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El fármaco maldito, visto para sentencia

moRafael Basterrechea relata, mientras espera que se resuelva el juicio contra Grünenthal, cómo se vive en España la tragedia de la talidomida.

“A mi madre le dijeron que mis malformaciones se debían a una mala posición fetal; algunos médicos incluso sostenían que yo había nacido así porque Dios lo había querido”, recuerda Rafael Basterrechea entre risas que delatan su conmoción. Hicieron falta 40 años para que conociera, a través de un programa de televisión, que sus malformaciones no eran causa de una mala posición fetal, como afirmaban los médicos. Él es uno de los cientos de hijos de la talidomida y hoy espera impaciente una sentencia favorable en el juicio celebrado hace dos semanas que culmine con tantos años de lucha.

El pasado 14 de octubre, 186 afectados pedían en un juzgado de primera instancia de Madrid una indemnización de 204 millones de euros a Grünenthal, la farmaceútica alemana que patentó la talidomida. Este fármaco, comercializado en la década de los 50, se recetaba como calmante a las mujeres embarazadas para paliar las náuseas y provocó graves malformaciones en los fetos. “Mis brazos son más cortos de lo normal, no puedo doblar los codos y mi minusvalía es del 50%; además, tengo el canal auditivo estrecho y problemas de páncreas”, comenta Basterrechea, que es vicepresidente de la Asociación de Víctimas de la Talidomida de España (Avite) desde su fundación en 2004. A sus 48 años, siempre ha necesitado la ayuda de su madre para realizar actividades de la vida cotidiana, sustituida actualmente por la de su mujer.

Tras conocerse sus efectos, el fármaco maldito fue retirado del mercado alemán en 1961 y del español, dos años más tarde. Sin embargo, el afectado intuye que la talidomida siguió comercializándose varios años más: “La farmaceútica siempre ha negado los efectos del medicamento, acalló a los médicos responsabilizándolos de los problemas que pudiera causar y éstos se lo creyeron.” Afirma, además, que en más de 50 países no ha sido necesario llegar a los tribunales, gracias a un acuerdo por el que las víctimas eran indemnizadas. Sin embargo, no ocurre lo mismo en España, donde ha costado alrededor de 50 años que el Gobierno reconociera en 2006 a 23 hijos de la talidomida. A pesar de que se estima que son 300 personas las que están en la misma situación. No ha sido tarea fácil: “A Avite nos tocó manifestarnos unas cuantas veces a las puertas de la Moncloa”, cuenta el damnificado,  y su esfuerzo no empezó a ver resultados hasta que el CIAC (Centro de Investigación de Anomalías Congénitas) del Instituto de Salud Carlos III acreditó la relación que había entre la talidomida y sus consecuencias.

Por su parte, la abogada de la farmaceútica Grünenthal afirma que los miembros de Avite tenían que haber presentado la demanda mucho tiempo antes. “¿Cómo?” se pregunta Basterrechea, que denuncia la falta de información que se ha tenido en este país, en el que “no hay nadie que tenga ni idea sobre este fármaco por muy médico que sea”. Cuando tenía 7 años, a su madre le preguntaron si había tomado talidomida a lo que ella respondió que no, pues el medicamento que le recetaban para las náuseas era Softenon, nombre comercial de uno de los 10 distribuidos en España cuyo principio activo era la talidomida. Pero este último es un término que ha sido completamente ajeno al vocabulario de los españoles hasta 2003.

El periodo exacto en el que la talidomida altera las extremidades del feto es el comprendido entre los días 38 y 47 días de gestación y es por lo que muchas mujeres que lo tomaron dieron a luz hijos sanos, entre los que se encuentra la hermana mayor del miembro de la junta directiva de Avite. La explicación de que el suyo era simplemente un caso de anomalía congénita, como creían los especialistas, no acabó de convencer al vicepresidente de Avite, ya que en su familia no conocía a nadie con estas características y, por lo tanto, descartaba que se tratara de un problema genético. Además, “me han operado tres veces e iba habitualmente al hospital pero nunca veía a nadie como yo”, apunta.

Ahora, mientras espera la resolución del juicio, Rafael Basterrechea mantiene la esperanza de que como él, otros afectados puedan ir tirando de la hebra  y descubran que sus malformaciones también son causas de un medicamento que envenenó a sus madres.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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