duda en presumir de ser la cuna de Lorca, de Machado, de Bécquer, de Góngora, mientras se posiciona, año tras año, en los puesto más bajos en materia de educación, mientras es la reina del fracaso escolar; esa que se atreve a pronunciar ese verso tan preciado de su himno “andaluces, ¡levantaos!”, mientras no le tiembla el pulso en votar, elección tras elección, al partido que lleva gobernando desde tiempo inmemorial. Esa es mi comunidad y son precisamente sus sombras las que me hacen amar año tras año el Carnaval, porque en él no sólo se rebelan los que se dejan la voz en el Falla. También lo hacen las personas que aplauden cada una de sus letras y aquellos que dan clic al botón de cualquier red social para compartir un momento con el que se han identificado.

Es por eso que no puedo hacer otra cosa hoy, cuando febrero empieza a parecer cada vez un recuerdo lejano, que no sea pedir que adoptemos el carnaval como forma de vida: que el momento en el que estemos con los pitos sea el único en el que nuestras bocas permanezcan cerradas; que las manos con las que aplaudimos tomen, con la misma firmeza, los votos que cambiarán nuestra realidad; que no dudemos en disfrazarnos si ello nos ayuda a mostrar abiertamente lo que de verdad pensamos; que la creatividad permanezca como modo de resistencia ante la devastadora realidad; que no dejemos de mirar con ojos críticos; que no se nos canse la garganta de cantar, si es para gritar a lo que sentimos injusto; que febrero no sea el único momento reservado para dar un golpe en la mesa; que no se marche nunca el espíritu carnavalero, que no se acabe nunca el Carnaval.

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

x

Te puede interesar

Reseña: La Exclusiva

La Exclusiva es una obra escrita por Annalena McAfee, perteneciente a la editorial Anagrama publicada en 2012 que hace reflexionar ...

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies
Ir a la barra de herramientas