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Reportaje: Ausentes y Desinformados

  • El 80% de los alumnos afirman haber ido a algún acto convocado por estas instituciones, pero 3/4 partes de ellos han ido menos de cinco veces. El grado de desconocimiento parcial o total de éstas no se queda atrás.

 En las universidades españolas suele respirarse, cada vez con más frecuencia, una ambiente enrarecido cuando se habla de asambleas, manifestaciones, o delegación de alumnos. Cualquier estudiante o profesor sabe perfectamente a qué se debe ese hedor. En el sector de la educación, no es un secreto que la brecha entre sus componentes y los órganos que los representan ha aumentado considerablemente en las últimas décadas. Recientemente, una encuesta realizada por El Megáfono de la Fcom a un centenar de alumnos de la misma ha ofrecido datos al respecto que podrían arrojar algo de luz sobre este conflicto.

 Las primeras cifras resultan alentadoras: el 80’3% de los encuestados afirma haber participado en alguna asamblea/manifestación/acto de cualquier tipo relacionado con sus órganos y organizaciones representativos a lo largo del 2013. Sin embargo, un nuevo dato ensombrece el primero: el 74’6% de éstos ha participado menos de cinco veces. Muy pocos son los que acudieron entre cinco y diez ocasiones (14’3%) y algo menos los que más de diez (11’1%). Estos resultados parecen mostrar que, aunque los alumnos no al olvidado por completo la defensa de sus derechos, su participación es mínima.

 “Sólo hay que ver la asistencia a las asambleas, manifestaciones y demás eventos de organización y protesta que se realizan. Sé que es algo que se dice mucho: la gente se queja mucho por las redes sociales, pero al final es en una asamblea o una manifestación donde tienen la posibilidad de hacerse visibles y ofrecer sus opiniones,  y por lo general pasan de ellas” afirma Sara, una estudiante de periodismo. “En general, creo que somos muy egoístas”, sentencia

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Imagen: Nuria Sánchez Alonso

 Las malas noticias se suceden en cuanto la encuesta evalúa el grado de conocimiento de alumnos de los principales órganos y organizaciones de representación estudiantil (delegaciones de alumnos, sindicatos estudiantiles y CADUS). El todos los casos, el grado de conocimiento parcial o nulo supera con creces a los que afirman con seguridad conocer las funciones que realizan: las delegaciones muestran  un 58% y un 13’6%  a este respecto, los sindicatos un 55’6% y un 28’4%, y el CADUS un 33’3% y un 49’9%.

 A la hora de puntuar, los encuestados son indulgentes con los grupos que los representan, dándoles a todo un aprobado (7’3 para las delegaciones, 5’8 para lo sindicatos y  un 6’6 para el CADUS). No obstante, estos datos se ven de nuevo ensombrecidos ante el altísimo nivel de abstenciones, que aunque en el caso de las delegaciones solo es del 23’5% (una cifra alta de todos modos), en los casos de los sindicatos y del CADUS alcanza el 67’9% y el 58% respectivamente.

 ¿Qué conclusiones pueden extraerse de estos datos? El horizonte no es nada halagüeño: podemos afirmar con bastante seguridad que, por lo general, los estudiantes tienen un conocimiento básico o nulo de los órganos y organizaciones estudiantiles que los representan, hasta el punto de que ni siquiera serían capaces de puntuar su gestión, aunque en conjunto aprueben todos. Gracia Elena, licenciada en Filosofía, califica “ el activismo estudiantil como positivo porque no cesan de reivindicar sus derechos, pero la delegación no defiende las quejas de los estudiantes”. Ese balance positivo del activismo estudiantil nos lleva al uno de los pocos datos positivos de la encuesta, el que muestra que, a pesar de la escasa participación, la gran mayoría de los estudiantes no ha olvidado del todo la defensa de sus derechos. Algo semejante explica Sara: “Creo que las personas que forman parte del activismo estudiantil están verdaderamente comprometidas con la lucha en defensa de la educación pública y de calidad. Pero también considero que estos son una minoría si tenemos en cuenta, el número de estudiantes y, el número de personas verdaderamente comprometidas en defender los derechos educativos”.

“Tiendo a pensar que sois tan pasivos porque sois una generación muy acomodada”

 Respecto a esa escasa participación, Juan Fernando admite que “nos implicamos demasiado poco, ni siquiera se asiste en mayoría a las asambleas” y señala que el principal problema detrás de este fenómeno está “en la desmotivación e incapacitación hacia el cambio”. Achaca la, en ocasiones, mala prensa de las delegaciones a “un activismo mediático. Es más fácil salir a la calle y hacer ruido que sentarse debidamente y plantear opciones. No digo que no se planteen digo que no se sienten en mayoría, imagina 3000 alumnos pidiendo cita a la vez a los señores rectores por ejemplo… ahí es donde duele».

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Imagen: Carlos MG

 Alfonso Torres, miembro de la delegación de alumnos de la Facultad de Comunicación tiene, sin embargo, una perspectiva más optimista. Torres señala que “a raíz del Plan Bolonia se produjo un revulsivo muy fuerte que ha revitalizado muchas delegaciones que llevaban tiempo dormidas”, aunque admite que “cuantitativamente, en proporcional al total de estudiantes, la participación sigue siendo insuficiente”. Para él, el activismo estudiantil está en un periodo de florecimiento. Achaca la baja participación a la existencia “de un contexto social en el que se estimula el abandono de lo público, de lo que es de todos. Nos inculcan que tenemos que ir a lo nuestro y a no dedicarnos a la política, que no es más que la gestión de lo público. Eso es un mantra que llevamos encima y frena la participación”.

