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Las claves del informe PISA 2015

En el Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes o Informe PISA de 2015, España vuelve a ocupar una posición muy baja respecto a otros países con niveles de desarrollo similares, algo que ha traído consigo reacciones tanto del panorama político como de la comunidad educativa. Al margen del revuelo mediático, analizaremos las claves y las conclusiones que nos muestra este estudio 

En primer lugar, hay que señalar que el informe PISA se realiza a estudiantes de 15 años, donde se les evalúa por medio de pruebas estandarizadas en base a tres criterios: Competencia en ciencia, comprensión lectora y competencia en matemáticas. 

A partir de aquí, la OCDE saca a la luz los resultados, con el objetivo de que los países los tengan en cuenta para paliar las posibles anomalías con las que puedan contar sus respectivos modelos educativos. Una vez hecho esto, se le da una gran cobertura informativa, recogiendo las reacciones de todos los actores que conforman el sistema educativo nacional. En el caso del informe PISA de 2015, se ha puesto el foco de atención en el ascenso en la clasificación que ha experimentado nuestro país respecto al PISA de 2012, aunque no ocurre lo mismo con la puntuación, donde hemos bajado algunas décimas. Se establece por tanto que nuestra aparente mejora en el ranking no viene dada por un incremento de la calidad de la educación española, sino por el empeoramiento de los resultados en el resto de países de nuestro entorno.

Así que con los datos encima de la mesa, se vuelve a abrir un debate que nos persigue desde que, a principios del presente siglo, se llevase a cabo el primer informe PISA con el que la OCDE pretendía otorgar una visión objetiva a uno de los temas que más preocupan tanto a dirigentes como a sociedad civil en general. Entre las declaraciones más esperadas, destaca la del ministro de educación español Méndez de Vigo, que más allá de hacer autocrítica en base a los resultados, ha optado por celebrar que España esté al mismo nivel de países tan punteros como Estados Unidos. Por supuesto, y como suele ser habitual, sigue prevaleciendo la autocomplacencia y el conformismo por encima de la crítica y el análisis en profundidad de un problema que nos afecta a todos.

Otra información que nos revela este estudio es el desglose por comunidades autónomas, donde se observan notables diferencias entre los distintos territorios que conforman nuestro país. En los más alto del podio se encuentra Castilla y León y la Comunidad de Madrid, y a una gran distancia de ellos, en las posiciones más bajas, Extremadura y Andalucía respectivamente.

Tras el análisis exhaustivo del informe PISA 2o15, a todos nos vienen a la cabeza preguntas sobre qué  estamos haciendo mal para que la educación no alcance los niveles mínimos que se le presuponen a un país desarrollado y de gran influencia como es España. Muchos analistas achacan los malos resultados a la falta de inversión y a los recortes que desde el gobierno se han ido llevando a cabo en los últimos años en materia de educación. Evidentemente no les falta razón, solo por el hecho de que tanto docentes como alumnos han visto empeorada su situación de un tiempo a esta parte. Pero aunque esto sea una de las razones, muchas personas coinciden en que el problema no sólo reside en lo meramente económico, sino también en la variable psicológica y en el concepto que tenemos sobre el proceso de formación del alumnado en general. Siempre se ha  considerado ir a la escuela como un sinónimo de obligación y de aburrimiento, como ese obrero que acude a su puesto de trabajo porque necesita un salario para vivir, y que ni mucho menos se plantea su actividad laboral como algo satisfactorio y de realización personal. Pues lo mismo le ocurre a ese chaval de 15 años que acude a una clase abarrotada de alumnos, con un profesor que imparte una lección para la que no se le ha preparado y, que además, se ve superado por la cantidad de contenido que debe impartir en un tiempo limitado y en unas condiciones para nada adecuadas.

Por lo tanto llegamos a la conclusión de que el sistema educativo español no emprenderá el vuelo por medio de leyes partidistas que sólo buscan un beneficio a corto plazo y cuyo único fin es el de ocupar portadas y debates televisivos. El problema reside en el propio concepto, en la forma en que entendemos la educación, algo que si nos paramos a pensarlo apenas se ha visto alterado en los últimos 50 años. Seguimos anclados en los mismos métodos que utilizaban nuestros abuelos, basados en la obligación y en un aprendizaje memorístico que sólo sirve para salir del paso y para engañarnos creyendo que realmente estamos aprendiendo, cuando a la hora de medir el nivel por medio de informes a nivel internacional, el resultado es francamente vergonzoso.

Aún así, y dejando al margen los análisis más pesimistas, habría  que acabar señalando que, a pesar de todo, España hasta no hace tanto era un país con un nivel de analfabetismo alarmante por razones tanto políticas como sociales, por lo que es importante afirmar que el progreso que ha experimentado nuestro territorio a nivel cultural es digno de elogio y admiración, sobre todo para todos aquellos padres que a pesar de no haber tenido la posibilidad de labrarse el futuro que les hubiese gustado, si que han puesto todo su empeño en que sus hijos tuvieran una educación de la que por desgracia ellos no pudieron disfrutar.

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