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Kevin Walsh

La revolución empieza en el aula

Desde hace siglos, el pueblo masai , pueblo seminómada perteneciente a una región de Arusha, Tanzania, se desplazaba hacia los pastos más verdes en las diferentes estaciones para dar de comer a sus rebaños, alimento básico para su supervivencia, su única moneda de cambio

Los Masai llegaron a ocupar casi 200.000 kilómetros cuadrados en fronteras continuamente negociadas entre los diferentes grupos pastores que utilizaban la tierra y los recursos naturales. Aislados en un mundo semi-primitivo, el pueblo masai se encuentra en una situación de expolio y abuso por parte de otras naciones y culturas, obligados a apender una lengua que no es la suya, el kisuajili  (en el pueblo masai hablan maa), el recorrer cientos de kilómetros haciendo trueque para poder acceder a un transporte público, y el trabajar como esclavos de otros hombres, como guardias o vendiendo artesanía a falta de los conocimientos necesarios para obtener un trabajo de mayor cualificación. Las generaciones de ese pueblo están destinadas a desligarse de sus raíces, a emprender la aventura de formar parte de una nueva cultura dejando la suya atrás, para poder tener un futuro.

Durante décadas, la tierra masai permitía a esta sociedad seminómada moverse hacia zonas más verdes, pero la llegada del colonizador los desplazó. Según expertos de las Naciones Unidas sobre tratados entre colones y ciudades indígenas, en 1904 los británicos, intentando establecer reservas indígenas que les facilitaran sus negocios, hicieron firmar un contrato de cesión de tierras a un masai designado por ellos mismos como jefe, aunque éste no tenía ninguna legitimidad por parte de la comunidad. En 1911, otro acuerdo obligaría a los masai a desplazarse a la fuerza y con violencia hacia terrenos más áridos. Las sequías, el hambre, la malaria, la peste bovina o la mosca tse-tsé provocaron la muerte de mucho de su ganado y de parte de su población durante este periodo. Más tarde, cuando los acuerdos descolonizadores se hicieron reales con Kenia y Tanzania, se expropió casi el 60% de la tierra de este pueblo para dársela a otros, más favorables al régimen impuesto, para explotarla en agricultura.

El pueblo masai es visto en regiones más desarrolladas del mismo país como  bobos, inmersos en su burbuja sin avanzar, sin pertenecer ni a la religión musumana ni la cristiana, las dos predominantes en el país. Pero, a pesar de cómo ha tratado la historia a este pueblo, han fortalecido los pilares de su cultura entre sus miembros, se sienten orgullosos de su cultura y de su forma de vida. Sabían que la única solución era el evitar que su cultura fuese menospreciada y subestimada por otras,  que los niños masai pudieran estudiar sin tener que salir del pueblo, sin tener que abandonar su cultura, su hogar o sus familias. Muchos masais que migran hacia la ciudad, sea Arusha o Dar Es Salaam, acaban abandonando su lengua y su gente. Pero estudiando en Mfereji los niños pueden ayudar a su comunidad y fortalecerla. Así que los guerreros del pueblo empezaron a enseñar a sus niños construyendo un aula debajo de una acacia.

Educar a los niños masai es esencial para que entiendan la necesidad de preservar la tierra como nuestro valor central. Para que nadie, nunca más, pueda venir a hacernos firmar ningún acuerdo o contrato que nos despoje de nuestras riquezas contra nuestros propios intereses. Para que nuestra tierra sea nuestra y de nuestros animales y no un parque nacional dedicado al turismo o a la agricultura de otros grupos. Por eso mi sueño era que los niños masai entendieran la historia de nuestro pueblo y se sintieran orgullosos de su cultura y su familia. Solo así serían capaces de defender nuestra causa”.

Lekishon, guerrero masai.

 

 

 

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