 Miguel Antuna Isasmendi, profesor de sociología, ve claramente en el desapego de los estudiantes con sus representantes un síntoma más del contexto social en el que vivimos. “Existe un desapego general de la sociedad. Se ve constantemente en las estadísticas de valoración de la clase política y de las instituciones, y de la misma forma se manifiesta en los estudiantes”. Señala también que ”ese desapego está muy relacionado con  una visión negativa de su futuro en cuanto a su formación y perspectivas profesionales. Ese pesimismo sociológico tiende a trasladarse a la participación”.

 Vivimos en unos tiempos en los que, como señalaba ya Torres e Isasmendi define como ”individualización de la vida”,  los grupos y estamentos se diluyen en el individualismo, donde las causas comunes se ven sustituidas por una promiscuidad en las reivindicaciones, donde cada uno busca ante todo el beneficio propio en detreimiento de aquello que une, de la solidaridad. Ésto se traduce en un descenso radical de la eficacia en la defensa de los derechos (más aún hoy día cuando desde los altos puestos de gobierno se cuestionan y desafían derechos conseguidos, precisamente, gracias a la lucha colectiva), en el pesimismo y en última instancia en el egoísmo social. Isasmendi recordaba “una encuesta que demostró que la mayoría de los jóvenes entre los 18 y los 24 años estarían dispuestos a coger cualquier trabajo, donde fuera y con el sueldo que fuera, lo cual resulta muy conveniente para muchos, pues se traduce en una mano de obra barata, con miedo, competitiva y poco solidaria”.

 Alejandro Antona, profesor de gabinete de comunicación, tiene una perspectiva muy negativa sobre el futuro del activismo estudiantil. Al igual que Isasmendi, recuerda con añoranza los tiempos de la Transición Democrática, cuando él comenzó su periodo universitario, y la lucha del alumnado era feroz. Asegura que “el compromiso de los alumnos era mucho mayor antes en comparación con los de ahora” y apunta como ejemplo los “cursos académicos en las que ¾ partes del curso estaban parados por unas actividades u otras”.

«No existe una gran conspiración, una búsqueda consciente, pero sin duda interesa a los que gobiernan»

 Para él, la causa de la desafección tiene un cariz generacional. “Yo era de una generación que era consciente de lo mucho que tenía que hacer y de lo que había escaseado. Vuestra generación, por el contrario, se ha criado con la sensación de que lo teníais todo conseguido y ganado”. Sentencia su discurso criticando duramente a lso estudiantes modernos:  “tiendo a pensar que sois tan pasivos porque sois una generación muy acomodada. El alumno llega a la universidad con la sensación de que tiene todos los derechos y pocas cosas que reclamar”.

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Imagen: Carlos MG

 ¿Es posible que existe un problema de comunicación y de imagen entre los órganos y organizaciones de representación estudiantil? Torres defiende y critica a sus colegas por igual: “siempre hay un problema de comunicación entre las delegaciones y los estudiantes, pues éstos últimos son un público muy heterogéneo. Hay casos en los que el estudiante no quiere escuchar, y otros en los que la delegación no sabe comunicar”. Antona explica que “la imagen de los órganos y organizaciones de representación estudiantil no ha empeorado, pero sí es cierto que, debido a la escasa participación del alumnado, éstos representan los intereses de una minoría”. La transformación de los grupos de representación en cotos al servicio de los intereses de los más comprometidos es algo que ya comentó Torres cuando habló sobre los riesgos de una participación insuficiente de los alumnos.

 La grave situación del activismo estudiantil posee múltiples consecuencias fatales para los propios alumnos. Aquellos quienes se ven, por el contrario, más beneficiados por esta situación son los grandes poderes, que ven su contra-poder atomizado y sus partes enfrentadas entre sí. Isasmendi habla muy claramente sobre ello. “No existe una gran conspiración, una búsqueda consciente, pero sin duda interesa a los que gobiernan” y recuerda una cita dicha por la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, aquella que decía “¿para qué tanta democracia?”. Plataformas como el 15-M, que según las encuestas poseen el respaldo mayoritario de la sociedad, parecen encontrarse apartados. “¿Por qué no se participan en ellas si tan de acuerdo está la opinión pública?” exclaman Antona e Isasmendi. Se trata, de nuevo, de ese individualismo anteriormente mencionado, que anula todo intento de lucha colectiva.

 Cuando se pregunta sobre la posible solución a este problema, las reacciones son muy dispares. José Manuel, estudiante de Bellas Artes, señala “la falta de empatía entre el alumnado”. Sara, la estudiante de periodismo, contradice a Antona y urge a “mejorar la comunicación y la imagen. Los sindicatos y  organizaciones estudiantiles en general o proyectan una imagen negativa fuera de su círculo o son absolutos desconocidos. Eso hay que cambiarlo, pues dificulta que más estudiantes quieran integrarse y formar parte de ellos”. Alfonso Torres insta a las delegaciones a que usen las nuevas herramientas digitales para darse a conocer entre su público y, de este modo, alcanzar ese nivel ideal de implicación colectiva. Isasmendi es pesimista y alude a un cambio en la dinámica social que transforme la mentalidad colectiva respecto a la defensa de sus derechos. Por último, Antona lanza una frase que viene a explicar ese dicho de “no se valora lo que se tiene hasta que se pierde”. Sentencia que “La gente, cuando no tiene nada que perder, es cuando más se arriesga”.

 

 

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