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Un lío embarazoso

Leer los diferentes cambios que se producen en el cuerpo de una mujer cuando está embarazada puede conducirnos al cuestionamiento de los motivos por los que estos seres insólitos, las madres, deciden dar este paso. Sin embargo, ni las náuseas, los vómitos o el cansancio que ha tenido que padecer durante nueve meses Samanta le han otorgado el poder de expresar libremente su opinión acerca de esta experiencia. Ni siquiera el haber traído al mundo una nueva vida ha sido suficiente para librarla de la lapidación de la que esta periodista ha sido víctima a través de las redes sociales. En esta sociedad nuestra, que no tiene reparos en presumir de su progreso, que tan a menudo se vanagloria de ser, indudablemente, la más civilizada de todas, sigue sin haber hueco para aquellas personas que desean expresar una opinión que difiere de la de la mayoría.

“Tener hijos es perder calidad de vida. No soy más feliz que antes”. Estas son las palabras pronunciadas por Samanta durante una entrevista con motivo de su libro “Madre hay más que una”. Caída la venda de los ojos que gran parte de las mujeres tiene antes de dar el paso de ser madre, la reportera decide contribuir con este ejemplar a acabar con la idea de la maternidad como un estado idílico y se revela decidida a contar la dureza, los inconvenientes y el enorme sacrificio que supone ser responsable de una nueva criatura. Nadie está obligado a leer su libro para opinar sobre estas declaraciones. Por el contrario, podría haber resultado de gran utilidad que sus detractores, al menos, se hubiesen preocupado en leer con detenimiento dicha entrevista al completo. Tal vez así, se hubieran evitado muchas confusiones. En ningún momento Samanta expresa que la maternidad haya sido lo peor que le ha pasado en la vida o que tener a sus hijos haya sido el mayor error de los que ha cometido. En ningún momento arremete contra las madres que, al contrario que ella, han encontrado en la crianza de sus hijos la vocación de sus vidas y que no encuentran mejor misión que la de albergar a sus vástagos. A las madres “por bandera” que tanto han salido a defenderse, a las madres orgullosísimas de serlo, a ninguna de ellas les ha delicado Samanta una sola palabra. Sin embargo, ellas no han tenido reparo en asomarse por la peligrosa ventana que nos abre Internet para proteger su orgullo herido, sin darse cuenta de que aquello de lo que se defienden son simples molinos y que son los prejuicios que anidan en su cabeza y las palabras que ellas mismas han añadido en su mente las que los han convertido en gigantes.

Muchas personas han calificado a la protagonista de esta polémica de egoísta y la han acusado de ser una caprichosa millonaria que está demasiado ocupada yendo a salones de belleza como para preocuparse por alguien que no sea ella misma. Muchas personas, desgraciadamente, han interpretado que para Samanta los conceptos de “calidad de vida” y “felicidad”  van ligados a una vida despreocupada y llena de lujos. Nadie se ha parado a pensar, en cambio, que estas palabras pueden ser el reflejo de la realidad de cualquier madre o padre, independientemente del nivel de su salario. Solo basta con mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta: asesinatos, secuestros, drogas, accidentes de tráfico… ¿Qué padre no ha sentido miedo alguna vez por sus hijos? ¿Qué padre no se ha preocupado por ellos? ¿Qué padre no ha sufrido? El amor conlleva inevitablemente el sufrimiento y el amor más grande jamás concebido acarrea, consecuentemente, la peor de las angustias. ¿Es un disparate, por lo tanto, concluir con esto que tu calidad de vida como padre es peor que la calidad de vida de tus hijos?

Samanta en su entrevista lanza un gran alegato a favor de la mujer que cobra, tras todos los desprecios recibidos por muchas féminas, más significado que nunca. “Abandonemos ya esta idea de que la maternidad es el último escalón en la pirámide de felicidad de una mujer”. Si Samanta decidiera que prefiere vivir una vida fuera de responsabilidades, si se diera cuenta de que ser madre no es su camino, si, como ha hecho públicamente, reconociera que ser madre para ella no ha supuesto ni la mitad de lo que la sociedad le había anunciado que iba a suponer… ¿Qué? ¿Quiénes somos nosotros para juzgarla? En una sociedad realmente avanzada y verdaderamente civilizada, las mujeres son libres para decidir, en caso de querer ser madres, cuándo y cómo vivir sus embarazos. En una sociedad, en definitiva, digna de orgullo, las personas pueden expresar su opinión sin recibir insultos en masa. Tristemente, esa sociedad aún está por llegar.

 

 

 

 

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