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Tolerancia, un valor temido

La tolerancia es uno de los valores más importantes que rigen el progreso humano. No obstante, la realidad es que nos encontramos divididos y desunidos, olvidando su relevancia y necesidad. Afirmaba Albert Einstein haber nacido en una triste época en la que era más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio. Aunque no se equivocaba, si un siglo después volviera a nacer habría hecho las maletas y regresado a su tumba. Nunca antes había existido tanta diversidad de pensamiento de forma tan manifiesta, y hoy en día, todos celebramos la relativa libertad de expresión de la que disponemos pero que pocos usan de forma correcta por miedo al cambio, conscientes o no.

Actualmente, nos encontramos en un momento clave del cambio en casi todos los ámbitos y seguimos sin atrevernos a salir de la zona de confort de nuestros ideales. Pero, ¿estamos siguiendo el camino correcto? Lo dudo. ¿Cómo seríamos si en lugar de vivir en el paraíso de la doctrina creciéramos en el tormentoso camino de la razón y constante autocrítica? Puede que menos felices, pero también menos ciegos, más justos, inquietos, y empáticos adquiriendo una mayor madurez social en base a la tolerancia.

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma – Aldous Huxley.

No podemos construir el progreso social que ahora mismo tanto reclamamos en base al miedo a los cambios, y el rechazo a las nuevas ideas, la pereza a razonar sobre los argumentos de los demás y el pánico a darnos cuenta de que hemos estado equivocados todo el tiempo en el que hemos estado encerrados en fijas convicciones. Si la dejáramos, la libertad de expresión nos daría la capacidad suficiente para replantearnos lo inconcebible, sin llegar a amparar la falta de respeto hacia la conciencia y reflexión de los demás. Por mucho temor que nos cause, en el punto en el que nos encontramos, es posible que necesitáramos replantearnos el camino que nos lleve a una sociedad más acogedora y respetuosa dejando de autoposicionarnos en un pedestal inicial y casi siempre también final, y en la supremacía ante el debate y nuestra forma de vida. Por ello, me quedo personalmente con la reflexión de Unamuno cuando señana que la peor intolerancia es aquello a lo que llaman llevar la razón.

Y es que, en realidad, la verdad absoluta tiene alma libre.

 

(Monumento a la tolerancia, Chillida, Sevilla. Foto de Raúl Cacho).

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